Enemigos públicos (2009)

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Dir. Michael Mann | 140 min | EEUU

Intérpretes: Johnny Depp (John Dillinger), Christian Bale (Melvin Purvis), Marion Cotillard (Billie Frechette), James Russo (Walter Dietrich), David Wenham (Harry ‘Pete’ Pierpont), Christian Stolte (Charles Makley), Jason Clarke (John ‘Red’ Hamilton), John Judd (Turnkey), Stephen Dorff (Homer Van Meter), Michael Vieau (Ed Shouse), John Kishline (Guardia Dainard), Wesley Walker (Jim Leslie), John Scherp (Earl Adams), Elena Kenney (Viola Norris), William Nero Jr (Chico de la granja), Channing Tatum (Pretty Boy Floyd)

Estreno en el Perú: 13 de agosto de 2009

Estreno en España: 14 de agosto de 2009

Si hay películas que deberían durar la mitad de su metraje, como dice el crítico Alejandro G. Calvo, hay otras que no deberían acabarse nunca. Solo sé que al finalizar el metraje de Enemigos públicos, de Michael Mann, me descubrí en un limbo cinéfilo, tierra de nadie, deseando volver a ver la cinta de nuevo.
Estamos ante el mejor Mann, si ello es posible. Enemigos públicos recoge a Heat, Collateral, Miami Vice, o El último mohicano en su regazo. Volver a la Gran Depresión norteamericana, como lo hizo Eastwood con El intercambio, es un acierto no sólo por el momento de crisis general que vivimos, (incluida esa tiña a los bancos que como un Alien crece dentro de nosotros), también por la atracción que despierta la estética de la época, emanando un halo de elegante nostalgia en el diseño general del entorno, desde los edificios, a los coches, y atuendo de las gentes.

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Clasicismo en digital

Si hay películas que deberían durar la mitad de su metraje, como dice el crítico Alejandro G. Calvo, hay otras que no deberían acabarse nunca. Solo sé que al finalizar el metraje de Enemigos públicos, de Michael Mann, me descubrí en un limbo cinéfilo, tierra de nadie, deseando volver a ver la cinta de nuevo. ¿Es esto la esencia primera y última, la misión de este arte de la evasión? ¿La desaparición como espectador para ser abducido por la pantalla? Michael Mann, artesano y autor lúcido de la modernidad, ha creado otro fascinante proyecto del que todo, cada uno de sus personajes, tomas, escenarios, diálogos, miradas, disparos, están milimetrados con maestría y experiencia en el thriller, con la sabia inclusión de la modernidad del presente: la audacia de la estética, el HD, o digital cinema, que texturizan de lírica sus imágenes para filmar en presente el pasado. El cine de este genio es un verdadero acto contra el reinado de la banalidad, generando una nueva plástica que dota de poética a los cuerpos, a los rostros, da una nueva dimensión al encuadre, amalgama realidad y cliché, transforma las distancias, altera la sensibilidad, como ya hiciera en sus excelsas Corrupción en Miami y Collateral, convirtiendo imágenes en oníricas visiones.

Estamos ante el mejor Mann, si ello es posible. Enemigos públicos recoge a Heat, Collateral, Miami Vice, o El último mohicano en su regazo. El paso de la continuidad luminosa del 35 mm al HD genera imágenes compuestas, capas sucesivas que pueden dar lugar a la confusión de sensaciones que nos inundan con el movimiento de cámara nerviosa a ratos, épica otros. Sacar del clasicismo de unos hechos de hace ocho décadas, al mismo tiempo que se es fiel documentalmente a ellos, la innovación en el universo del placer cinematográfico resulta de una labor perfecta, donde las miradas comunican tanto como las palabras, que son las justas, como los gestos, elegantes e intensos en un Johnny Depp/John Dillinger superlativo. Adoro a este realizador visionario.

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Volver a la Gran Depresión norteamericana, como lo hizo Eastwood con El intercambio, es un acierto no sólo por el momento de crisis general que vivimos, (incluida esa tiña a los bancos que como un Alien crece dentro de nosotros), también por la atracción que despierta la estética de la época, emanando un halo de elegante nostalgia en el diseño general del entorno, desde los edificios, a los coches, y atuendo de las gentes. Si además se supedita la historia al mito del gangster famoso, el éxito de público viene asegurado, por la aún vigente fascinación que siguen ejerciendo tales personajes. John Dillinger, después de caer toda su banda, murió nueve años antes de nacer Mann, en 1934. El director se patearía en su infancia muchas de las calles que cruzó Dillinger, a quién le faltaba la gran película consagración para situarse en la senda de un Bonnie & Clyde, que hizo que allá en mi infancia lejana formara parte de alguna canción infantil de nuestros juegos.

John Dillinger era un curioso gangster, se salía de la norma robando a su manera, (solo bancos) y amando como vivía, intensamente. Era admirado y odiado a partes iguales. Admirado por el pueblo, y odiado por las autoridades, especialmente si querían despuntar como estrellas mediáticas, caso de J. Edgar Hoover, oscuro sujeto, tan inquietante como los miembros del sindicato que, a su vez, empezaron a odiar a ese extraño atracador porque obstaculizaba sus intereses económicos, y su nueva asociación con la policía. John Dillinger, querido y respetado por su banda, trajo de cabeza a muchos, era listo, rápido y descarado, además de audaz: se paseaba por delante de las narices de los que le buscaban, (atención a su visita a comisaría) y lograba escapar cuando le tenían acorralado. Claro que Mann no habría sido Mann, si hubiera dejado a Dillinger/Depp aislado en este cometido cinematográfico. La firma del cineasta de Chicago muestra siempre un frente a frente, dos antagonistas, dos fuertes presencias. Melvis Purvis, un Christian Bale a la altura de Depp, se convierte en el otro, fuerte presencia, provisto del mismo honor, pero en el lado contrario. Plano-contraplano perfecto. Purvis vs Dillinger, almas que se asemejan mucho, como Neil y Vincent de Heat.

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Reconstruida según los archivos del FBI detallados en un ensayo de Bryan Burrough sobre la ola criminal de la época, cuya filmación, incluso, se realizó en lugares donde estuvo Dillinger, la cárcel de Crown Point de Indiana, la cabaña de Manitowish Waters, (en la habitación donde descansó), en Winsconsin, o el cine Biograph, donde le abatieron, varias cosas confluyen en la mirada de Mann a la historia: la personalidad de unos criminales que no querían ni sabían hacer otra cosa, porque así entendían la vida; el nacimiento del FBI, con la aplicación de nuevos métodos científicos y el paulatino uso de la tortura y la extorsión para alcanzar sus objetivos; los cambios producidos en las mafias y el sindicato del crimen, gracias al poder de las nuevas formas de ganar grandes sumas de dinero; la necesidad de extender el mito en la imaginación de un pueblo empobrecido, transformando el carisma de Dillinger en heroicidad por saber burlar a dos instituciones muy poco respetadas y admiradas en la época, los bancos y la policía.

Pero toda esta puesta en escena, el perfecto uso de los mecanismos narrativos, la acción trepidante que Mann imprime, la convergencia de las nuevas tecnologías, sería simplón y plano sin un repunte sorpresa a lo humano de los protagonistas, a lo sentimental, a la emoción que este bárbaro realizador da a cada mirada, gesto, caricia, usando de su habitual paleta de colores. Primeros planos que se clavan en la retina del personaje (y en la nuestra), sus historias de amor totales, (¡ay! esa mirada aguamarina de Marion Cotillard), relieves extremos y emociones que nos hipnotizan, acción de qualité sin atropellar el argumento, todo regalándosenos. Te damos gracias Señor, nuestro Dios Michael Mann.

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2 comentarios

  1. […] ha crecido dentro y fuera de Francia. Luego de ser Billie Frechette, la pareja de John Dillinger en Enemigos públicos, y Luisa, una de las mujeres del complejo mundo del artista Guido Contini en Nine, protagoniza una […]

  2. […] protagonista, Stephen Dorff, ha participado en películas como “Somewhere” de Sofia Coppola y Enemigos públicos junto a Johnny Depp y Christian […]

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