Beethoven, monstruo inmortal (Copying Beethoven, 2006)

¿En qué se parecen El último rey de Escocia y Beethoven monstruo inmortal? En que ambos filmes se presentan como biopics sobre dos personajes muy distintos: el dictador ugandés Idi Amin y el famoso compositor alemán. Pero, en realidad, el verdadero nexo en común es que los guiones de las dos películas utilizan un mismo mecanismo, el de un personaje de ficción, inventado, bajo cuyo punto de vista los conocemos. En el caso del dictador africano, tenemos al doctor Garrigan quien aparece como su medico y asesor personal, mientras que en el filme de la directora Agnieszka Holland, tenemos a la joven, guapa y brillante Anna Holtz (Diane Kruger), quien es contratada como copista ni más ni menos que de la novena sinfonía de Beethoven. Por tanto, ambas películas tratan más de estos personajes inventados que de las famosas figuras históricas, las cuales son usadas un poco como pretexto en el marco de dos esquemas narrativos distintos. En la película de Kevin Macdonad lo que tenemos es un thriller, en el que el joven doctor escocés empieza como amigo y termina casi como enemigo del siniestro autócrata, mientras que en la cinta de Holland tenemos una historia de descubrimiento de sí mismo, en el que la protagonista logra convertirse en una compositora supuestamente original.

Beethoven: monstruo inmortal tuvo todos los ingredientes para convertirse en una gran película y es lamentable que con tan buenos componentes técnicos y artísticos resulte un filme fallido. La caracterización de Ed Harris del genial sordo de Bonn es muy buena y fiel a las fuentes gráficas y biográficas existentes. Tanto su aspecto físico como su forma de caminar están tomados de caricaturas y retratos de la época; aunque la directora en algunos momentos lo haga adoptar poses tipo El pensador de Rodin en medio del bosque, que ilustran una actitud reverencial que llega a la huachafería. La fotografía, la ambientación y el vestuario son de muy elevada factura técnica, mientras que las actuaciones del resto del reparto también resultan convincentes. Pero, sobre todo, la banda sonora es todo un lujo; la versión utilizada de la novena sinfonía a cargo de Bernard Haitink nos hace escuchar detalles pocas veces advertidos en otras versiones de esta conocida partitura; además, se presentan obras menos conocidas y más complejas (pese a tratarse de obras de música de cámara) como la notable Gran Fuga en si bemol mayor y partes de los últimos cuartetos. Ciertamente, esta banda sonora es uno de los grandes atractivos del filme. Otros logros de esta película tienen que ver con algunos muy buenos diálogos con bromas y situaciones machistas entre el maestro, su editor y su joven y talentosa copista.

El título en castellano de esta película, más que equiparar a Beethoven con Godzilla o Frankenstein, busca describir alguno de los aspectos más desagradables de la personalidad del compositor. Detalles como el descuido total de su persona, su desorden, desaseo y vocabulario procaz, la famosa bacinica repleta de orines encima de su piano, mencionada en tantas biografías y atribuida al embajador francés en Viena, son mostrados sin tapujos por la directora. Efectivamente, el compositor era un ser de costumbres muy desagradables. Sin embargo, la Holland ignora los aspectos más oscuros de su vida, el principal de los cuales fue la relación con su sobrino Karl que aquí es presentado absurdamente como un ciego amor paternal por un muchacho irresponsable y que en el fondo lo odiaba. Cuando es muy conocido y demostrado que a la muerte de su hermano Beethoven le quitó la tutela de Karl a su propia madre; para ello no vaciló en utilizar la tremenda influencia de sus tres principales alumnos y admiradores: el archiduque Rodolfo, hermano del Emperador y los príncipes Lobkowitz y Kinsky, poderosos nobles que desde 1809 le entregaban una pensión vitalicia, a condición de que no deje Viena. El infame juicio duró largos años y su motivación no era otro sino la misoginia desaforada del compositor; las consecuencias de este proceso fueron devastadoras para el joven Karl, quien intentó suicidarse, luego que su posesivo tío consiguiera separarlo de su madre.

Naturalmente, la directora tiene todo el derecho de omitir este hecho (y algunos otros) ya que estamos ante una obra de ficción, pero me parece un exceso que quiera luego justificar los aspectos menos felices del carácter y comportamiento del compositor por su genialidad. En realidad, estamos ante conceptos distintos. Una cosa es la vida de un genio y otra cosa es su arte. Por ejemplo, un tema es el feroz y venenoso anti semitismo de Chopin y otro, muy distinto, su sublime música para piano; a nadie se le ocurriría establecer una relación de causa y efecto entre ambos asuntos. De igual forma, el desarraigo de Beethoven no explica su genialidad, no tememos por qué “perdonarle” las barbaridades que hizo en (y con) su vida para disfrutar de su obra. Son planos distintos, aunque acepto que este tema de la relación entre vida y obra es controvertido.

Ahora bien. Si queremos establecer tal relación en el marco de un guión de ficción, debemos hacerlo bien; es decir, articulando las acciones inventadas de acuerdo a los principios básicos de la dramaturgia. Y es en este punto que encuentro la falla central de la película. En Amadeus, por ejemplo, la personalidad de Mozart está fielmente descrita y aparece contrapuesta al relato totalmente inventado de su asesinato por Salieri, a causa de la envidia de este último. Milos Forman no explica en su película la genialidad del compositor salzburgués a partir de su carácter (aunque sí inventa explicaciones a situaciones de sus operas a partir de algunos hechos biográficos, vg. la relación con su padre), por la sencilla razón de que el genio es en fenómeno inexplicable. En cambio, contrapone el arte de Mozart a la medianía de Salieri, creando y explotando un conflicto dramático a partir de una potente motivación: la envidia. De esta manera, la acción dramática resulta altamente eficaz y la música de Mozart que la soporta pasa a convertirse en algo distinto: la música de Amadeus.

En el filme que comentamos, en cambio, el arte de Beethoven –que se llega a presentar como una comunicación directa con Dios (por cierto, una desafortunada teoría que Kierkegaard y otros sostienen ¡seriamente! sobre Mozart)– hace que su joven copista le tolere y, luego, le disculpe su violento egocentrismo. Más aún, ella misma se ofrece a limpiarle sus porquerías y a perdonarle hasta que la aparte de su novio. Hay, pues, una versión reverencial e innecesariamente justificatoria a cargo de Anna Holtz (suponemos, un alter ego de Holland). Pero lo peor es que no tenemos aquí un enfrentamiento dramático entre este personaje y el compositor, como sí ocurre entre el Garrigan y Amin, lo que permite y justifica la transformación del primero; ni tampoco el tipo de relación contradictoria entre Mozart y Salieri, que empuja la acción y nos arrastra con ella en Amadeus. La transformación de la copista ocurre casi sin obstáculos o conflictos tangibles que ella deba vencer. Todo ocurre linealmente y bajo el influjo cuasi divino de Beethoven. En este punto, hay otros detalles fallidos. Por ejemplo, la citada aparición del sobrino del compositor tampoco es relevante para la acción de la película, al punto que podría sacarse a ese personaje y el filme no perdería nada. La relación de la copista con su novio tampoco tiene mucho sentido ya que el influjo del compositor sobre ella es demasiado fuerte para que cualquier otro factor humano (o no) llegue a afectarla. No hay, pues, elementos dramáticos para explicar la transformación de la protagonista y, como normalmente se espera, que nos conmueva.

En su reemplazo, la directora espera que la emoción corra por cuenta de la música de su admirado compositor. Y aquí nos topamos con el segundo problema. Si bien el filme utiliza apropiadamente fragmentos de la música (sobre todo, obras tardías) de Beethoven, la secuencia donde el compositor (con ayuda de la copista) estrena su novena sinfonía resulta excesivamente larga (10 minutos). Es cierto que está filmada con virtuosismo técnico y ofrece fragmentos de los cuatro movimientos de la obra; pero se queda a medio camino entre una transmisión en vivo de un concierto y una ilustración de la relación artística entre el compositor y su copista. De un lado, los que gustamos de esta sinfonía hubiéramos preferido escucharla completa; de otro, quienes deseen conocer “la vida de Beethoven” quizás les parezca muy larga la escena (por más excelsa sea la música). Ello porque hay una diferencia sustancial entre una obra puramente musical y otra audiovisual. Son sensaciones muy distintas y, en el caso de un filme de ficción, se espera que los fragmentos musicales soporten y/o potencien acciones dramáticas contrastantes; en cambio, tenemos el impecable monitoreo directoral del compositor por su copista sin riesgos ni obstáculos (ni, por tanto, tensión u emoción dramáticas). Lo cual puede resultar un poco tedioso para el espectador, sobre todo porque de aquí en adelante la película languidece. Y de esta forma, también, el espectador puede asociar ese tedio con la música de Beethoven… asociación que también hace con la música de Mozart, en Amadeus.

Esto frustra las posibles intenciones divulgadoras de la obra del genial compositor, salvo para aquellos que tengan una versión “reverencial” o “políticamente correcto” del arte. En cambio, los que creemos que el arte es esencialmente perturbador y cuestionador del status quo, hubiéramos preferido otra aproximación.

Copying Beethoven
Dir. Agnieszka Holland | 104 min. | EE.UU. – Reino Unido – Hungría

Interpretes:
Ed Harris (Ludwig van Beethoven), Diane Kruger (Anna Holtz), Nicholas Jones (archiduque Rudolph), Matthew Goode (Martin Bauer), Ralph Riach (Wenzel Schlemmer), Joe Anderson (Karl van Beethoven), Bill Stewart (Rudy), Angus Barnett (Krenski).

Estreno en Perú: 20 de Setiembre de 2007

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7 comentarios

  1. 25 de septiembre de 2007 at 13:49 — Responder

    Iré a verla por la música entonces xD

  2. Ismael Ávila
    25 de septiembre de 2007 at 14:19 — Responder

    Hola Juan José,

    Creo que, asi como hay que saber diferenciar entre la vida personal y la obra de una persona, también se debe separar lo que uno espera o cree que una película debe ofrecer con lo que al final esta pretende hacer y logra. No me parece válido reclamar cuando una película no consigue algo que nunca pretendió.

    Desde el inicio de Beethoven… queda muy en claro que la relación principal de la historia es la que se desarrolla entre el músico y su copista, y que la base de la misma está en el amor y vocación por la música. El resto de personajes, en tanto que no están en la misma “onda”, lógicamente no van a poder afectar mucho la emotividad de los protagonistas, porque no se comunican con ellos en el mismo lenguaje. No hay, pues, conflictos por enemistad, envidia o por peleas familiares mal llevadas que valgan.

    Tampoco veo que en este largometraje existan “intenciones divulgatorias” sobre la obra del músico, porque no se explica mucho de su obra, sólo del periodo con el que trabaja con Anna Hotlz; menos aun en el caso de lo “políticamente correcto” (eso sería contradictorio, pues líneas arriba habías mencionado cómo algunos aspectos desagradables del músico se mostraban sin tapujos).

    Sí se necesita, en cambio, cierta admiración o “reverencia” hacia el protagonista, pero no en la manera que dices: no es que se admire a alguien y por tanto es bueno o viceversa, sino que se le admira por lo que fuera, agradable o no, y es divertido verlo porque podemos identificarnos con sus imperfecciones.

  3. […] relación hay entre Beethoven, monstruo inmortal y Una sombra al frente? En que la película de Agniezka Holland tiene un muy buen acabado técnico […]

  4. Angel Navarro
    27 de septiembre de 2007 at 10:50 — Responder

    La música es extraordinaria… las actuaciones principales van a la par con la música… pero las acciones alrededor de los personajes es un tanto forzado y sin explicación aparente… sólo adornos… situaciones…

  5. agus
    3 de noviembre de 2007 at 11:06 — Responder

    muyy buena la pelicula!

  6. 29 de agosto de 2009 at 17:09 — Responder

    es una pili aburrida

  7. […] a través del cual conocemos al protagonista principal. Este mecanismo fue usado, por ejemplo, en Beethoven Monstruo Inmortal, de Agniezka Holland y El Último Rey de Escocia, de Kevin Macdonald; en ambos casos, las […]

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