Eastern PromisesEastern Promises
Dir. David Cronenberg | 100 min. | Reino Unido – Canadá – EE.UU.

Guión: Steve Knight
Música: Howard Shore

Intérpretes: Viggo Mortensen (Nikolai Luzhin), Naomi Watts (Anna Khitrova), Vincent Cassel (Kirill), Armin Mueller-Stahl (Semyon), Sinéad Cusack (Helen), Jerzy Skolimowski (Stepan)

Estreno en España: 5 de octubre de 2007

Promesas del Este habla de una colisión entre dos mundos bien distintos que habitan el mismo, en una ruleta (rusa) en la que las más peligrosas ratas del crimen organizado pueden llegar a tocar a cualquier ciudadano decente y corriente, al fin y al cabo las mafias viven aquí mismo, a nuestro lado. La caja de Pandora se desata cuando una adolescente embarazada llega malherida a un hospital donde morirá dejando un bebé huérfano, del que se encariña Anna Khitrova (Watts), y un pequeño diario comprometedor.

Los tatuajes como libro de familia

El rey de la sangre y la violencia cinéfila “Reservoir Tarantino” está siendo sutilmente desbancado, con bastante más estilo y clase, por el nuevo referente sobre la crueldad humana, David Cronenberg. Ya no es Tarantino el rey del despiece en pantalla, (a no ser que vuelva con otro par de “Kill Bob”, o Bill o Burt). Y asaltando ese trono está sacando su victorioso armamento Cronenberg. En su última y rompedora cinta Promesas del este (Eastern Promises) el director canadiense se adentra en las oscuridades de las mafias que vienen del frío Este a hacer suculentos negocios con su mercancía de contrabando (cuya divisa son las esclavas sexuales) en las grandes ciudades de Europa.

Para ofrecernos su visión sobre tan poderosas redes, este particular cineasta de 64 años ha preparado un suntuoso banquete de miradas intensas, pausas críticas, escenas violentas de incuestionable audacia y originalidad (la de la sauna tiene que haber roto con los esquemas cuadriculados de más de un productor hollywooloide), envolviendo a Londres, esa ciudad gris de acero oxidable, de putas y maricones -en palabras del Diávolo de la familia- en una atmósfera Dickesiana de tenebrosa belleza, con puertas simuladas por lujosos negocios que conducen directamente al infierno.

Scorsese ya dejó bien claro cual es la oficina currante de las mafias italianas, ninguna supera a la funcionalidad de un restaurante. ¿Por qué iba a ser diferente con mafias de otras nacionalidades cuya patria es la misma, la aniquiladora violencia? Nos deslizamos con facilidad asombrosa, sin esfuerzo, sin siquiera reparar en su estructura narrativa ni en su tímida banda sonora, tal es el mérito del montaje, cuyas brumas narrativas centran toda la atención con sorpresas de inteligente abracadabra. Tanto es así que la ambigüedad se hace dueña del incierto camino trazado por el misterioso Nikolai Luzhin (un Viggo Mortensen perfecto en su réplica física y psicológica de pieza limpia-escombros) hasta el mismo final.

Pero Cronenberg también deja lugar para la ternura, en un encuadre maternal y apoyo familiar por parte de la matrona curiosa (dúctil actriz, Naomi Watts). Como el buen maestro que es, el director maneja un complicado juego de equilibrios tensos entre todos los protagonistas, yendo incluso más allá de lo esperado por el poco acostumbrado espectador a productos de calidad.

La inteligencia y rebeldía de David Cronenberg le llevan a salirse de las pautas marcadas por Hollywood y sus modas (este año 2007 ha sido la pauta “años sesenta”) y le llevan también a salirse de proyectos con los que divergía en muchos puntos. Imposible que este cineasta, apoyado con financiación del gobierno canadiense, tragara sapos de la industria estadounidense. Bucea demasiado en el gusto primario por la violencia que se esconde detrás de una supuesta normalidad. Ya lo hizo en su trabajo previo Una historia violenta, de la que parece tomar el hilo conductor en esta cinta que nos ocupa, arrancando con un comienzo similar, y que, además, aparenta beber, a ratos, de la estética de Camino a la perdición (Sam Mendes) para acabar siendo una obra de identidad autónoma, superando con creces a las anteriores.

No cabe duda que Cronenberg ha dado el do de pecho sublime, dejando su propio listón muy, pero que muy alto. Extraño resulta que se fuera de vacío en el último Festival de San Sebastián, aunque se llevó en la maleta buenas críticas.

Usando un discurso preciso y una velocidad que disfrutan nuestros sentidos, Promesas del Este habla de una colisión entre dos mundos bien distintos que habitan el mismo, en una ruleta (rusa) en la que las más peligrosas ratas del crimen organizado pueden llegar a tocar a cualquier ciudadano decente y corriente, al fin y al cabo las mafias viven aquí mismo, a nuestro lado. La caja de Pandora se desata cuando una adolescente embarazada llega malherida a un hospital donde morirá dejando un bebé huérfano, del que se encariña Anna Khitrova (Watts), y un pequeño diario comprometedor. A partir de ahí la curiosidad mató al gato, dicen, si bien me curo de contarles más, por aquello de respetar su inmersión en la cinta.

Cronenberg sabe elegir actores de los que saca la mejor química. Armin Mueller-Stahl en su papel de Semyon vuelve a demostrar que es el perfecto ángel de la muerte, como ya lo hiciera en La caja de música de Costa-Gavras. Viggo y Watts están muy bien aprovechados, y Vicent Cassel demuestra que es puro chicle. Siempre he pensado que a este actor francés no le acaban de sacar todo el jugo cómico que puede dar de sí.

En su buen currículo, tal vez sea el mejor Cronenberg. Hay algo único y memorable en este trabajo que transciende lo puramente obvio para definirse, con claridad, en el enigma y el misterio de la mente humana. ¿Contradictorio? Estas facturas hacen del cine lo que es, un auténtico vicio.

Curiosidad: Se tardaron cuatro horas en aplicar en el cuerpo de Mortensen los 43 tatuajes que luce: entre ellos está “La calavera con flores”, “La calavera humeante”, “El tigre”, “La virgen y el niño”, “El ángel desnudo en una rueda”, “La segadora” y “El gato con pipa”.