[Crítica] Festival Transcinema: «Jauría», de Miguel Vargas

Baudelaire (nada menos) decía que la vida en la metrópoli es una constante reinvención de uno mismo, esa sensación de vértigo por estar inmerso en una vorágine de gente y de momentos tan fugaces como transformadores, con lo inesperado siempre al asecho en calles que ilusoriamente creemos conocer. El realizador Miguel Vargas se presenta en esta edición del Festival Transcinema con un collage de pasajes de la Lima contemporánea, hablando de ella a partir de sus personajes menos evidentes, que solo se encuentran en los vértices de universos tan distintos como la música, el alcohol o la criminalidad.

La ciudad de los reyes pasa por el filtro de la cámara, un blanco y negro por momentos espectral que nos sumerge en las vidas de estos personajes. Algunos con dilemas en el amor, otros en el trabajo, otros todo junto. Funcionan mejor en bares, callejuelas y tiendas de vinilos. Entre el bricolaje que vemos en pantalla una de las cosas más evidentes es la relación simbiótica que mantienen los personajes con el espacio en que se encuentran. Cada uno se proyecta en el entorno, colonizando el encuadre con la mera presencia de su cuerpo.

Aunque las acciones son escasas, las charlas abundan en matices, pasando de una desventura sexual a una confesión catártica con suma naturalidad, siempre alrededor de un cenicero y un par de latas de cerveza a medio terminarse. En realidad, cada elemento de la puesta en escena importa al momento de construir este mundo bicromático que Vargas propone, espacios que por momentos (es verdad) se ven ensombrecidos por su propia mirada, esforzándose por que estén tan desconectados como les sea posible.

La cámara tampoco se entromete en las pláticas. Con frecuencia adquiere el rol de un ojo espectral, el cual se limita a seguirlos por galerías comerciales o los pasillos de una casa ajena (ninguno de esos entornos libre de peligro), mientras el color se impone ante el blanco y negro y las motivaciones de los protagonistas se hacen evidentes. Dejándonos, así, con la impresión de que este retrato de las jaurías urbanas (he ahí el título) está lejos de terminar, que aún queda mucho por ser narrado.

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Jauría es una propuesta que depende de su espectador para develar su discurso y su historia, bastante lejos de las convenciones de un montaje que, vulgarmente, podríamos llamar “tradicional”. Apuesta por una atención que se deje llevar por la fotografía, por la discontinuidad de sus planos, por su banda sonora y los espacios que uno encuentra familiares en pantalla. Pese al riesgo que ello supone, encuentra un público que entra a su juego y sale de él muy bien recompensado.

Funciones:
Domingo 8 – 5:00 p.m. – Sala Robles Godoy
Jueves 12 – 5:00 p.m. – Sala Robles Godoy

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