[Crítica] «Historia de un matrimonio»: El diablo está en los detalles

“Historia de un matrimonio”, en realidad, es la historia de un divorcio. Y su gran atractivo –aparte de las notables interpretaciones de la pareja protagonista– reside en el tipo de relación de pareja, contrapuesto al conflicto que los distancia, a lo que debe añadirse el peso insospechado de las rutinas y los pequeños detalles de la vida en común.

La película se inicia con la lectura de un par de listados que separadamente han escrito Charlie Barber (Adam Driver), un joven y prometedor director de teatro y su esposa Nicole (Scarlett Johansson), una igualmente joven y talentosa actriz; ambos enunciando lo que les gusta de cada cual. Allí están anotados hábitos, detalles y características que los describen como personajes y que veremos desarrollarse durante la película. Sin embargo, casi inmediatamente, esta imagen idílica se va al tacho cuando se muestra –gracias a una decidida Nicole– que estamos presenciando los prolegómenos de una separación.

Este “gancho” inicial es más que un mero efecto-sorpresa, ya que define a los personajes como seres contradictorios en sí mismos; es decir, atrapados por sentimientos encontrados (especialmente, Nicole). De un lado, la decisión de divorciarse y, de otro, un conjunto de rutinas, gustos y afectos en común que se han construido a lo largo de toda la relación; además de un hijo pequeño: Henry (Azhy Robertson).

Pero esta disonancia entre la voluntad de separación y la inercia emocional de lo que comparten (por si fuera poco, trabajan juntos en una compañía teatral) debe resolverse; para lo cual presenciaremos un enfrentamiento entre lo que dicen y lo que hacen, especialmente (aunque no exclusivamente), Charlie. Esta contradicción es justamente lo que provoca y empuja el cambio de una situación (matrimonio) a otra (divorcio) a través de un proceso en el cual habrá un ajuste de lo que los personajes dicen (o creen) a lo que ellos hacen (realmente).

Y así como el proceso de enamoramiento y matrimonio es un aprendizaje de construcción de una relación de pareja, el divorcio es otro aprendizaje, pero con el objetivo opuesto. El resultado de este proceso conducirá a una transformación de los personajes a partir de este “ajuste”; en el cual el amor “paga el pato”, por lo que ambos perderán, emocionalmente, en mayor o menor proporción.

Quienes se fijan mucho en el argumento, encontrarán que la historia (y razones) de este divorcio son relativamente convencionales. En cambio, lo que atrae más el interés son los esfuerzos de la pareja por llevar la fiesta en paz, sobre todo, por el hijo en común; pese a que los abogados atizan el conflicto, en distintos grados y circunstancias.

La acción avanza mediante situaciones que solo pueden mantenerse en un cuidadoso –aunque precario– control gracias a la consciencia compartida por ambos sobre la igualdad de derechos y el respeto por las diferencias de género en las relaciones de pareja; no solo en términos conceptuales (implícitos), sino también –y principalmente– en la arena del comportamiento cotidiano. Nuevamente, esto expresará la contradicción entre lo que creen saber y lo que realmente sienten.

Para empezar, ambos son profesionales autónomos, competitivos y, especialmente, Nicole ha desarrollado una capacidad de agencia; es decir, de entender y asumir el desarrollo de sus propias capacidades. Y hacerlo por sí misma, trazándose sus propias estrategias de vida y sin depender en este aspecto de su esposo. Al mismo tiempo, Charlie comprende y acepta que las mujeres deben tener ese derecho y esa autonomía, por lo que finalmente respeta la decisión de su esposa; aunque a regañadientes y no del todo convencido.

Sin embargo, la situación varía cuando el conflicto deriva hacia el tema del hijo (tenencia, régimen de visitas, etc). Aquí lo importante es la lucha de Charlie por mantener un mayor vínculo filial, lo que se evidencia en el profundo afecto hacia Henry. Ya en el inicio del filme, la propia Nicole reconoce que su esposo “adora ser padre” y luego observamos diversas escenas donde se aprecia la buena interacción (de la pareja) con su hijo. Pero lo interesante es que, a partir de este asunto, vemos sufrir y hasta llorar a Charlie. Lo hace en una conversación con su primer abogado –Bert Spitz (Alan Alda)– y, luego, desconsoladamente, en la tremenda (y tan alabada) escena de discusión de pareja, donde –además– se evidencia el conjunto de sus diferencias e incompatibilidades.

Hasta aquí, observamos a un par de adultos con proyectos profesionales, que comparten las labores domésticas (Charlie cocina, es el ordenado de la casa, aunque sin llegar al control obsesivo; Nicole administra el resto) y disfrutan jugando con su hijo pequeño. A pesar de la acritud, agresividad y los decibeles de algunas discusiones, nunca se llega a la violencia física. Y, lo más importante, Charlie no teme ocultar sus emociones, tanto en relación con su hijo como, en general, con el divorcio; lucha con todo y hasta se quiebra emocionalmente (en más de una ocasión). No estamos, pues, ante un macho posesivo, controlador y violento, sino ante uno dispuesto a ceder y que puede ser sensible y, posiblemente, empático.

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Estaríamos, pues, ante una relación de pareja con cierto grado de equidad de género, salvo por lo relativo al tema de fondo que justifica el divorcio. Hay mucho capital humano (emocional) compartido pero, al mismo tiempo, existe la necesidad de un proyecto de vida profesional de Nicole. Ella reclama la misma independencia que tiene él; es decir, más igualdad. Y esta contradicción –dentro de un horizonte “ideológico” relativamente común– es justamente lo que crea la gran intensidad dramática en el filme, así como su variada complejidad emocional.

De lo dicho se desprende que no estamos ante una cinta maniquea ni mucho menos esquemática. Se constata un contexto en el que el patriarcado ha iniciado un retroceso, pese a lo cual todavía subsisten rasgos importantes de este sistema en la relación. Lo que se demuestra, primero, en el hecho de que el propio Charlie no está muy convencido de las razones de Nicole para el divorcio, pero –sobre todo– cuando comprueba que su relación con Henry (el tiempo que le ha dedicado) no es todo lo sólida que él quisiera; en comparación con las imágenes en familia iniciales. Las escenas donde pasea con él en Halloween o cuando lo acompaña a sus citas con abogados o, finalmente, cuando recibe la visita de la inspectora de familia, le hacen (ver y) comprender la realidad. Como dije, estamos ante un aprendizaje, un gradual y doloroso ajuste entre lo que el personaje cree y lo que hace (y puede lograr).

De igual forma, Nicole también luce un poco inconsistente en relación con esos hábitos y rutinas que mencionamos más arriba. Es fascinante apreciar las varias oportunidades en que, por iniciativa o con participación de ella, la pareja se comporta como si siguieran unidos, mientras que en realidad se están ejecutando acciones o conversando sobre la separación; por ejemplo, cuando ella lo felicita por un premio que ha recibido, o cuando Charlie recibe la citación para el divorcio, o cuando ella le escoge el menú a Charlie en un restaurante (ante su indecisión y, seguramente, como siempre lo hacía). Estas rutinas en común (Charlie también realiza algunas) –casi siempre involuntarias– demuestran la persistente interdependencia y, especialmente, la dependencia emocional (¿inconsciente?) de Nicole hacia su pareja; la cual se apoya en su nunca negada admiración profesional y artística hacia Barber.

Por tanto, ella también padece por seguir adelante con el divorcio, enfrentando lo que se oculta tras ese cúmulo de detalles que –rutinariamente– se reproducen hasta la última imagen de la película. El director Noah Baumbach capta aquí momentos de suprema ambigüedad en los sentimientos encontrados de Nicole, algo de lo que ella no es (del todo) consciente o quizás sí y mantiene esos resabios de una relación que se va perdiendo en el pasado. Sin embargo, esos afectos, antes compartidos y que subsisten luego de la separación, se vuelven en su contrario –acrecentando el sufrimiento, mutuo y personal– en el proceso de divorcio.

No obstante, la lucha –no tan lograda– por concluir el divorcio de la manera más amigable posible, de alguna manera se cumple. Más que una resolución judicial, lo que se impone es el (auto) convencimiento de qué es lo mejor para mantener buenas relaciones, pensando en el bienestar de Henry. Inclusive, el “ganador” –pese a la evidencia de haber conseguido una solución equitativa (y de que pudo haber ganado “más”)– se muestra inseguro, quizás temiendo haber obtenido un triunfo excesivo; en atención a esos afectos y rutinas todavía vigentes. Aquí se ilustra el dicho según el cual “el diablo está en los detalles”.

Más aún, en el propio desenlace encontramos que uno de los divorciados ya tiene pareja y que disfruta jugando con el pequeño Henry. A pesar del divorcio y la formación de una nueva familia, la relación entre Nicole y Charlie sigue bajo las “formas” de familia; con un pie en la nueva situación y otro en la versión anterior al divorcio. Seguimos, así, en el horizonte de la equidad de género, de compartir las labores domésticas (en este caso, compartir la crianza del hijo), pero –sobre todo– de colocar estos valores por encima de las diferencias emocionales (que incluyeron la infidelidad) y legales (divorcio) del pasado. La gran lección de este aprendizaje sería valorar la persuasión y la comprensión, antes que la imposición (aunque se haya llegado a esta judicialmente).

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Sin embargo, estas “lecciones aprendidas”, atribuibles –en parte– a un enfoque y metodología feministas, no impiden la persistencia del patriarcado. Así lo enuncia el memorable “aclare” que le hace la abogada Nora Fenshaw (Laura Dern) a su clienta Nicole, el cual merece citarse:

“El concepto de buen padre solo se inventó hace unos 30 años. Antes era normal que los padres fuesen callados, ausentes, poco fiables y egoístas. Claro que queremos que no sean así, pero en el fondo los aceptamos. Nos gustan por sus imperfecciones, pero la gente no tolera eso mismo en las madres. Es inaceptable a nivel estructural y espiritual. Porque la base de nuestra patraña judeocristiana es María, la madre de Jesús, que es perfecta. Es una virgen que da a luz, apoya incondicionalmente a su hijo y sostiene su cadáver al morir. El padre no aparece. Ni para echar un polvo. Dios está en el cielo. Dios es el padre y Dios no se presentó. Tú tienes que ser perfecta, pero Charlie puede ser un puto desastre. A ti siempre te pondrán el listón más alto. Es una jodienda pero es lo que hay”.

Aquí Nora describe muy bien el perfil paterno del macho tradicional (“callados, ausentes, poco fiables y egoístas”) atribuible a Charlie, al mismo tiempo que identifica el origen de los rescoldos de afecto de Nicole hacia su ex marido: “Claro que queremos que no sean así, pero en el fondo los aceptamos. Nos gustan por sus imperfecciones…”. Y luego remata: “pero la gente no tolera eso mismo en las madres… Tú tienes que ser perfecta, pero Charlie puede ser un puto desastre. A ti siempre te pondrán el listón más alto”. Esto funciona muy bien como argumento para reforzar la decisión de Nicole ante la Corte, así como para respaldar su agencia y autonomía. Además, suena muy feminista, pese al cinismo o pragmatismo abogadil del personaje (“Es una jodienda pero es lo que hay”).

Siendo válido y contundente este razonamiento, aquí Baumbach va más allá de cualquier esquematismo ya que justamente las características que la sociedad patriarcal acepta en el varón (egoísmo y distanciamiento) son las que debilitan –en este caso– su defensa legal. Vemos así que –amparado en ese mayor poder que la sociedad le asigna (“Charlie puede ser un puto desastre” mientras que Nicole tiene que “ser perfecta”)–, Barber descuida la contratación de un abogado luego de ser notificado y, más adelante, no acepta los mejores consejos. A diferencia de Nicole, que demuestra tener más iniciativa y ser más eficiente, en parte gracias a la experta Nora (cuya estrategia se guía por la constatación de que a su clienta siempre le “pondrán el listón más alto”). Además, esto demostraría que la mujer, a fin de cuentas, carga con el mayor esfuerzo.

Es muy interesante advertir que, en esta película, el patriarcado como sistema social que establece la superioridad del hombre sobre la mujer, puede tener un efecto contrario –en situaciones específicas– en el varón; sobre todo cuando se enfrenta a una mujer empoderada. Aquí, el egoísmo artístico de Charlie y su confianza en que Nicole sigue teniendo una actitud dependiente hacia él, lo traicionan. Curiosamente, esto hace que un porcentaje importante del público (aparentemente femenino) sienta simpatía por el personaje de Barber. ¿La razón?: “queremos que no sean así, pero en el fondo los aceptamos. Nos gustan por sus imperfecciones”. Y, pasando al tema de las actuaciones, esta simpatía parece extenderse al mismo Adam Driver.

En efecto, las extraordinarias interpretaciones de la pareja protagonista constituyen el otro gran atractivo de “Historia de un matrimonio”. La película está compuesta por secuencias algo extensas, dentro de las cuales destacan las de Nicole y Charlie; en algunos casos, con episodios casi testimoniales y momentos en primer plano. Lo cual ofrece amplio espacio para el lucimiento de ambos actores. Hemos mencionado ya algunas de estas secuencias memorables. A estas cabría añadir la del “entrenamiento” de Nicole por su abogada. Una entrevista en primer plano en el que se despliega el gran talento de Scarlett Johansson para dar todos los variados matices que le exigía la situación, con una naturalidad y espontaneidad que se potencian con su pelo cortado y su aspecto –fresco y juvenil– de muchachito.

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Tras ver esta escena uno no puede dejar de pensar “Dios mío, qué bella es esta mujer” y esa belleza se destaca aún más en lo que podría ser una especie de casting en el que ella debe lucir “perfecta”, como le advierte su abogada; perfección que, como actriz, logra a través de su adecuación a las exigencias de esta puesta en escena. En este sentido, hay que relievar la voluntad de Johansson por no dejarse encasillar en papeles sensuales y glamorosos al uso hollywoodense, sino –como en este caso– probarse en roles más exigentes en términos dramáticos; así como en filmes con sentido y no obras de mero entretenimiento.

Sin embargo, y siendo una interpretación excelsa la de Johansson, es Adam Driver el que ha llamado la atención por su notable caracterización de un papel complicado porque rompe algunos estereotipos (el macho egoísta que no teme mostrar su fragilidad emocional), combinando diversas facetas: la del artista creativo, el hombre ordenado, el padre sensible, el esposo comprensivo. De esta forma, construye un personaje que, en su hora de triunfo y reconocimiento profesional, al mismo tiempo descubre sus lados débiles y sus carencias afectivas en el ámbito familiar. La forma cómo mantiene la ecuanimidad ante estas diversas circunstancias y la manera en que la pierde por breves momentos, es fascinante y muy lograda. Los cierres de las secuencias de la bronca con Nicole (devastadora) y de la visita de la inspectora de familia (cual ídolo caído) son inolvidables. En conjunto, una actuación convincente y solo equiparable –sino superior– a la de Johansson.

El mayor mérito de ambos actores es hacer atractiva y creíble una historia un tanto convencional, revelando gradualmente los distintos niveles de sentido que contiene la película. En este logro cuentan con el apoyo de buenos actores en papeles secundarios, destacando el de los abogados y, entre ellos, el de Laura Dern. En una escala de “malos de la película”, ella ocupa un lugar intermedio entre el apacible Alan Alda y el agresivo Ray Liotta. En su interacción con Nicole es amistosa, empática y persuasiva; siendo manipuladora –como sus otros colegas– prefiere ser asertiva, siempre polite y hasta encuentra momentos para ser comprensiva con el propio Barber. El personaje de Liotta, en cambio, es el malo principal y sirve –por contraposición– para destacar el lado sensible de Charlie; mientras que el de Alda –de muy limitada participación– le ofrece otra alternativa para resolver sus conflictos (propios y con Nicole).

Aparte de lo ya mencionado, la dirección de Baumbach ofrece apoyos interesantes al drama de la pareja mediante el trabajo de cámara. Por ejemplo, el breve episodio en que los tres –padre, madre e hijo– cierran una puerta externa atascada (lo que anticipa la separación), o cuando Charlie debe llevarse a Henry y él se agarra de ambos (sugiriendo su oposición al divorcio), o la disposición bipartita del ambiente principal en el departamento donde se realiza la visita de la inspectora de familia (ilustrando los desencuentros en esa conversación final y, nuevamente, la separación), entre otros. Son algunos de los momentos en que la historia se cuenta con la cámara antes que con diálogos. A ello sumaría una música, encantadora y agridulce, camerística (para apoyar un entorno de intimidad) compuesta por Randy Newman.

En suma, una película notable, llena de detalles que sostienen un relato de aprendizajes, con actuaciones sobresalientes, cuya complejidad emocional quiebra un poco algunos estereotipos y que elevan esta película por encima de lo convencional.

Marriage Story
EEUU, UK, 2019, 136 min.
Dirección: Noah Baumbach
Interpretación: Scarlett Johansson (Nicole), Adam Driver (Charlie), Laura Dern (Norah Fanshaw), Alan Alda (Bert Spitz), Ray Liotta (Jay). Guion: Noah baumbach. Música: Randy Newman.

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