[Crítica] Festival de Lima: «La restauración», sobrevivir es un acto moral

Lograr que se le tenga cariño a un bueno para nada: ese es uno de los méritos de “La restauración”, la ópera prima del director peruano Alonso Llosa. La cercanía con este inútil querible, cincuentón y cocainómano también se debe a otros sentimientos o motivos, tales como la compasión, el masoquismo por la debacle o un grado de identificación peligrosa que dependerá de las experiencias de vida de cada espectador, o de sus fracasos, éxitos y habilidades para sobrevivir a través de la criollada. Es una proximidad construida mediante un manejo hábil del lenguaje cinematográfico y la narración.

Tato Basile es el nombre de ese vago, adicto y protagonista de “La restauración”, que compite en la categoría de Ficción del 24 Festival de Cine de Lima PUCP. Lo interpreta Paul Vega, quien quizás ofrece su mejor actuación en el cine, y lo hace con unos matices convincentes que van desde un registro abiertamente carnavalesco a la sobriedad, o hasta donde esa contención es posible en un personaje que no tiene control de casi nada y que dice estar incapacitado psicológicamente para trabajar.

“La restauración” es una tragicomedia centrada en una mentira. Lo que sigue no son spoilers, sino un resumen de la sinopsis difundida por los responsables de la película: al fracasado de Tato no le queda otra que volver a vivir en la decadente mansión de su madre (Attilia Boschetti), quien suele humillar a su hijo. Este padecimiento sucede durante el boom inmobiliario que está haciendo rica a mucha gente en el Perú. La madre rechaza vender la decrépita mansión, ya que es su último orgullo aristocrático. Desesperado, Tato la vende sin el consentimiento de su madre y, para hacerle creer que ella aún vive dentro de su viejo cuarto, la coloca en un espacio similar y lo cubre de cortinas de plástico para crear la ilusión de que la casa está siendo restaurada.

El disparate de Tato se codea con otras posturas igual de delirantes, pero que pueden encajar tranquilamente en más de una persona de la desconcertante realidad. Un viejo compañero de colegio (Pietro Sibile), convertido en nuevo rico gracias al negocio inmobiliario, sentencia: “No solo es trabajo duro o buena suerte, es un regalo de Dios”. Y el protagonista afirma que no interesa si los nuevos edificios residenciales son bonitos o feos, pues lo que importa es que otra vez se está construyendo. El humor de “La restauración” engancha fácilmente, con el añadido de ofrecer pinceladas que retratan un período del país y su desbordada fauna urbana. El sarcasmo, el desencanto y el cuestionamiento acompañan la mirada social (hay un momento en que Tato mira hacia la cámara, como si interpelara al espectador). Es un humor poco frecuente en el cine peruano.

Como muchos cuentos morales, “La restauración” traza una parábola de la caída y la redención, y tiene vocación aleccionadora. Pero la película esquiva el didactismo gracias a su criterio cinematográfico. “La restauración” le saca provecho a las posibilidades de las locaciones o de la edición en el proceso inquietante de montar una farsa. La narración logra que lo presuntamente imposible se lleve a cabo, que lo que parece estar condenado al fracaso sea una fuente de humor. En esa operación, asoman más de una sugerencia y lecturas: personas que de repente amasan fortunas contrastan con los miembros de una alcurnia en la quiebra (una clase social emerge y otra se esfuma), una aristocracia ensimismada en su burbuja no comprende o aborrece los nuevos tiempos, la ilusión a la que se aferran desquiciadamente los que pierden sus privilegios, la capacidad para construir como sea en el desierto milenario de Lima, o los costos y vicios del progreso económico.

“La restauración” tiene planos que quedan en la memoria. Este mérito se debe a la dirección de Alonso Llosa, la fotografía de Sean Webley, la música de Katya Mihailova, entre otros aportes. Y además de las actuaciones de Paul Vega, Attilia Boschetti y Pietro Sibile, destacan varios secundarios interpretados por Delfina Paredes, Fernando Añaños, Ismael Contreras, Carlos Tuccio, Muki Sabogal, entre otros. No es poco para una ópera prima.

José Tsang

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