Berlinale 2018: Crítica de “Las herederas”, de Marcelo Martinessi (Paraguay)

El filme comienza en la íntima oscuridad de una casa antigua de estilo colonial en un barrio de Paraguay. Una mujer prepara una bandeja, el vaso de cristal con gaseosa y hielo, la tacita de café y la jarra de té se ven en detalle. Los pasos de la mujer que lleva la bandeja hacen crujir el piso de madera vieja. Entonces entramos a un dormitorio completamente negro.

La mujer que trae la bandeja la coloca ruidosamente sobre la mesa de noche para despertar a alguien que permanece sin rostro hasta el final de esta escena. La mujer de la bandeja abre ahora las ventanas y las puertillas de madera detrás de estas. A pesar de esta fuente de luz, la habitación conserva gran parte de su oscuridad. Chela (Ana Brun) es la mujer que dormía. Ahora vemos su rostro, suave y cubierto de cansancio, tristeza y una ligera amargura. Sus grandes ojos brillosos miran desafiantes a Chiqui (Margarita Irún, reconocida actriz paraguaya).

A diferencia de Chela, Chiqui muestra en sus gestos agilidad y frescura, sus ojos conservan durante casi toda la película un gesto tierno, dulce, tranquilo. Ella mantiene la calma, la casa y la vida de ambas en orden. A pesar de estar casi sin dinero y con una sentencia de cárcel preventiva encima por un supuesto fraude, Chiqui no pierde su buen humor. Más que nada está preocupada por encontrar soluciones rápidas. Es por eso que está vendiendo los muebles de la casa: comedores de lujo, pinturas caras, copas de cristal y cubiertos de plata. Es esto precisamente lo que ha envuelto a Chela en una nebulosa de tristeza, vergüenza, desgano y silencio. Chela está molesta con Chiqui por no guardar estricta discreción respecto a su situación. Chela parece querer quedarse en su habitación por el resto de su vida.

Dos elementos sobresalen en la estética de “Las herederas”, los claroscuros y el desenfoque. A ratos pareciera que estamos escondidos en la casa de estas dos mujeres, más espiando que viendo lo que sucede en sus vidas. Esto cambia cuando Chiqui está en la cárcel. Chela se encuentra sola y empieza a liberarse de su gesto letárgico más por casualidad que por decisión propia. Una vecina suya bastante mayor llamada “Pituca”, le pide que la lleve en su auto a casa de sus amigas. Chela acepta a regañadientes. “Pituca” insiste en pagarle el servicio y la recomienda entre sus amigas. Poco después existe un acuerdo mutuo y Chela hace un servicio de taxi exclusivo para las señoras pudientes de su vecindad y las amigas de estas.

En uno de esos viajes aparece Angy (Ana Ivanova), la sobrina de Pituca, y los cimientos de la vida de Chela, basados desde siempre en la actuación según el protocolo, empiezan a rajarse. A medida que Chela conoce más a Angy, una mujer imponente, sin pelos en la lengua, fresca y por naturaleza seductora, la película va ganando luz, ruido, colores, un proceso de transformación similar al que surge en Chela. En casa cada vez hay menos muebles, pero Chela no parece ni notarlo. Cuando Chiqui regresa de la cárcel, Chela tendrá que preguntarse realmente si esa es la vida que ella quiere vivir.

Pati, la mujer que contrató Chiqui para ocuparse de la casa y de Chela, permanece casi invisible, no dice más que lo absolutamente necesario. Pati tiene la piel oscura, sobrepeso y no sabe leer. Sin embargo es bastante claro que su papel, más que el de una empleada, es el de alguien que entiende de los dolores ocultos de Chela y aparece sin necesidad de ser llamada, siempre en una pose similar a la de María, de cabellos largos y rostro contemplativo y postura estática, que no necesita de palabras para curar. A pesar del rechazo constante que Chela le hace sentir, Pati trata de curarla, de comprenderla con su cariño, sin cuestionar sus acciones.

Con encuadres que capturan perfectamente escenas de la vida normal de dos mujeres al final de sus cincuentas, sin invadirlas y distanciándose radicalmente de la tradición de estilizar con el fin de agradar, el director Marcelo Martinessi logra el escenario perfecto para criticar a una sociedad que claramente se aferra a la división de clase, y a la censura de la mujer, también entre mujeres. Chiqui y Angy hace rato que salieron del modelo ideal. Ellas, a diferencia de Chela, no quieren vivir para agradar y encajar. Ana Brun (Chela), reveló en la conferencia de prensa ofrecida en la Berlinale, que el escenario de la película es bastante similar a lo que fue su vida. Tal vez por eso es que su actuación es realmente impresionante, por el esfuerzo que le habrá costado trabajar sus propios demonios. Un hecho que se vuelve mucho más interesante al saber que es la primera película en la que ha actuado.

“Las herederas” tiene en mi opinión una chance muy grande de llevarse algún Oso este año en la Berlinale. Es una película de corte muy fino que, como dijo Marcelo Martinessi en la conferencia de prensa, respeta la energía natural de cada escena.

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