“Le livre d’image”: Viaje al centro de la imagen

Adentrarse en la creación, y por ende en la mente, del octogenario Jean-Luc Godard es como sumergirse en un mar de abundante actividad biológica pero de acceso altamente complejo. Si lo hacemos impulsivamente, como si se tratase de cualquier experiencia cinematográfica, es muy probable que la corriente termine por expulsarnos sin haber durado 20 minutos bajo el agua. Por otro lado, si una vez dentro pretendemos asimilar todos sus estímulos visuales, auditivos y textuales para procesarlos en un lenguaje convencional, también es posible que nos ahoguemos en el intento de comprenderlo. Aún en sus inicios menos abstractos donde chicas guapas y tramas excitantes invitaban a cualquier incauto a zambullirse, Godard nunca ha bajado la intensidad de ese mar cargado de subjetividad, de ideología radical y de autoconciencia para que sean más los supervivientes y seguidores.

Es pues comprensible que el pasado 23 de febrero durante el estreno en Cineteca de Madrid de “Le livre d’image” todavía se produjeran salidas de espectadores en medio de la proyección, y que no hayan sido pocos los que terminasen renegando y bostezando, incluyendo algún persistente que no reparó en expresar arrepentimiento al acabar los créditos. (“¿No te parece que debió acabar antes?”). Lo cierto es que ninguno pudo decir que no fue prevenido ya que el propio coproductor Fabrice Aragno lo anunció antes de empezar: “Para una película de Godard no se necesita entender o intentar entender todo”.

Con esta sencilla frase el que hoy es uno de sus colaboradores más cercano descartó que la frustración que pueden generar sus obras se deba a una actitud pedante de Godard o a la ignorancia de sus espectadores. También anotó, en francés, que “aquí vosotros (los espectadores) hacéis el montaje entre las imágenes y los sonidos”. Curiosamente primero entendí “entre las imágenes y los sentidos”, y no me pareció descabellado al recordar que intenté hacer aquello cuando vi “Adieu au langage”, en 3D el 2014. Pero en este caso sí que quería decir “sonidos” ya que es justamente el audio el que cobra mayor protagonismo a través del último experimento de Godard: que los sonidos puedan salir desde cualquiera de los 8 canales de una sala de cine convencional.

Tal y como explicó Aragno, la película no fue concebida para una sala sino “para un pequeño monitor en el que Godard edita analógicamente sus películas y que utiliza dos canales de audio”. De ahí que el estreno en Cannes en 2018 haya supuesto un reto para el equipo técnico del festival y para el propio Aragno quien debió supervisar dicha adaptación en ausencia del propio Godard que ya no viaja por su avanzada edad. Un reto que como sabemos fue recompensado con la primera Palma de Oro Especial del festival y que los asistentes (supervivientes) de aquella función en Cineteca tuvimos la suerte de poner a prueba.

Teniendo en cuenta la advertencia inicial de Aragno de no intentar entender, y por ende explicar, una película de Godard, y admitiendo que hilvanar todas sus referencias culturales, históricas y filosóficas requiere de un trabajo más riguroso que el de una reseña cualquiera, no pienso reflexionar sobre “Livre d’image” en base al texto en sí. Quienes ya han vivido las películas-ensayo de Godard, desde “Histoire(s) du cinéma” hasta “Adieu au langage”, comprenderán que son textos que paradójicamente se resisten a una transcripción que englobe todos sus elementos.

Curiosamente ni el propio Godard se molesta en hacerlo en el libro de edición limitada que ha publicado recientemente y que he tenido el privilegio de adquirir. Aunque este libro presenta un registro completo del texto desarticulado que Godard narra a lo largo de la película (en inglés y en francés), además de algunos de los fotogramas que lo acompañan, el resto de elementos de la película se pierden. Esto confirma hasta cierto punto que el realizador franco-suizo no busca la comprensión absoluta de su obra, o al menos que esto no representa su mayor aspiración. Por ello me voy a limitar de decir que “Livre d’image” es una película-ensayo dividida en 5 capítulos (“como los dedos de las manos”), cuatro de los cuales retoman argumentos del repertorio ideológico godardiano para analizar la cultura occidental, y que en realidad sirven de largo preámbulo para exponer la preocupación central de su realizador: el desconocimiento del mundo árabe.

A partir de ahora voy a reflexionar únicamente en base a mi experiencia como espectador, una experiencia única e incompleta que se forjó a partir de circunstancias específicas que provinieron tanto de la sala de cine como de la copia de la película que se proyectó, así como de mis propias condiciones como espectador. Por incompleta no quiero decir que haya sido mala o insuficiente, sobre todo teniendo en cuenta que en una primera visualización cualquier experiencia puede serlo. En el caso de Godard es casi un mandato que así sea.

Al igual que su “Adieu au langage” obligaba el uso de gafas 3D para vivir la obra en su totalidad, “Livre d’image” nos obliga a someternos a un manejo arbitrario del volumen y de las salidas de sonido. Nos hace ser conscientes de que el cine no es menos audio que visión, y de que nuestra elección de una butaca en particular es un factor determinante en la experiencia, que no pudo ser la misma para quien se sentó al centro de la cuarta fila y para quien se sentó al extremo izquierdo del final de la sala. De esta forma Godard busca subrayar los matices que puede adquirir el sonido en una película, un experimento que parece más probable para una instalación de videoarte de un museo y que no parece tener precedentes en una sala de cine.

Aparte de afectar cuán alto o bajo puede escucharse un estruendo, un diálogo o la voz en off de Godard, el control del sonido también influye en los idiomas que utiliza la película y los que dominamos los espectadores. Si bien la mayor parte está en francés por la narración de Godard y sus características palabras y frases sueltas, también encontramos extractos de películas de Hollywood, de noticieros de otros países europeos y de videos del Dáesh, y para ninguno de estos se incluye subtítulos en francés en la versión original. Fabrice Aragno explicó previamente que los subtitulos en castellano de la copia de Cineteca seguían los subtítulos que Godard personalmente escogió para la copia en inglés y que se limitaban a fragmentos de su narración.

De manera que “Livre” también nos hace ser conscientes de lo que podemos entender por nuestros propio conocimiento de idiomas, algo que cobra especial importancia para los espectadores occidentales a la hora de presenciar el capítulo dedicado al Medio Oriente. En mi caso el árabe pasó desapercibido y, al tener un nivel intermedio de francés, me apoyé parcialmente en los subtítulos, haciendo el esfuerzo por entender cuando no aparecían. Pero dominar el francés tampoco garantiza una mejor compresión ya que abundan los momentos en los que la voz de Godard, un diálogo y una frase en francés pueden cruzarse y el espectador francófono debe elegir lo que quiere o puede captar. Si a esto le añadimos el hecho de que los subtítulos pueden variar de acuerdo a la copia de cada país, como Aragno comentó el caso de Corea del Sur donde absolutamente todo aparece subtitulado en las dos franjas laterales de la pantalla, la experiencia de “Livre” va a variar dependiendo de donde se vea en el mundo.

En cuanto a su componente visual, “Livre d’image” hace honor a su título al llenar la pantalla de un sinfín de imágenes y palabras que obedecen a la aparente arbitrariedad y desenfreno característicos de Godard. Aunque no cuenta con el 3D que “Adieu au langage” supo aprovechar para enriquecer su lenguaje más allá del acercamiento de objetos (y dejar en ridículo a Hollywood), “Livre” cuenta con sus propios recursos analógicos y digitales que resultan no menos audaces.

Lo que salta primero a la vista son las distintas distorsiones sobre el aspecto de las imágenes, desde la inversión y saturación de los colores hasta súbitos cambios de formato que hacen que una imagen pase de ser panorámica (2.35:1) a tener un aspecto de video (4:3) y viceversa. Estos últimos fácilmente podrían confundirse ser como errores en la propia proyección de la copia, lo que no sería una incoherencia o sorpresa viniendo de una obra de Godard. También se dan otros tipos de alteración de reproducción como repeticiones, reducciones de velocidad y congelamientos. Al aplicar estos “efectos especiales” Godard hace suyas las imágenes extraídas, despojándolas de sus contextos originales y reduciéndolas a unidades de lenguaje con las que edita/escribe su película/libro.

Como en el resto de su filmografía el texto escrito también complementa su lenguaje audiovisual, y los cuadros en negro no se limitan a servir de signos de puntuación y se convierten en una unidad visual más. A diferencia de sus películas-ensayo previas aquí no hay fragmentos narrativos originales que sirvan como metáfora y pausa para los argumentos de Godard. Como el título en francés refleja, el resultado no es un mero collage de imágenes sino la construcción de una sola imagen del mundo a partir de imágenes, una imagen que es analógica y digital a la vez, ficción y realidad a la vez (adecuada para tiempos de posverdad), estática y móvil, en blanco y negro y en color, única e incompleta.

El espectáculo abstracto e inquietante que emana de este despliegue de imágenes por momentos me hizo recordar lo que de niño me generaban las campañas de concientización sobre drogas: una sensación de angustia ante el anuncio de un inminente desequilibrio. Independientemente de que varias de las secuencias transmitan conceptos de violencia y destrucción, la marea visual de Godard adquiere un comportamiento apabullante que cuesta navegar, en parte porque no hay momentos de reposo o duran muy poco. Lógicamente esto puede herir susceptibilidades tal y como ocurrió el 23 de febrero en Cineteca entre no pocos espectadores. Es cierto que hay momentos de ironía y reflexión, sobretodo a partir del quinto capítulo cuando la narración de Godard resulta más coherente. Justamente en el segmento dedicado a Medio Oriente (“La arabie heureuse”, “La Arabia feliz”) se genera un oasis de relativa calma llenas de imágenes inéditas (de películas y documentales) para un espectador occidental como el que escribe.

Aquí la convulsión predominante de la primera mitad encuentra una vertiente que sugiere la posibilidad de un equilibrio. Es así como la experiencia termina por ser fascinante aunque excesiva. Si volvemos a la idea de que “Livre” fue concebido para un pequeño monitor y no para una sala de cine su experimentación visual radical se hace más comprensible dentro de las expectativas convencionales. A diferencia de otras experiencias puramente visuales como “El hombre de la cámara” de Vertov o la “Trilogía qatsi”, “Livre” apenas permite que sus imágenes hablen por sí mismas y que elaboren el discurso de la película. Esto último es tarea exclusiva de la narración de Godard que hacia el final deja entrever el porqué de su creación.

Independientemente de mis limitadas apreciaciones, insisto en la idea del coproductor Fabrice Aragno de que el cuadragésimo cuarto largometraje de Godard no necesita explicación. Aunque sea un texto difícil de acceder y de comprender, “Livre d’image” ofrece una oportunidad de poner a prueba los límites de las capacidades audiovisuales del séptimo arte. Resulta irónico que el establishment cinematográfico francés que sigue mostrándose reacio a concebir el cine en otros formatos de reproducción sea el mismo que haya otorgado una Palma de Oro Especial a quien se molestó en adaptar un trabajo más propio del videoarte a una sala de cine. Este logro y el hecho de que el título hable de imagen y no de cine reflejan que Godard sigue estando un paso (o dos o tres) más adelante que sus contemporáneos. Pero si el visionado de “Livre” es obligatorio no se debe solo a que proviene de la mente enigmática y traviesa del enfant terrible de la nouvelle vague. Es un texto híbrido, película y libro a la vez, que refleja el testimonio de quien ha vivido gran parte de las desavenencias del mundo occidental en el siglo XX, y de quien parece tener la clave de cómo evitar que se sigan perpetuando en el siglo XXI. Que lo haga a través de un lenguaje pictórico exuberante y con una propuesta auditiva lúdica es pronosticable. No se espera menos de quien cumple 65 años expresando una verdad 24 veces por segundo. Solo queda recordar: precaución antes de dejarse llevar por sus corrientes.

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