Archivo de Clásicos

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El último tango en Paris (1972)

Ultimo tango a Parigi

Last Tango in Paris

Bernardo Bertolucci desarrolló desde mediados de los años sesenta y durante todos los setentas una trayectoria tan precoz como fascinante, surgido de la generación de cineastas posterior a la de los grandes y personales autores del cine italiano como Rosellini, Visconti o Fellini, el joven Bertolucci supo extraer muy bien las inquietudes de su tiempo y añadirlas a su personal universo a la vez tributario de la elegancia de Visconti y el lacerado universo de los más míseros heredado de Pasolini y su apego al marxismo. Lastima que la inspiración se le haya agotado en los últimos años pero ahí quedan sus perdurables joyas inimaginables en otro momento y lugar que el muy particular en el que se estrenaron. Last Tango in Paris es el paradigma de esto.

En los convulsos comienzos de los setentas una chica francesa común y silvestre amante de las utopías de moda (la emblemática Maria Schneider, símbolo de esa época de destapes) y un americano de mediana edad triste y confundido (Marlon Brando en uno de sus papeles más arriesgados y brillantes) comienzan una relación que pretenden libre en todos sentidos no saben ni sus nombres y solo se abandonan a todo gusto al sexo sin compromisos en un inmenso y derruido edificio en la ciudad luz, escenario de esta historia límite que con gran talento el director nos la convierte en una odisea existencial inolvidable.

Ya no hace falta citar el gigantesco escándalo que suscitó, puesto que mas que novedoso el desnudo, era el comportamiento en la intimidad lo que en su soltura todavía provoca alguna que otra sensación. Pero con envidiable maestría (ya no sorprendente en quien ya había realizado films notables como Il Conformista) Bertolucci desarrolla esta historia como caja de resonancia de su particular visión de esa época: la juventud ávida de ideas y actitudes libertarias ya sea por convicción propia o por pura moda, en contra de sus padres, como niños contestones. La película toca un tema muy en boga en ese momento: las brechas generacionales, el cada vez más acentuado distanciamiento o incapacidad de entendimiento entre los jóvenes y los mayores, que en esta película alcanza una curiosa unción en medio de las trincheras. La chica vive con el recuerdo del amor a su padre (militar, es decir conservador) y él vive atormentado por el recuerdo de su esposa que se suicidó. Bertolucci no rehuye mostrárnoslos en su soledad, su acercamiento puede ser un tierno pedido de amor y comunicación entre dos generaciones más allá de intransigencias y poses. Los matices incestuosos no son rehuidos, forman parte de ese todo, esa atracción que supera lo físico y que por ello desviará todo hasta un punto insoportable quiéranlo o no.

Aquí como varias veces, la foto del gran Vittorio Storaro es fundamental, esos atardeceres anaranjados o rosados son expresión de esa nostalgia, es un pequeño oasis donde por un momento ambos se alejan de las presiones exteriores como niños desnudos en el jardín del Edén. Pero no hay concesiones, los tiempos cambian, corren rápidamente, ni el pequeño santuario los podrá alejar de la realidad. Acaso el último tango será su estrafalaria despedida en un vetusto salón de baile, acaso prueba de otro tiempo todavía anterior que el de ellos. Ahí al ritmo de los sensuales acordes del argentino Barbieri culminará su pequeña travesura, hay que despertar, son nuevos tiempos, somos distintos.

Jorge Esponda

La guerra de las galaxias (1977)

Star Wars

Star Wars

No hace falta abundar en el significado de esta saga como fenómeno de medios, desde su aparición en 1977 la saga galáctica no ha hecho más que crecer como suceso y como realización más aun a la luz de sus recientes precuelas que al parecer ya concluyen. La fantasía creada por el joven George Lucas llegó en un momento preciso en el que los grandes estudios en plena reconstrucción optaron por los riesgos y aceptaron las ideas provenientes de un puñado de jóvenes y prometedores realizadores, es a ellos a los que Hollywood les debe su poderío actual, algo que a la gran mayoría de ellos no les ha sabido agradecer como se hubiera esperado, los nombres de Coppola, Scorsese, Altman, Bogdanovich, Ashby, Spielberg o el mismo Lucas fueron innovadores nutridos de muchísimas referencias, Star Wars fue acaso la culminación de este periodo de transición.

Para ello se dispuso de las más colosales cifras de dinero empleadas en el cine a un género como la ciencia ficción, menospreciado hasta antes de 2001: A Space Oddisey. Lucas quien ya había hecho despegar su carrera con films tan logrados como la paranoica THX 1138 y la nostálgica American Graffiti, realizó esta epopeya que se alimentó de diversas referencias: la construcción básica de salida de la obra de Tolkien ambientada como las seriales de Flash Gordon y similares de los años 40, los combates a sable en mano y toda la filosofía y ética de los caballeros salida de las ficciones japonesas en especial de Kurosawa (la palabra jedi salida del jidai japonés en alusión a sus guerreros) o las princesas salidas de alguna aventura medieval. Reciclaje de referencias más que disímiles que resultaron más que novedosas. La trama que se establece es básicamente la del enfrentamiento entre el bien y el mal, la historia de los Skywalker, familia predestinada como en la épica legendaria a cambiar el curso de las cosas. Lucas se encarga de presentárnosla de la manera más espectacular que los recursos de la época pudieron presentar basta recordar tan solo la secuencia inicial, la astronave que surge del inmenso vacío espacial seguida por otra de tamaño colosal que inunda la pantalla, la pequeña es absorbida, los soldados leales se preparan para la defensa, se tumba la compuerta, surgen los soldados imperiales y detrás de ellos acaso uno de los personajes más celebres del universo fílmico: Darth Vader, el absoluto personaje esencia de la serie, suerte de caballero oscuro con apariencia de samurai y vampiro a la vez.

La primera película se centra en esa presentación de los personajes, el aprendizaje de Luke de la mano del viejo Obi-Wan (el gran Alec Guiness), el encuentro con Han Solo, la princesa Leia y un sin fin de aliados y rivales. La frescura del conjunto es innegable aun para los que desconfían todavía de las virtudes de la película. Escenas cumbre del cine de aventura como el desenlace en el ataque a la estrella de la muerte, las jocosas como las de la cantina con los personajes más insólitos que hayan llegado en calidad de parroquianos. Tres años después llegó The Empire Strikes Back acaso el film más logrado y realmente oscuro de la serie y el que nos reveló ese lado intransferible que tuvo este universo, ya que a pesar de tener como encargado en la dirección a Irvin Kershner, todo el universo de Lucas prácticamente no se alteró en lo mas mínimo. A partir de aquí la serie toma el giro que la ha acompañado desde entonces: el enfrentamiento padre–hijo que adquiere cualidades notables. La intriga toma fuerza dejando de lado a la imaginaria visual en esta estupenda película, que además nos trae al curioso maestro Yoda otra muestra de ese original y desenfadado universo. Return of the Jedi es algo inferior a las anteriores y ya se ve en ella cierto infantilismo que se exacerbaría en la posterior carrera de Lucas incluyendo la nueva trilogía.

Pero en conjunto la trilogía original queda como un indiscutido hito, a pesar de los valores otorgados en mayor o menor medida a las cintas, que ya forma parte del imaginario del arte cinematográfico. Mayor aun si se tuvo el placer de disfrutarla con los ojos deslumbrados y el espíritu lúdico de un niño ansioso por vivir la aventura. Nada supera eso.

Jorge Esponda

Un perro andaluz (1929)

Un chien andalouUn chien andalou
Dir. Luis Buñuel | 16 min. | Francia

Intérpretes:
Simone Mareuil (Mujer joven)
Pierre Batcheff (Hombre)

El deseo, las obsesiones mas recónditas del inconsciente han sido desde siempre fuente de tantas fascinaciones y causa de muchas preguntas aún por responder. Éstas son parte de un universo que va mucho más allá de lo concreto, de lo real, de aquello que concordamos en llamar la normalidad. Muchos han tenido como obsesión y filosofía este mundo paralelo tan cercano y a la vez tan extraño. Los surrealistas desarrollaron todos sus conceptos artísticos a través de esa investigación en el mundo de lo intangible, que acaso tiene a su mundo ideal en aquellos momentos en los que nos entregamos a esas fantasías, universos paralelos durante nuestra entrada al sueño, una “realidad” en la que no hay límites, ni lógica, ni reglas. Fueron los intelectuales encabezados por André Bretón los que habrían de declararse como los buscadores de esta forma de cambiar el mundo, asumir aquello que se encuentra más allá de la realidad. Dentro de este grupo hubo muchos intentos por concebir en el emergente arte cinematográfico un estilo o representación de estas ideas. Ninguna había superado cierto afán impresionista hasta la insólita aparición de esta película, producto de la creatividad exaltada de un joven español entusiasmado con el cine y sus posibilidades en la época de las vanguardias: Luis Buñuel.

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Gritos y susurros (1972)

Gritos y susurrosViskningar Och Rop
Dir. Ingmar Bergman | 106 min. | Suecia

Intérpretes:
Harriet Andersson (Agnes)
Kari Sylwan (Anna)
Ingrid Thulin (Karin)
Liv Ullmann (Maria y su madre)
Anders Ek (Isak)
Inga Gill (Narrador)
Erland Josephson (David)

Film siniestro como pocos, presenciamos aquí la historia de tres hermanas juntas por la tradición pero separadas por culpas y resentimientos añejos, alcanzando tal grado de concentración alrededor de la enfermedad terminal de una de ellas y los matrimonios o relaciones insatisfechas, sumisas o perversas de las otras dos. Todo se convierte en un teatro de fantasmas donde las culpas se disimulan sutilmente o salen a relucir, los decorados lujosos se convierten en asfixiante representación del encierro y se le reprocha a los fantasmas su presencia. Película cumbre dentro de la obra de Bergman.

Gritos y susurros

El sueco Ingmar Bergman a lo largo de casi sesenta años ha hecho de su cine una constante búsqueda, una representación de la incógnita por lo esencial, impone la teatralidad (algo que le ha valido desde siempre más que descreídos detractores) rasgo preciso para que sus personajes dejen salir todo aquella que está dentro de lo que aparentemente es la desconocida fuente de nuestros descontentos. Muchas veces duro, pero siempre lírico, lo que lo hace tan especial es ese temperamento y estilo nórdico tan característico desde la época del gran Victor Sjostrom , alcanza con Bergman acaso su máxima expresión.

En Gritos y Susurros, film siniestro como pocos, presenciamos la historia de las tres hermanas juntas por la tradición pero separadas por culpas y resentimientos añejos, alcanzando aquí tal grado de concentración alrededor de la enfermedad terminal de una de ellas y los matrimonios o relaciones insatisfechas, sumisas o perversas de las otras dos. Así mismo todos sus sentimientos nos son cantados por lo alto y lo bajo, esos gritos y susurros que son expresión de su dolor físico y espiritual. A partir de estos, Bergman se interna nuevamente en sus devaneos ontológicos, todo se convierte en un teatro de fantasmas en la que las culpas se disimulan sutilmente o salen a relucir, los decorados lujosos se convierten en asfixiante representación del encierro, se le reprocha a los fantasmas su presencia.

En su momento se dice que la película recibió acusaciones de presentar a la mujer como ser pasivo, y culposo sin mayor iniciativa una visión de hombre sin mayores aristas, ¡nada que ver! La mirada de Bergman sobre ellas es mucho más compleja, es una mirada comprometida con sus personajes a las que reviste de algunas evidentes características de la mujer de la época, pero dejando traslucir cierta iniciativa y hasta rebeldía e insatisfacción, pleno de lirismo. Bergman hace traslucir a sus criaturas fantasmales cierta belleza como aquella imagen de las protagonista paseando como elegantes damas.

Las magníficas Ingrid Thulin, Liv Ullmann y Harriet Andersson dan vida a las protagonistas confirmando la destreza de Bergman en la dirección de actores, pero no todo se queda en ellos pues su poderoso y sutilmente hipnótico estilo visual de su cine de autor nos remite fácilmente a ciertas atmósferas casi terroríficas. Bergman es poeta de lo más recóndito, un investigador de lo esencial.

Película cumbre sin duda dentro de la obra de Bergman que aún, gracias a uno de esos misterios del universo, todavía sigue en actividad.

Jorge Esponda

El acorazado Potemkin (1925)

Bronenosets Potyomkin
Dir. Sergei M. Eisenstein | 80 min. | URSS

Intérpretes:
Aleksandr Antonov (Grigory Vakulinchuk)
Vladimir G. Barsky (Comandante Golikov)
Grigori Aleksandrov (Guiliarovski El segundo a bordo)
Ivan.Bobrov (El joven “azul”)
Mijail Gomorov (Matiuchenko)
Aleksandr Levshin (El contramaestre)

Durante poco más de una hora somos testigos de no solo una aventura épica sino de toda una declaración de principios. Gigantesco espectáculo el que nos presenta el gran director ruso y acaso una de esas peliculas que no se borran nunca de la memoria.

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Los siete samurais (1954)

Shichinin no samurai

Seven Samurai

Akira Kurosawa es el nombre más famoso del cine japonés, no necesariamente visto pero famoso al fin. Fueron los años 50 los que marcaron el inicio del despegue mundial del cine extremo oriente a pesar de que su actividad se remonta al cine mudo. He aquí que gracias al éxito mundial, Kurosawa desarrolla un cine más abierto al gran público occidental pero sin perder un ápice de su identidad oriental (algo que no le reconocieron sus compatriotas en su momento) a pesar de su talentosa asimilación del cine de géneros a su trabajo, tal es el caso de esta pelicula. Con una notoria influencia del western, Kurosawa crea aquí una original cinta de aventuras brillante, hermosa y profunda a su manera. Una aldea en plena era de los shogunes es asolada por unos bandoleros, ante su desesperación los habitantes acuden en busca de ayuda y esta se manifiestará en la presencia de unos ronin que por diversos motivos (éticos en principio) responderán a su llamado.

Con un perfecto ritmo y planificación, Kurosawa construye una cinta épica en la que se suceden con maestría ejemplar los momentos de acción con los de reposo, así pasamos de la formación del grupo (destacan los grandes Takashi Shimura y Toshiro Mifune como el entrañable Kikuchiyo) a la convivencia con los aldeanos nada abierta o solidaria la mayoría del tiempo, de ahí a la planificación del combate y entonces a los climax de acción. Kurosawa eleva el lado conceptual a una genial poesía visual donde se suceden los más humanos conflictos y las coreografías en el impresionante blanco y negro, especialmente la que se sucede bajo la lluvia son acaso las imágenes mas célebres de la obra del gran Akira. Pocos han sabido darle a la guerra esa apariencia y dimensión de gran espectáculo como en esta película que reflexiona además sobre el auténtico valor de la misma, sobre si tiene valor ganar o perder.

Jorge Esponda

El hombre elefante (1980)

The Elephant Man

The Elephant Man

El Hombre Elefante fue nominada a ocho premios Oscar el año 1980. No se llevó ninguno. Prueba inequívoca que la Academia falla. Y feo. Pasados veinticinco años ya nadie se acuerda de la ganadora de esa noche, Ordinary People de Robert Redford, mientras que de la película de David Lynch se sigue hablando, escribiendo, discutiendo y su visionado es obligatorio cuando se habla de clásicos del cine.

La película a veces fantástica paradójicamente está basada en un hecho real. John Merrick (John Hurt), conocido como el hombre elefante, vivió en Londres entre los años 1862 y 1883. Producto de una enfermedad degenerativa, que llenó su cuerpo de tumores y deformó sus extremidades, se convirtió en una de las atracciones principales de circos londinenses. Un freak de exhibición explotado por Bytes (Freddie Jones), oscuro personaje, que tenía como única fuente de ingreso a Merrick y que no dudaba en castigarlo con la misma dureza con la que un amo trata a una fiera.

Frederick Treves (Anthony Hopkins), joven médico en busca de reconocimiento se hace cargo del hombre elefante, convenciendo a su dueño de que si no entraba al hospital moriría. Y con él también moriría su negocio. Treves, de un primer acercamiento casi mórbido pasa a una preocupación paternal y decide curarlo, cuidarlo e incorporarlo a la sociedad sin darse cuenta que también él lo vuelve un espectáculo mediático -ya no para la clase popular sino para la élite-.

La película es un manotazo inesperado contra la espalda. La esperanza de una solución siempre es interpelada por la realidad. La música circense sólo es la mórbida melodía de la negación. Y a veces todo se vuelve una farsa. Un circo escabroso. Rostros deformados contra la luna, trajes elegantes, monedas, negación del otro, sublimación del yo.
Las categorías se confunden a cada instante. Treves en una escena clave de la película le pregunta a su esposa si no es igual que el amo anterior de Merrick que lo maltrataba y lo explotaba. Quién es bueno, quién es malo. ¿Acaso él no se aprovecha también para lograr fama?

Mientras tanto Merrick construye edificios, se recrea como humano, recibe personajes de la aristocracia londinense que encuentran en la excentricidad de la visita una manera de aceptación. Mención aparte merece la actriz de teatro, la señorita Kendall (Anne Bancroft) que lo visita por primera vez y con quien interpreta una parte de Romeo y Julieta. La frescura del encuentro es interpelada otra vez por la realidad. Por una realidad que no permite que el otro se asimile, que encuentra en la burla y el aprovechamiento la única manera de hacerlo encajar en el orden del mundo.

Y lamentablemente Merrick nació condenado. Tal como el Segismundo de La Vida es sueño, Merrick re-construye una realidad paralela que lo aleja de los espejos y lo acerca a la felicidad. Se tapa los ojos y sueña. Y es feliz dentro del sueño sin duda. Baila. Fuma. Conquista chicas. Sin embargo, de pronto la escena se vuelve ridícula. La realidad otra vez interpela a Merrick, a su sueño, a todos dentro de la película, a todos dentro de la sala. Y salimos todos tristes con una expresión de pena pero también de aceptación. Cómplice aceptación. Dura aceptación.

Miguel Sánchez Flores

Lo que el viento se llevó (1939)

Gone with the Wind

Gone with the Wind

Hay películas que en algún momento han demostrado que el cine es ante todo un espectáculo, que llena los ojos y las emociones de quien lo contempla, mas allá de alardes de estilo y novedades estéticas (del todo válidas por supuesto) los espectadores son ganados por al historia y sus personajes, por la manera de transportarlos a la pantalla y darles vida. Desde The Birth of a Nation pasando por The Ten Commandments, Star Wars hasta The Lord of The Rings se nos han presentado las mayores expresiones de este sentido del cine: las epopeyas, visiones colosales, más grandes que la vida misma como suele decirse. Gone with the Wind es quizá la quintaesencia de esto, la novela y la historia hechas película.

Basada en la novela homónima de Margaret Mitchell fue llevada a la pantalla gracias a la terca ambición del productor David O. Selznick quien entre tantas decisiones cambios y recambios que efectuó están el de haber hecho pasear a varias estrellas y directores para la realización, finalmente delegó la ejecución a Victor Fleming (un buen director que realizo el mismo año otro clásico The Wizard of Oz) aun cuando ya habían completado varias secuencias como la celebre del incendio de Atlanta.

El resultado fue acaso una de las mas mágicas y envolventes historias pasionales que se hayan visto. La indómita Scarlett O’hara (la inglesa Vivien Leigh) es la protagonista de esta extraordinaria odisea desde su vida de ensueño en la Georgia tradicionalista y esclavista, pasando por la Guerra de Secesión, hasta la reconstrucción de vidas y sueños destrozados. Alrededor de ella giran una serie de personajes no menos memorables: el descarado pero sentimental Rhett Butler (Clark Gable en su mejor momento), la dulce Melanie (Olivia de Havilland), el honorable Ashley (Leslie Howard) y por supuesto la entrañable May (Hattie McDaniel) arquetipo de la mujer negra en ese entonces.

Película descomunal y apasionante fue lanzada por todo lo alto como la cumbre del cine de prestigio, pero ahora impresiona más por ser el paradigma de una forma de hacer cine que le dio a Hollywood el sitial que a ocupado desde entonces, por ser la película que cerró con brillo aquella década imaginativa y de despegue del cine clásico, por ser en fin una envolvente historia visión de una época con unos personajes que sienten y nos hacen sentir sus alegrías y melancolías a partes iguales, por todo aquello que se fue con el viento.

Jorge Esponda

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