La dama y el duque (2001)

Afiche La dama y el duqueL’anglaise et le duc
Dir. Eric Rohmer | 129 min. | Francia

Intérpretes: Lucy Russell (Grace Elliott), Jean-Claude Dreyfus (Duque de Orleans), François Marthouret, Léonard Cobiant, Caroline Morin, Alain Libolt, Héléna Dubiel, Laurent Le Doyen, Serge Wolfsperger, Daniel Tarrare, Charlotte Véry.

Guión: Erich Rohmer, basado en la novela “Ma vie sous la révolution” de Grace Elliott.

Eric Rohmer, viejo liberal, cronista del desconcierto contemporáneo y usuario durante medio siglo del soporte fotoquímico, que incluso tuvo un tiempo en su equipo al notable fotógrafo Néstor Almendros, actuó con suma audacia a inicios de la presente década. La dama y el duque expone en textura digital, manipulada con animación 3D de acentos impresionistas, su visión escéptica de la Revolución Francesa, utilizando como materia prima las memorias de Grace Elliott, aristócrata inglesa que prefirió quedarse en medio del cataclismo de su clase y tratar de ayudarla en vez de huir.

 La dama y el duque

Diario de una extinción

Considerado uno de los ideólogos de la Nouvelle Vague, Eric Rohmer, cultor del medio y cortometraje, teórico, catedrático universitario y redactor de la célebre revista Cahiérs du cinéma, debutó en el largo con El signo del león en 1959, el mismo año de Los cuatrocientos golpes de François Truffaut.

La mayor parte de su filmografía está reunida en tres series de películas elaboradas desde hace cuarenta años. Seis cuentos morales (1962–1978), Comedias y proverbios (1980–1986) y Cuentos de las cuatro estaciones (1989–1999) se caracterizan por descubrir entre el paisaje citadino las claves que motivan o desalientan los intereses de sus personajes y centrarse en ellas a través de un lenguaje depurado que obvia situaciones accesorias y el estrellato actoral. Son variaciones de una misma búsqueda de identidad ética, bienestar social y ventura sentimental, un registro de la sencillez cotidiana, de ese cúmulo de incidencias que nutre a la gente todos los días.

Rohmer ha realizado algunas cintas fuera de estos tres bloques, por ejemplo El árbol, el alcalde y la mediateca (1993), Los encuentros de Paris (1995) y un díptico que puede verse como antecedente de La dama y el duque: La marquesa de O (1976), adaptación de la novela corta de Heinrich Wilhelm von Kleist, autor alemán del romanticismo, rodada en locaciones reales e inspirada en la pintura romántica, y Perceval el Galo (1978), fabricada en estudio, respetuosa de la representación sin perspectiva de la Edad Media y del octosílabo rimado de Chrétien de Troyes, poeta francés de finales del siglo XII. Como puede verse, las reconstrucciones históricas de Rohmer, que son escasas pero radicales, rescatan la cultura visual de la época o cercana a ella, lo que de algún modo recuerda al Barry Lyndon de Stanley Kubrick. El propio director lo explica en el diálogo publicado en la revista Senses of cinema Nº 16 (setiembre–octubre 2001) a propósito de su nueva obra: No me preocupo mucho por la realidad fotográfica. (…) representé la Revolución tal como la gente la habría visto en ese momento. Y trato de que los personajes se parezcan a la realidad que se puede encontrar en las pinturas.

El aspecto de La dama y el duque es insólito. Su soporte digital es opción voluntaria y recurso estético, a diferencia de otros filmes que lo aprovechan por su austeridad a costa de la nitidez. La ciudad, diseñada por Jean–Baptiste Marot a partir de viejos planos y unos cuadros del pintor protoimpresionista Jean–Baptiste–Camille Corot, es una urdimbre de decorados desleídos, dignos también de Claude Monet y Alfred Sisley, ilustres impresionistas que retrataron el campo y las calles de Paris con énfasis en colores brillantes y la incidencia de la luz sobre el objeto situado al aire libre. Es decir, una mirada que sintoniza con la llegada del cine. Aunque la Revolución ocurrió un siglo antes del apogeo de esta corriente –cronológicamente corresponde el romanticismo–, el efecto, que al principio sorprende, es fascinante. Los acaudalados convertidos en parias buscan refugio en un territorio que se diluye como su bienestar y su propia existencia. Espacio y acción captados de forma directa. Un mundo, visual y conceptualmente, en fuga.

 La dama y el duque

Según la clasificación que Marc Ferro propone en su libro “Historia contemporánea y cine” sobre la relación entre un filme y la Historia, La dama y el duque –cuya traducción debería decir ‘inglesa’ en vez de ‘dama’– se presenta en primera instancia como interpretación independiente, pues Rohmer, como si hiciera falta precisarlo, es un autor muy personal, ajeno a las modas y a cualquier interés de grupo. Sin embargo, su referente, “Mi vida bajo la Revolución”, es el testimonio vívido de una persona acosada, que ve pasar por el cadalso a compañeros de clase social, amigos y hasta un ex amante, Louis Philippe, duque de Orleáns (Jean–Claude Dreyfus), conocido como Égalité (Igualdad) por su simpatía con la Revolución. Ahí surge la ambivalencia: Grace Elliott (Lucy Russell) expresa, aun con cierta objetividad, el sentimiento enemigo, lo que Ferro llamaría desde dentro –aunque también puede ser desde arriba, porque involucra a sujetos cercanos al poder–, y Rohmer mira desde fuera, atraído por la arqueología del espacio y el lenguaje que Elliott dejó en su libro que le permite reconstruir lo que realmente le interesa, una atmósfera, un conjunto de caracteres.

La película muestra y oculta, maneja lo visible y lo invisible. Los interiores son exquisitos. Las pláticas entre Grace y el duque matizan la radicalización política con afectos personales, reproches y polémica sobre las transformaciones que encontraron desprevenida a la nobleza. Nunca se ve a la pareja real y Robespierre sólo aparece un instante para salvar a Grace de ser detenida. La famosa votación que condenó a Louis XVI sólo llega de oídas, y de su muerte sólo escuchamos un rumor y un ruido sordo, ubicados a varias cuadras de distancia. La criada de Grace mira a través del catalejo por ella y describe lo visto con evasivas. A pesar de la nebulosa que aparentemente lo envuelve, el monarca es una latencia que guía buena parte de la película. Por el contrario, las escenas fugaces de la masacre del 10 de agosto y la cabeza de una princesa en alto, el vestuario y los decorados escrupulosos, y el episodio del marqués de Champcenetz, noble con aspecto de Nosferatu que insufla suspenso y hasta humor al registro del filme –hay que ver cómo asoma ese brazo en la cama de Grace–, imprimen al relato una verosimilitud extraordinaria.

Cuando se estrenó La dama y el duque, en Francia tildaron de contrarrevolucionario a Rohmer. Su personalidad no produce alegatos. Dice que las objeciones históricas deben hacerse al libro y no al filme. Y en realidad, no hace falta leer a Elliott: 17 mil guillotinados y 40 mil víctimas en total acompañaron a la retórica revolucionaria en el Reinado del Terror.

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6 comentarios

  1. Martin
    27 de noviembre de 2007 at 0:25 — Responder

    Y por qué no se respeta el título original q es mucho mejor: La Inglesa y el Duque?? Deberían cambiarlo.

  2. Jorge Esponda
    27 de noviembre de 2007 at 14:31 — Responder

    Martín, el título que colocamos es con el cual la película fué estrenada. Por nuestra parte también creemos que debería, en todos los casos, respetarse los títulos originales pero ello depende de los distribuidores. ¿Te imaginas la cantidad de títulos cambiados de películas que nos hemos acostumbrarnos a recordar?

    Saludos

  3. Martín
    28 de noviembre de 2007 at 18:31 — Responder

    Es verdad lo que dices Ramiro; pero no hay que olvidar que a veces se impone el sentido común sobre las desafortunadas elecciones de títulos que realizan las distribuidoras. Basta recordar que “Shakespeare in love” se estrenó con el horrible título de “Shakespeare apasionado”; y ahora, con el paso de los años, la película es oficialmente conocida como siempre debió serlo: “Shakespeare enamorado”. Lo mismo debería hacerse con “La Inglesa y el Duque”. Y su página debería ser una de las primeras en hacerlo.

    Saludos.

  4. 28 de noviembre de 2007 at 18:50 — Responder

    A mi no me molesta “La dama y el duque” como título. Los hay peores.

    pd. ¿Quien es Ramiro?

  5. Martín
    30 de noviembre de 2007 at 15:05 — Responder

    Puede haberlos peores, pero “La Inglesa y el Duque” es el título que Rohmer le puso a su obra y debería respetarse.

    pd. Me confundí y rebautizé a Jorge como Ramiro. Lapsus brutus de mi parte.

  6. nahuel
    30 de abril de 2010 at 7:24 — Responder

    muy bueno

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