Festival de Málaga: «Las niñas», y el cine presencial en pandemia

Es innegable que el mundo del cine se ha visto fuertemente afectado por la pandemia, especialmente por el confinamiento causado por la covid-19. Estos drásticos cambios hicieron que muchos festivales fueran cancelados, entre ellos la edición 23 del Festival de Cine de Málaga, uno de los más importantes de la región, que hubiese tenido lugar en marzo. Luego de las medidas respectivas, el festival finalmente se llevó a cabo en agosto, de manera presencial, siendo el primer festival en España en realizarse de esta modalidad luego de la cuarentena. Las medidas de seguridad que se tomaron, para evitar la propagación del virus, incluyeron tener el aforo al 65% en las salas y reducir las actividades sociales dentro del festival. Esta edición de Málaga abrió el paso a otros festivales con ciertas actividades presenciales como el Festival de Venecia, San Sebastián, Toronto, Guanajuato, entre otros.

En este contexto, esta edición especial del Festival de Málaga logró realizarse con éxito, entregando su galardón principal, la Biznaga de Oro, a “Las niñas” ópera prima  de Pilar Palomero, y la que pienso es una de las mejores películas en lo que va del 2020. Este filme tuvo su estreno comercial en España el 4 de septiembre, estuvo acompañada por la gigantesca «Tenet» en la cartelera, y sin embargo no pasó por alto.

Photocall con la directora y actrices de «Las niñas», la gran ganadora del 23° Festival de Cine de Málaga.

«Las niñas» nos sitúa en una España de los años 90, postfranquista y siempre muy católica. Ahí encontramos a Celia, una niña adolescente en una escuela religiosa que se enfrenta a un mundo en el que no encuentra voz propia. Celia es limitada por las monjas de la escuela y por su familia, hasta que conoce a la chica nueva del salón, una rebelde que le abre la puerta a nuevas experiencias y a expandir su grupo de amigas. 

La directora Pilar Palomero propone un “coming of age” centrado en experiencias aparentemente propias: ella también asistió a un colegio católico en Zaragoza, al igual que la protagonista. Esto resulta en un tratamiento sutil de las emociones que Celia (interpretada brillantemente por Andrea Fandos) intenta reprimir para sobrevivir en su entorno. También nos ayuda a ver la evolución de ella en su camino a entender lo que significa ser una jovencita y finalmente encontrar su voz.  

La fotografía, en formato cuadrado de 4:3, nos ayuda a reforzar el ambiente de opresión en la que ella, sus amigas, su madre y en realidad todo su entorno se encuentra. El elenco es casi exclusivamente de mujeres y niñas, todas ellas luchando frente a alguna forma de represión y mostrando alguna forma de rebeldía frente a ello. No vemos al opresor pero vemos a quienes trabajan para él: los chismes y los rumores se esparcen con rapidez, una rapidez tal que las niñas no tienen capacidad para afrontarlos. Ellas tienen que hacerse responsable por las acciones o devenires de sus padres y asumirlos como propios. 

El largometraje busca hacer una reflexión sobre las contradicciones de esta etapa de la vida, el despertar a una realidad no idealizada (problemas familiares, bullying, etc.) junto con la incapacidad de comunicar lo que cada niña siente y necesita. Las escenas en que Celia trata de abrirse a su madre (interpretada por Natalia de Molina) son varias, sin embargo ellas no llegan a poder comunicarse, la madre también está consumida con sus propios problemas. Es mucho más adelante en la historia que se da una verdadera oportunidad de comunicación, y es solamente a partir de la decisión de ellas, de presentarse más vulnerables y exponerse a las consecuencias, que vemos que logran apoyarse unas a otras.

Es interesante resaltar cómo interviene el rol de la iglesia en el comportamiento de los personajes a lo largo de la historia, las familias que llevan a sus hijas a la escuela de la iglesia son familias “no tradicionales”; abuelos criando a sus nietos, madres solteras, madres disfrutando su soltería, no lo que normalmente se espera o acepta dentro de este tipo de instituciones. Y estas mujeres, si bien son rechazadas por aquel sistema, tratan de formar parte del mismo e imponerlo a sus hijas. Este doble discurso presentado a las niñas se manifiesta en los prejuicios con los que comienzan a crecer y la rebeldía que florece de ello.

Palomero busca mostrar las contradicciones de crecer, las luchas internas, al mismo tiempo que las del entorno, las que llevan a tomar decisiones que forjan el carácter de las personas. «Las niñas» se percibe como una carta a la adolescencia, uno sale de la sala con una sensación enternecedora y pensando en esa etapa de su propia vida. 

Natalia de Molina y Andrea Fandos, protagonistas de «La niña», ópera prima de Pilar Palomero

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