Hace mucho que te quiero (2008)

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Dir: Philippe Claudel | 117 min. | Francia – Alemania

Intérpretes: Kristin Scott Thomas (Juliette Fontaine), Elsa Zylberstein (Léa), Serge Hazanavicius (Luc), Laurent Grévill (Michel), Frédéric Pierrot (Capitán Fauré), Claire Johnston (la madre), Jean-Claude Arnaud (Papy Paul), Olivier Cruveiller (Gérard), Lise Ségur ( Lys), Mouss (Samir)

Estreno en Perú: 24 de diciembre de 2009

Promocionado debut del escritor francés Philippe Claudel como cineasta, Hace mucho que te quiero es una película que se inscribe con claridad dentro del drama familiar, ese género que para muchos es una de las banderas de la cinematografía gala. Afortunadamente, en este caso el motor de la película es una actriz como la inglesa Kristin Scott Thomas, que cuenta con varias participaciones en el cine francés a lo largo de su trayectoria, e interpreta a la protagonista de forma impecable.

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Promocionado debut del escritor francés Philippe Claudel como cineasta, Hace mucho que te quiero es una película que se inscribe con claridad dentro del drama familiar, ese género que para muchos es una de las banderas de la cinematografía gala. A diferencia de otros nombres célebres de la cultura de su país pasados a la realización, como Jean Cocteau, André Malraux, o un poco más cerca en el tiempo Marguerite Duras, Claudel no opta por la originalidad o la radicalidad, todo lo contrario, se ciñe a una ortodoxa exploración en el medio del cual tiene una breve experiencia como guionista y que ha caminado paralela a su fama, incluyendo la adaptación fílmica de Almas grises, su más conocida novela, en 2005.

Hace mucho que te quiero es una cinta en clave baja, contenida, y por supuesto fundamentalmente sostenida en el desempeño de sus actores. En ella conocemos la historia de Juliette una mujer que sale de prisión tras 15 años, cuya readaptación y enfrentamiento con las culpas y secretos constituyen el punto central de película. Vale decir desde el comienzo que es de destacar la forma cuidadosa en al que Claudel ha planteado las cosas, especialmente en un terreno tan fácil de convertirse en un pantano del que surgen muchas operaciones similares, ya no solamente las preparadas directamente para emisión televisiva, donde la psicología y la filosofía moralista conviven simbióticamente, pero en sus versiones de bolsillo.

Il y a longtemps que je t'aime 2Afortunadamente, en este caso el motor de la película es una actriz como la inglesa Kristin Scott Thomas, que cuenta con varias participaciones en el cine francés a lo largo de su trayectoria, e interpreta a la protagonista de forma impecable. Claudel acierta en aprovechar esa condición de extranjera tomando el rol de una completa continental, para dotar a su personaje de un aire muy británico. La ansiedad y frialdad de Juliette remite curiosamente a la naturaleza de un ser inexperto pero amargado a la vez, sin que ello devenga en esos exabruptos o sucesivas torpezas de las que se arma la función en un telefilme dominguero. El proceso de reinserción del opaco personaje es observado permanentemente en esa incomodidad interior manifestada apenas en su rostro y en su incesante gasto de cigarrillos. A partir de ello se desarrolla todo un repaso a situaciones cotidianas que están atravesadas por esa percepción de la carga personal y que por buenos tramos supera la monotonía de ese, inicialmente sereno, regreso al hogar de la mano de Léa, la hermana (buen papel de Elsa Zylberstein).

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Pero a pesar de ese posible didactismo y amabilidad que podría desprenderse de la trama, no estamos ante un filme que intente ser complaciente, incluso en los momentos en los que se revela, no sin el necesario conflicto, los misterios, agonías, y justificaciones que arrastra la heroína anónima (Crimen y castigo es tomada como motivo de discusión en una secuencia). Sin llegar muy lejos, el director nos presenta un trabajo sólido, y no poco conmovedor a pesar de sus distancias. Tal vez de todos mi favorito sea aquél instante en que Juliette y Léa van a visitar a su madre víctima del Alzheimer, ahí es donde mejor queda registrado ese temor constante ante el futuro que se abre a la protagonista, viviendo una madurez extraviada, un renacimiento que no tiene en ningún momento ese tono redentor de muchas otros. Por el contrario, el de Juliette es opaco, marcado por el tono gris de todos los días en los que se suceden, imperceptiblemente, momentos de ánimo y de languidez. Se puede decir que en su primer intento Claudel pasa la prueba tranquilamente.

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