Festival de Lima 2008: Tony Manero (2008)

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Tony Manero, de Pablo Larraín

La segunda película de Pablo Larraín es el seguimiento milimétrico a Raúl Peralta, un cincuentón fanático del personaje de Travolta en Fiebre de sábado por la noche: Tony Manero. Él junto a un grupo de artistas aficionados (entre los que se encuentran varios sediciosos perseguidos por la policía) intenta montar un show basado en la película de John Badham en un barcito de mala muerte.

El filme sigue el errático recorrido de Peralta para alcanzar sus objetivos: montar el espectáculo de Fiebre… con su grupo y ser el idéntico a Tony Manero en un show sabatino nacional a lo Ferrando. Peralta es un loser con todas las letras de la palabra, o mejor un LOSER, así en mayúsculas. Podemos sentir cierta compasión por lo patético del personaje, pero no podemos ni identificarnos con él; pues es además un asesino en serie. Tony Manero explora sentimientos bastante primarios: la rabia, la frustración y la enajenación, en este personaje que busca triunfar, o alcanzar sus metas a cualquier precio.

La forma, el estilo, con el que se sigue al personaje parece una extensión de su psiquis; fuera de foco permanente, barridos de cámara que no se posan sobre casi nada, jump cuts violentos, imagen desestabilizada. Un caos, una imposibilidad de sentirse en tierra firme, que no entrega muchas certezas, sólo la posibilidad de seguir observando. Estos elementos que perturban y alteran la visión, solicitan el compromiso del espectador para aguantar este tour de force al lado del Manero “bamba” chileno.

Porque además, Tony Manero, es una película que está estructurada de manera poco concesiva -aunque convencional-, y que se vuelve incomoda desde la historia (a lo que se le suma todo el aparato formal), porque el protegonista sólo alcanza sus objetivos a través de la violencia desmedida (e impremeditada), o a través de la humillación. Cada uno de sus triunfos son pírricos, por puntos. Aún sus encuentros sexuales no se concretan o causan placer; sus presentación públicas, en el bar o la televisión, tienen un aura deprimente, decadente; cada paso de Raúl es un paso más hacia la degradación. Al final, cuando creemos entender lo que sucederá, cómo procederá; Larraín, el director, nos niega el triunfo del climax, en una interesante jugada, en la que nos deja en la posición de su personaje.

No sé si Tony Manero alcanza a dibujarse como un símbolo de la dictadura de Pinochet en Chile, o del espíritu de ese tiempo, si evoca a un Chile distraído en emular todo lo foráneo, o embelezado por la caja boba y sus retos semanales baladís, mientras iba cayendo en profundos hoyos morales. Eso habría que preguntárselo a la gente del Sur, o a su director. Lo que sí queda en claro, es que esta cinta es un arriesgado ejercicio de estilo, con una potente interpretación de Alfredo Castro y un personaje intrigante rodeado de un bien logrado ambiente.

Tres imágenes para recordar: Tony Manero recorriendo los techos desvencijados de Santiago, en lo más surrealista de la cinta; su entrada al cine a ver la cinta de sus amores; y ese largo travelling en el que baila mientras sus amigas cantan.

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2 comentarios

  1. […] Mejor Actor: Wagner Moura por el violento capitán de Tropa de Elite, o Alfredo Castro por su sicótico Tony Manero. […]

  2. […] ganadores de la cuarta edición del Santiago Festival Internacional de Cine, Sanfic 4. La película Tony Manero del director chileno Pablo Larraín, que se presentó en el reciente Festival de Lima, se ha […]

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