[Crítica] Festival de Lima: «Mujer de soldado», la añoranza de una inocencia perdida

En la década de los años 80, el Perú fue sacudido por una ola de violentos atentados a manos de las fuerzas subversivas que ejercían su poder en las zonas rurales, sometiendo a la población atrozmente. En la provincia de Huancavelica, un distrito llamado Manta fue una de las víctimas de aquellos hechos. «Mujer de soldado» recoge el relato de cuatro mujeres que vivieron en este lugar, y su inexorable vínculo con el régimen de terror.

La entidad militar se presentaba como medio de defensa para la población. Un arma de doble filo, represión estatal y terrorista, en donde quebrar la democracia tenía como finalidad no quebrantar el cuerpo social. Los reflejos inmediatos en la realidad fueron el olvido selectivo y la manipulación de la verdad.  Patricia Wiesse Risso, directora de film, nos presenta un documental con estos elementos alrededor de un eje temático que, en líneas generales, podría tratarse de una denuncia social y búsqueda de justicia, sin embargo, aborda los testimonios de manera fraternal e íntima evocando a la reconciliación de los sentimientos humanos.

Conoceremos a Magda y sus amigas de infancia quienes vuelven a Manta luego de haber sido forzadas a dejar sus tierras cuando eran adolescentes, y a empezar de nuevo lejos de las personas que querían. ¿La razón? Huir de la violencia sexual, física y psicológica que sufrían por parte de las fuerzas militares, el rechazo social y el repudio de sus propias familias. Ahora el silencio no es una opción para estas mujeres, quienes inician un proceso judicial contra sus victimarios. Cuatro voces que reúnen la añoranza de una inocencia ya perdida, que reconfortan su feminidad en cuerpo y alma, que rememoran el ensañamiento contra los suyos y que aprenden a compartir el perdón.

Por medio de la silente presencia de las calles del poblado, se construye un personaje constante, un testigo omnipresente que revela voces y versiones de lo sucedido. ¿Fueron estas mujeres víctimas o no? El acusador no tiene rostro, es solo una exhalación sigilosa. 

Todo tiempo pasado no fue mejor. Y es que a través del dolor que les causan los recuerdos, la solidaridad parece retribuirles la dignidad, y que, a pesar del destierro, se reconecten con sus hábitos y espacio natural. La cámara contempla con prudencia, permite que el diálogo sea franco y cálido para dejar paso abierto a la nostalgia y la ternura. Magda conduce las conversaciones y las invita a interactuar con la remembranza y la firmeza de seguir el curso de sus verdades. El curso de sus nuevas vidas en búsqueda de reivindicación.

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