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La rabia de Albertina Carri

Como en un cuento maldito, La rabia narra la historia de dos niños, vecinos, en medio del ambiente rural, en el que la violencia y la sordidez se han instalado en la cotidianidad, en vez, del supuesto espacio bucólico y ensoñado que representa el campo, aquí se presenta con un rostro crudo y animal. A tal grado que sus padres se encuentran involucrados en un triangulo sexual y en relaciones humanas precarias.

En esta cinta, el trabajo diario del campo y la vida rutinaria se retrata de forma distanciada y documental, presentándonos momentos de la cría de animales, la eliminación de alimañas, o el sacrificio de un cerdo al detalle. Los campesinos reaccionan de manera natural, sin ningún remordimiento o contemplación ante estas ejecuciones, para horror de ecologistas y parte del público. Estas escenas, que podrían parecer caprichosas, aportan a construir unos personajes que urgidos por el trato diario con la sangre y la muerte, despiertan su lado más animal -entendido en la necesidad de sobrevivencia, ya por el sexo o el triunfo frente a la amenaza-; este impulso se reprime en el contrato social, en la convivencia grupal; pero se desata en los ámbitos más privados o en las relaciones interpersonales.

Todos los adultos de la película se enfrentan con estos impulsos; y de ahí nacen los conflictos entre ellos. Mientras los padres se enfrentan ejerciendo códigos sociales y la fuerza bruta en algunos casos; las crías, los hijos, los niños que aun no entienden el proceder de los mayores lo deben hacer a través de otros medios, como el juego y la representación, que usa Natalia, la muda, cuando no se desnuda o chilla. O el de comenzar a ejercer la violencia como código, en el caso de Ladeado, el adolescente que empieza a entrar en el mundo adulto con las responsabilidades transferidas por su padre. La rabia tiene alguna cualidad bergmiana en el tono de pesadilla, y en la descripción de estos niños, que buscan como Fanny y Alexander, protegerse, defenderse de sus padres y del ambiente agresivo.

En esta película lo mejor está en su ambiente amenazante y enrarecido, que aprovecha el espacio agreste, espinoso y se capitaliza en su fotografía opaca de una cualidad terrosa. Su directora Albertina Carri usa dos recursos más para enfatizar su relato: el primero son unas animaciones que parten de los dibujos de Natalia, que se apoderan de la pantalla y que se sienten artificiales. El segundo es su música, en acordes de rock estridente, que violan el espacio del que se espera sonidos más acordes al espacio rural. Este elemento funciona mejor.

La rabia es un pequeño cuento oscuro que reta la mirada del espectador y vale la pena ver. Espíritus débiles, abstenerse.