Boccaccio ‘70: “Renzo y Luciana” de Mario Monicelli

Boccaccio ’70 congregó a cuatro de los mejores directores italianos de entonces: Mario Monicelli, Federico Fellini, Luchino Visconti y Vittorio de Sica. No sé si estaban al tanto, pero la versión de Boccaccio ’70 que circuló internacionalmente a comienzos de los sesenta, no incluía el aporte de Monicelli. Y esto no fue producto de ninguna censura sino que este film era considerado demasiado extenso –200 minutos– y se acordó recortar una parte. Así fue que, debido al enfoque comercial, se suprimió el mediometraje de Monicelli pues sus protagonistas no eran “productos consumibles”. La versión en DVD es la que reivindica el aporte de Mario Monicelli a este colectivo italiano, y quizás por eso es que abre la zaga. Si ahora nos fuera planteado un film tan extenso dudo que tuviera éxito, puesto que actualmente vivimos al vuelo.

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Mario Monicelli abre la película con Renzo y Luciana, una historia en la que los protagonistas (no tan famosos como sus colegas Sofía Loren, Anita Ekberg y Romy Schneider), una joven pareja de empleados en la misma fábrica, deciden contraer nupcias. Esto no tendría nada de extraordinario de no ser porque estaba prohibido que los empleados fueran casados. Persistiendo en la terquedad de su amor, lo realizan a escondidas, casi de modo clandestino. Luego de ello la historia cobra otro matiz, puesto que surgen los conflictos en lugar de las aparentes soluciones, tanto en la fábrica como en la tímida y casi inexistente intimidad de Renzo y Luciana. Peripecias. Mentiras. Sueños y frustraciones se muestran en el desarrollo correcto y depurado de los episodios, algo muy propio de Monicelli, que antes ya nos había revelado su vocación de esteta en Rufufú (I soliti ignoti, 1958). No olvidemos que fue nominado en tres ocasiones al Oscar y en 1991 se le otorgó el León de Oro a la Carrera Cinematográfica. Otro film entrañable y considerado lo mejor de la comedia italiana es La gran guerra (La grande guerra, 1959. León de Oro en Venecia y nominada al Oscar).

Así, Renzo y Lucía es un pretexto para ridiculizar el régimen industrializado que respiraba el camino hacia la modernidad. Se observa al ser humano, luego de vencer los temores de las frescas guerras, convertido en una especie de prototipo de una casta deshumanizada, en la que los sentimientos tan propios del hombre, como el amor, son tratados de forma clandestina, al menos dentro de “otro régimen”. Así, las tomas panorámicas referidas a la fábrica no hacen sino hacernos pensar en batallones de hormigas laboriosas y posesas. Como en la mayoría de las películas del Neorrealismo italiano, la frescura de los diálogos es contundente, al punto de distraer la existencia de ciertos descontroles de orden técnico, aunque esto, es algo observable ahora, más de cuarenta años después. Un inteligente Monicelli que a diferencia de Fellini gustaba de los encuadres en los que parecía no acontecer nada, pues sólo se enfocaba, por ejemplo, la alianza matrimonial en un triste dedo, invitando la toma, al devenir de las posibilidades del pensamiento, y no a la evolución de las mismas, mostradas en alterna realidad como le placía a Fellini.

Monicelli es maestro en disimular –no confundir con “disipar”– el tiempo transcurrido; es un director que no gusta del ripio, por eso los paneos son insinuados para luego ser cortados y sugerir una supuesta continuación desde una, ficticia, única perspectiva, imprimiéndole humanismo y dinamismo a las secuencias. Siguiendo a pie juntillas el estilo aprendido, los exteriores también fueron aprovechados, tal es el caso del hervidero humano que se reúne en la piscina pública, mostrando los usos de la época.

Renzo y Luciana retoza con el conflicto de las reuniones truncadas, los momentos nunca terminados de disfrutar. Dentro de ello, los inconvenientes emergen para confundir y distraer el engañoso único interés planteado al espectador: la verdadera reunión marital, como una pareja común y corriente de la vida real. Al final, son los sentimientos los que perduran por sobre las necesidades sociales y económicas, demostrando que el instinto del ser humano prevalece siempre, sin importar el desarrollo de la ciencia y las costumbres que el artefacto industrializador impone. Renzo y Luciana, junto a El trabajo (Il lavoro) de Visconti, desde mi humilde parecer, son lo mejor de Boccaccio ’70. Monicelli nos brinda una muestra de vida que no por serlo, se atosiga en cursilerías.

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Luego abordaremos los otros tres mediometrajes –acuérdense del dinosaurio–, no sin añadir que como resultado colectivo, Boccaccio ’70 no es muy disímil de otros proyectos semejantes, como lo fueron Amor y rabia (Amore e rabbia, 1969) de Pasolini, Lizzani, Godard y Bertolucci; e Historias extraordinarias (Histories extraordinaires, 1968) de Malle, Vadim y Fellini.

Óscar Pita-Grandi

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2 comentarios

  1. pascal
    10 de septiembre de 2008 at 18:14 — Responder

    un poco
    fome
    y
    aburrido

  2. 21 de marzo de 2012 at 10:06 — Responder

    Excelente comentario sobre el gran Monicelli y sobre una gran película como esta.
    Completamente de acuerdo contigo cuando afirmas que RENZO E LUCIANA y IL LAVORO son los mejores episodios.

    Fellini y De Sica pecaron, en mi modesta opinión, de excesivamente autoindulgentes y de frívolos.
    Fellini estira demasiado el chicle del mediometraje LA TENTACIÓN DEL SEÑOR ANTONIO, lo empieza alegre y cómico y lo termina haciendo un psicoanalísis barato de un personaje mediocre.
    Y no se puede entender el cine de De Sica viendo LA RIFA, un pálido reflejo de la enorme capacidad de este director, del que normalmente soy un incondicional.

    Un saludo.

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