Lucky Number Slevin
Dir. Paul McGuigan | 109 min. | EE.UU.

Intérpretes:
Josh Hartnett (Slevin), Bruce Willis (Goodkat), Morgan Freeman (El jefe), Ben Kingsley (El rabino), Lucy Liu (Lindsey), Michael Rubenfeld (Yitzchok), Peter Outerbridge (Dumbrowski), Stanley Tucci (Brikowski), Kevin Chamberlin (Marty), Dorian Missick (Elvis), Mykelti Williamson (Sloe)

Estreno en Perú:
16 de noviembre de 2006

Slevin es un tipo aparentemente común y silvestre que en virtud de la tradición de las más recordadas cintas criminales, se verá involucrado en una intriga que, en este caso, se trata de una pugna entre dos facciones rivales. Todo a causa de una identidad que no le pertenece pero que basta para involucrarlo en líos mayores. Estamos ante un ejercicio de género pero atravesado por el filtro de la parodia. Acción y comedia caminando juntas que divierten hasta cierto punto. Caótica realización que intenta, a su modo, seguir la línea desenfadada impuesta por Tarantino.

El número de la suerte recibe el llamado de las dificultades, número que el protagonista (Josh Hartnett) contesta para verse convertido en continuador de la estirpe de los “hombres equivocados”. Es la puesta en marcha de una estrategia final para ganar una larguísima guerra entre dos bandas, lucha instigada por una figura que opera a través de las sombras (especie de ronin moderno interpretado por Bruce Willis). La disimulada batalla entre el jefe y el rabino (Freeman y Kingsley) abrirá fuegos valiéndose de Slevin, como un conejillo de indias. La película recurre para ello al arsenal clásico del género, momentos de choque y desconcierto en los que el protagonista va desentrañando lo que hay detrás de este intrincado plan, ayudado por una atractiva y desconcertante vecina (Lucy Liu, cercana a su papel de Los ángeles de Charlie).

Así, el paseo por las torres gemelas en las que habitan los capos de turno habrá de asemejar una labor de deliverer convocado o aparecido de improviso. Juego a dos caras que tiene una referencia mayor: Yojimbo, aquélla clásica cinta de Kurosawa en la que Mifune hacía de un burlesco y siempre adelantado agitador de los rivales que luego sería impuesto por Eastwood en versión de Leone. Hasta el mismo Willis se vio involucrado en un plot similar y aquí aterriza para enseñarle algo de la experiencia ganada al protagonista, quien nos revelará poco a poco no estar tan desconcertado como parece, incluso ante la presión (como si faltara) por parte de las (también aparentes) fuerzas del orden.

Pero si hay algo que se hace notorio casi desde el inicio es lo excesivamente artificiosa que resulta tanto la historia de pretendidos giros como la efectista realización de la misma. El director toma los moldes de los narradores mas recientes del género (ya no solo Quentin sino Soderbergh y otros) pero no es capaz de atrapar su esencia a plenitud. Tan sólo basta con ver el caótico inicio que nos anticipa el móvil y giro que habrá de tomar la película en determinado momento. La constante presencia de un plan superior al que hemos estado contemplando a lo largo del filme y que, a su vez, no está exenta de vueltas de tuerca. Es una película demasiado dependiente de los golpes de efecto antes que de una narración y atmósfera impactantes.

La formidable idea del infiltrado resuelto a minar desde adentro una organización y sistema, se ve reducido a una acumulación de anécdotas mas o menos curiosas y aún en ello menos ingeniosas que los extravagantes personajes de los que toman el molde para deformarlo. Pero nos podemos quedar a pesar de ello con la figura casi paternal que interpreta Willis, el maduro héroe y veterano de tantas lides dispuesto a convertirse en mentor del emergente Hartnett, a quien le revela sus secretos profesionales y lo embarca en una aventura deseada y temida a la vez.

Fuera de esta pequeña lectura no encontramos mayores atributos. La película exhibe un ritmo llevadero a fuerza de estridencias, y apenas se insinua el intento por salirse del modelo rebatido ya con anterioridad por el cineasta norteamericano más influyente de los últimos 15 años, Tarantino sabe muy bien el camino resbaloso por donde transita y he ahí lo espaciado de sus proyectos. Verdadero renovador de las clásicas historias de traición y desconfianza. Lucky Number Slevin a su lado resulta un modesto tributo.


Jorge Esponda