Climas: el colegio y la Iglesia

La significación no es recetario de postres y ningún significado es algo cocinado. Al arte cinematográfico, como a cualquier otro, no le corresponde desenvolverse excluyentemente en el campo de la significación sino en sus fronteras. Pero la carga cultural, apoyada por el constructo educativo, bien puede limitar la imaginación y, como el caso, la aproximación a una contribución estética de un creador. La directora Enrica Pérez debió haber terminado el colegio “sabiendo” que el Perú es Costa, Sierra y Selva. Que en el Perú, casi como en guetos, vive gente muy disímil, si acaso, conviviendo un poco. Y qué lindos son los ríos de la selva, las casas de playa de Asia y los cerros de la sierra. Seguramente en Lima muchos deben aplaudir el concepto. No es mi caso.

Podríamos ceder a la reducción geográfica del concepto región que Climas arrima: Pucallpa, Huaraz y Lima como abanico del Perú. Mas el cómo apuntar al enmarcamiento de su regionalización tiene la sutileza de una ballena ciega y sorda. A cada región le sobran puestas de cámara que en realidad sólo están ahí no en función de un uso narrativo de la panorámica sino del mero muestrario de locaciones de publicidad turística. Es como si hubiesen salido los asistentes de producción a buscar el cliché más resolutista al cuestionamiento de qué es una sierra –un manojo de montañas y unas casas adustas–, una selva –un montón de casas adustas, ríos y árboles–, y Lima –un conjunto de casas de catálogo, una ciudad moderna y el mar–. Y luego se rueda con lentes anchos, se filman paisajes, y se conforman con el beneplácito y buscado halago de tener “lindas tomas del Perú”. Pero aun lo infantil de esta intención, donde los grises no podrían reclamar espacio, coincidir con ello no tiene por qué conllevar sus reducciones a una suerte de ordenamiento de clases, razas y actitudes culturales.

A mí no se me va a pasar por alto que sea solamente en la Costa, en Lima, donde se perciba una nulidad de carencias económicas en los protagonistas de su historia, o que además sean todos blancos. No se me va a pasar que sea en la historia de la sierra donde hay un ladrón. Y tampoco puedo aplaudir que sea en la selva donde una adolescente quiere tener sexo lo más pronto posible, o que sea allí donde sus mujeres carezcan de prendas largas: no puedo disculpar las infelices coincidencias que la película de Enrica Pérez tiene sobre los arquetipos reaccionarios de la sociedad de clases en el Perú. ¿En tiempo de Añaños en la sierra siguen en la edad de piedra? ¿En tiempos de reggaeton en la selva siguen bailando (porque claro, allá la gente siempre anda bailando) cumbia? El problema de abrazar los paternalismos limeños cobran la factura en la prolongación de los significados en los adjetivos serrano, selvático, o pituca limeña, por ejemplo; y luego el papel de Climas es el mismo que el de una producción televisiva de la capital sobre las regiones en el Perú. Un informe, no una obra, que filma bien sus exteriores–día en paisajes donde es bastante difícil que salga mal la imagen, pero que no sirve para poner en crisis nada y cuyo fin parece ser que uno salga de la sala pensando en el Perú según PromPerú.

Pero Pérez dirá que su película además ha decidido abordar la visión de la mujer. En la primera historia pone a una adolescente que quiere tener sexo hasta que lo hace, la segunda a una mujer que tiene miedo de volver a abortar, y la última a una madre que perdona al hijo ladrón. En Climas la visión de la mujer en todos los casos tiene más que ver con la potencialidad del sexo que con la condición del ser humano de género femenino. Y ahí vuelve a ocurrir lo que le pasa con su visión del Perú. La concreción del sexo puede resultar en la muerte del feto, o se puede tener al hijo y éste puede resultar ser un ladrón, gente abominable y sin espíritu según este corsé, pero habrá que seguir amándolo, o finalmente, el sexo puede ser vacío.

Esta visión Mujer casos de la vida real es grave cuando es condenatoriamente moralista, como lo es concretamente en la primera historia, cuando después de haberlo perseguido y conquistado, la adolescente finalmente convence a su tío de fornicar, pero en este plano secuencia, el más largo de la película, ocurre que se tiene sexo, fuera de campo para efectos de no quedar mal con nadie como parece gustarle a Pérez, y al tenerlo poco parece haber de goce, para finalmente, acabado el acto, dejar la sensación de haber hecho algo incorrecto mientras sostiene una mirada aturdida y descompuesta de su protagonista. Si no ha sido suficiente martirizar al personaje por su impulso sexual haciéndola pasar vergüenzas por su desnudez o exhibiendo las intrigas que le plantea su mejor amiga por haberse calentado por su tío (personaje ultra sexualizado), en un último momento se propone al sexo como un camino al vacío espiritual, borrando la palabra placer como le encantaría a la Santa Iglesia Católica. Y luego a todas las historias les invade cierta culpa por la consecuencia de una relación sexual. El psicoanálisis no es lo mío, pero solía creer que fijar culpa en las relaciones sexuales de las mujeres era una herramienta del machismo de nuestra sociedad, como también lo es aquel discurso donde la mujer es ante todo una potencial madre.

Luego, Climas es machista.