[Crítica] “La casa rosada”, de Palito Ortega

En 1793, la Revolución Francesa se sentía amenazada por grupos contrarrevolucionarios. En dicho año Robespierre diría: “El terror no es más que la justicia rápida, severa e inflexible”. 1,300 ejecuciones en nombre del terror a cargo de las propias instituciones del Estado se realizaron en Francia durante su gobierno.

El Perú tuvo 20,000 [N.E.: Según el informe de la CVR, “el número total de muertos y desaparecidos causados por el conflicto armado interno peruano se puede estimar en 69,280 personas […] 30% provocadas por Agentes del Estado”].

Pero, ¿qué siente una persona que vive en el terror? ¿Qué es saber que un dedo acusador apuntado hacia ti es razón suficiente para que tu vida se convierta en una cifra más? En el número 1,342. O en el número 18,765. O en cualquier número menos el último.

El director ayacuchano Palito Ortega Matute nos responde estás preguntas a través del poder de la mirada, habiendo crecido en el corazón de un infierno. Nos lleva a un thriller que sustenta su poderío principalmente en el suspenso, pero que trasmite a través de sus principales figuras impotencia en el espectador.

Y es así precisamente como se encuentra construida la película: A través de figuras. Tenemos por un lado al profesor Adrián Mendoza acusado de terrorismo y que debe dividir sus esfuerzos entre reclamar su inocencia y ver la manera de escapar de los interrogatorios de las fuerzas militares, pero sobre el cual se cierne constantemente la sombra que te da el saber demasiado. Es Adrián tal vez inocente de lo que se le acusa, ¿pero dice la verdad?

En el extremo tenemos a la tía Rosa, inicialmente ajena al conflicto pero que se ve arrastrada hacie él al tener que cuidar a sus sobrinos. Es inocente y sin embargo tiene miedo. Es aquí donde la “justicia” del terror se vuelve autogenerativa. Aplicar el terror es efectivo para los intereses del grupo dominante pero entonces este mismo grupo desconfía de quienes tienen miedo de dicho terror.

“¿Por qué alguien inocente tendría miedo de que lo maten?”, pensaría la mente psicópata. “Si tanto miedo tiene de que lo ajusticien, algo habrá hecho para que merezca que le impartan justicia”.

Y en medio de los dos polos se encuentran los hijos de Adrián, quienes pasan de dicho miedo a la valentía que te infunde el sentir que perdiste todo. Es, a mi parecer, a través de esta figura que Palito Ortega busca representar a Ayacucho: Un campo de batalla que entre el miedo de no tener en quien confiar, extrae su valentía al haberlo perdido todo.

Tal vez sea este giro de tres aristas lo que genera que tengamos un antagonista único. Ese antagonista es el Ejército Peruano y dentro de este ser abstracto encontramos personajes que no tienen una independencia o desarrollo porque no tenemos un “villano”. El enemigo es la realidad imperante. A un villano podemos vencerlo, matarlo. ¿Pero cómo vences tu propia realidad? ¿Cómo se asesinan las circunstancias?

Por ello y aún con las falencias que también presenta “La casa rosada” (especialmente en su final), termina siendo una película estéticamente bella y de gran relevancia.

Relevante porque nos recuerda una sensación: La impotencia del espectador. El sentarse en una sala de cine y ver cada hecho encadenado sin posibilidad de hacer nada por Adrián, por sus hijos o por su tía. La impotencia de ver escenas desgarradoras durante las torturas de los interrogatorios. Sin embargo, gracias a la sensibilidad del director, la película no cae en ningún momento en la sobreexageración al representar tales hechos.

Es también la impotencia que te da ver el terror ejercido como “Justicia rápida, severa e inflexible”. La impotencia que nos merecemos sentir. La del vacío que debimos tener hace mucho tiempo. Hace muchas muertes. Porque es allí donde radica la importancia de esta película: en medio de una sociedad que le grita fácilmente “resentido” a quien critica el status quo insensible y desentendido, “La casa rosada” es el retablo ensangrentado de un país que no quisimos (y que aún no queremos) ver.

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1 comentario

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