La conquista del honorFlags of Our Fathers
Dir. Clint Eastwood | 132 min. | EEUU

Intérpretes: Ryan Phillippe (John “Doc” Bradley), Adam Beach (Ira Hayes), Jesse Bradford (Rene Gagnon), Barry Pepper (Mike Strank), Jamie Bell (Ralph “Iggy” Ignatowski), John Benjamin Hickey (Keyes Beech), John Slattery (Bud Gerber), Melanie Lynskey (Pauline Harnois), Neal McDonough (Capitán), Paul Walker (Hank Hansen), Robert Patrick (Coronel Chandler Johnson).

Estreno en Perú: 25 de enero de 2007

Este filme narra la historia de los soldados que aparecieron en la famosa foto que constituyó una de las piezas claves de la propaganda de guerra norteamericana en los años finales de la segunda guerra mundial. No sólo muestra los padecimientos de la guerra, sino que también penetra en la destrucción que ésta genera en la vida de los sobrevivientes. Sin un final patriótico, la película describe la campaña mediática en que estuvieron embarcados los presuntos protagonistas de la foto y muestra que todo fue una farsa, como irracional y salvaje lo fue dicha batalla. Una notable película de quien ya va siendo considerado como el último “clásico” del cine estadounidense.

Flags of Our Fathers

El título que le han puesto a esta película, como en muchos otros casos, tiene poco que ver –e incluso puede ser lo opuesto– al verdadero título o contenido del filme. “La conquista del honor” vende la idea de una película épica sobre una batalla de la segunda guerra mundial, cuando en realidad es una denuncia de la futilidad de la guerra. El nombre verdadero –“Las banderas de nuestros padres”– hace alusión a un episodio mediático ocurrido durante la batalla de Iwo Jima, en el Pacífico, en 1944: la famosa imagen tomada por el fotógrafo de AP Joe Rosenthal del momento en que los soldados estadounidenses colocan su bandera en la punta de un cerro en esta pequeña isla japonesa. El filme narra la historia de los soldados que aparecieron en esta imagen que constituyó uno de las piezas claves de la propaganda de guerra norteamericana en los años finales de la guerra.

Hay que decir también que Eastwood ha hecho una segunda película sobre la misma batalla, pero desde el punto de vista nipón: Cartas desde Iwo Jima, actuada y hablada íntegramente en japonés, con producción estadounidense.

La batalla de Iwo Jima no fue una de las más importantes de la guerra en el Pacífico, pero sí una de las más encarnizadas. Según Liddell Hart, la batalla duró 35 días y se libró en una pequeña isla desolada en la cual 25 mil japoneses resistieron el ataque de 78 mil marines norteamericanos. “Los japoneses habían luchado con tal tenacidad, dice el historiador británico, que murieron 21.000 y escasamente 200 fueron hechos prisioneros” (Liddell Hart, Sir Basil, Historia de la segunda guerra mundial, Tomo II, Barcelona: Caralt, 2000, p.257). Mientras que los norteamericanos sufrieron 26 mil bajas. Es decir, que en esas cinco semanas murieron un promedio de 1.343 soldados al día en tiroteos y combates cuerpo a cuerpo en una diminuta isla de cuatro millas de longitud en medio del oceáno. Pero allí no acabó todo. “La limpieza de las bolsas [de resistencia] continuó durante más de dos meses, ascendiendo el total de japoneses muertos a más de 25.000 con solo un millar de prisioneros”, concluye el reconocido historiador militar (Ibíd.).

El filme del veterano Clint Eastwood no describe el desarrollo de esta batalla, sino solo el comienzo y algunos tramos posteriores de la misma. Lo interesante es cómo el extraordinario esfuerzo de producción (puesto por Steven Spielberg, productor ejecutivo) para las espectaculares escenas bélicas es sólo un componente más de la estructura de la película. A ello debe sumarse un fuerte contenido ideológico antibelicista y el desarrollo de las historias personales de los protagonistas de la famosa foto tomada en lo alto del monte Suribachi y en su participación en la campaña para recolectar fondos para el esfuerzo de guerra.

Flags of our fathersEn efecto, este filme no sólo muestra los padecimientos de la guerra, sino que también penetra en la destrucción que ésta genera en la vida de los sobrevivientes. Tanto de las familias que quedaron en casa como, sobre todo, de los que retornaron. En este grupo se detiene en la manipulación de la que son víctimas los combatientes que colocaron la dichosa bandera en Iwo Jima para convertirlos en lo que ellos no eran (ni se consideraban): héroes. Pero el enfoque de Eastwood va más allá, pues con todos estos elementos ataca el concepto mismo de “héroe”, al contrastarlo con la imagen real, de carne y hueso, de los soldados. Así, el soldado de origen indio americano Ira Hayes reconoce que “más que héroes, somos personas que hicimos todo lo posible para no ser muertos”. Esta desmitificación del héroe y de la manipulación mediática que trata de venderlos como estrellas, se contrasta con la realidad de unos jóvenes “perdedores” o, en el mejor de los casos, marginales (al que le fue mejor se convirtió en lo que siempre quiso ser: el dueño de una funeraria).

En cierta forma, Las banderas de nuestros padres es una película de tesis, ya que todos los elementos dramáticos (las historias) como los ideológicos están en función de esta idea de que la guerra es inútil y que sólo trae sufrimiento y fracaso. No hay –como por ejemplo en Buscando al soldado Ryan–, un final de tipo patriótico, sino más bien la desencantada conclusión de que toda la operación mediática fue una farsa, como irracional y salvaje lo fue dicha batalla. Desde un punto de vista político, el filme podría interpretarse una bofetada a la propaganda belicista de Bush en Irak (la frase inicial del filme: “no deberían hablar de la guerra quienes no la conocen” ha sido interpretada como una alusión directa al mandatario) y la poca recaudación que el filme está teniendo en los Estados Unidos quizás se explique porque el público se siente aludido por el desenmascaramiento de la alienación que promueven los medios.

Junto a la producción, el otro gran aporte del filme es el guión. La estructura del filme es bastante compleja, pero toda esa complejidad está puesta al servicio de mantener por todos los medios la curiosidad del espectador: primero por saber cómo fue la batalla, luego cómo se resolvía el misterio de si fueron una o dos fotos/banderas, a continuación por ver cómo acabaría la campaña publicitaria y, finalmente, el desenlace en la vida de los protagonistas. En torno a esta secuencia se van ordenando varios relatos y diversas alusiones ya sea ideológicas como testimoniales, tratando de llegar siempre (e insistentemente) a la sin embargo poco pretenciosa moraleja arriba citada.

Flags of our fathersLa película empieza con una voz en off que va narrando o, mejor, comentando los hechos. Esta voz lentamente se va identificando con la del hijo de uno de los protagonistas, el marinero John Bradley, cuya imagen empieza a parecer sólo gradualmente, primero incluso a contraluz (es decir, como un entrevistador anónimo) y luego, hacia el final, ya plenamente identificado. Es decir, que el filme como totalidad es una vuelta al pasado (flashback) en la narración de James Bradley (quien, además, es el coautor de la novela del mismo nombre en la que se basó Eastwood). Y dentro de esta narración, hay no sólo varios flashbacks, sino también el procedimiento opuesto: el flashforward, es decir, avances a hechos que ocurrirán en un futuro próximo (esos continuos shots con voces llamando que obligan a nuestros “héroes” a voltearse en medio del estadio repleto de gente que los aclama).

De esta forma, hay un continuo ir y venir en la narración, intercalando distintos planos narrativos y temporales: acontecimientos bélicos (el desembarco, la propia batalla), historias personales (centradas en el episodio de la bandera), campaña pro fondos para continuar la guerra (centrada en el citado episodio de la reconstrucción del episodio de la bandera en el Estadio). Pero ello no es un mero alarde técnico gratuito –mantener la curiosidad–, sino que también significativo: reproduce la fragmentación de la memoria, una memoria atormentada por la culpa y el trauma postbélico nunca superado. Sobre esta armazón se apoyan tanto las acotaciones ideológicas como algunos episodios testimoniales a los presuntos (y, en algunos casos, reales) protagonistas de los hechos en el presente.

Toda esta compleja estructura está tan bien balanceada que resulta clara (y clarificadora) para el espectador. Aquí resalta la mano del guionista Paul Haggis (y su colega William Broyles Jr.). En suma, una notable película de quien ya va siendo considerado como el último “clásico” del cine estadounidense.

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