Les égarés

Les égarés

Esta lograda cinta nos devuelve en plena forma al talentoso André Téchiné (uno de los nombres más importantes del cine francés posterior a la Nouvelle Vague), lo hace siempre fiel a su estilo completamente ajeno a las tendencias actuales confiando en su historia y sus tranquilas, sutiles y cálidas imágenes.

Con talento se nos va introduciendo nuevamente en una vivencia particular dentro del contexto de la Segunda Guerra: una madre y sus dos pequeños hijos huyen del caos en Paris acompañados por un joven extraño, así esta pequeña familia debe de tratar de sobrellevar estas duras circunstancias. Pero Téchiné no ofrece aquí una mirada sombría ni excesivamente dramática de la circunstancia social, luego de la marcha inicial y los bombardeos nazis, los protagonistas lejos de encontrar caos se encuentran en tierras libres, soleadas, tranquilas, aparente paraíso puesto que sabemos cual es el motivo de esa pacífica apariencia. Como siempre Téchiné recurre a su amado Renoir el viaje casi parece un paseo campestre, la fuerza y sugestión del paisaje, familiar pero extraño a la vez, enrarecido por el conocimiento pero escasa presencia de la guerra. Encontrado el nuevo hogar, estos extraviados reemplazarán el temor a la guerra por rencillas personales, pero aunque lo olviden a veces esta permanece ahí siempre alrededor de ellos capaz de surgir súbitamente de entre las verdes campiñas.

El director maneja con maestría esa tensión interior, casi nunca hay un momento de calma, pero ahí hay lugar aun para los afectos y la sensualidad. Hay que destacar a los actores en conjunto desde los niños hasta la siempre bella Emmanuelle Béart aquí con cierto aire desgarbado perfecto para el papel, y Gaspar Ulliel (Un Long Dimanche de Fiançailles) como el extraño Yvan. Todos ellos conducidos con sutil talento dejan traslucir a pesar de las muchas referencias todo ese sentimiento de pesar o abandono. A Téchiné no le molesta tocar nuevamente un tema tan trajinado especialmente por su propia cinematografía, sino que la retrabaja con absoluto dominio de sus medios, con una aparente sencillez, y nos entrega nuevamente una crónica entrañable, pero interesante como pocas.

Jorge Esponda