[Crítica] Festival de Trujillo 2002: «Las colmenas», de Luis Basurto

El trabajo, factor determinante en la existencia de las personas y los pueblos, es motor de sobrevivencia y desarrollo, pero también detonador de explotación, desigualdad, migración y lejanía perenne. El desempleo supone entonces una carestía, que puede generar por reversa la oportunidad de un desplazamiento físico y quizás el regreso a las raíces familiares y locales, donde las labores son más discretas y privadas. Es la premisa de Las colmenas, ficción dirigida por Luis Basurto que compite en el 7° Festival de Cine de Trujillo.

La trama tiene varios tópicos de la vida pública común en el Perú: el gobierno municipal como firme fuente de empleo especialmente en las ciudades, el impacto social y la protesta que genera cuando deja de serlo intempestivamente al cambiar de gestión, la precariedad que significa perder un puesto y no poder reemplazarlo en el corto plazo, el reencuentro con el olvidado entorno parental que en realidad incluye de inmediato a la cultura lugareña, el recuerdo del dolor por la violencia política no resuelto y el oficio natural, en este caso la apicultura. Lo que no es casual, pues las abejas son ejemplarmente laboriosas y alimentadoras del ecosistema y la humanidad.

Todo con una puesta en escena tranquila, contemplativa, que integra al paisaje y acompaña a su ritmo al maduro protagonista en las distintas situaciones en que participa. Su paulatino interés en lo que le rodea refleja su identidad matizada y orientada a volver a migrar hacia otro espacio que considera más consolidado. La calma con la que, en medio de la angustia de su nieta, expira un viejo campesino vecino, sobreviviente del terror y el éxodo centralista, es un involuntario alerta para quien empieza a descubrir nuevas sensaciones mientras se le va disminuyendo la energía. En suma, Las colmenas proyecta mucho amor por el ande y sus rutinas y formas, aunque no pueda retener al personaje habituado a la urbe.

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