Festival Al Este 2020: “Crítica de la separación” de Guy Debord, el lenguaje y el mundo

«Lo que no puede olvidarse reaparece en los sueños. Al final de este tipo de sueño, aún semidormido, por un breve momento los eventos aún son percibidos como reales.»

Luego de su desafiante primer largometraje, Hurlements en faveur de Sade (1952), experimento sin imágenes literalmente y casi sin audio, apenas con voces intermitentes, poéticas y dispersas sobre diferentes temas, y de su segunda entrega, el cortometraje de 20 minutos Sur le passage de quelques personnes à travers une assez courte unité de temps (1959), que atacaba con igual virulencia las convenciones cinematográficas y la sociedad de consumo pero siendo más accesible en la forma, el filósofo francés Guy Debord realizó en 1961 Crítica de la separación (Critique de la séparation), otro corto con la misma duración, pero esta vez sí portando imágenes y una estilizada continuidad sonora.

Se trata de una reflexión menos hermética sobre el lenguaje, su uso cotidiano, la asimilación dentro del imaginario social, la tecnificación por el arte y la cultura, incluso la sistemática falsificación del cine, y el aprovechamiento de la mimetización narrativa del sistema político. Sin necesariamente adherirse, por su radical autonomía personal, a la Nouvelle Vague, cabe destacar que en 1961 ocurría el apogeo, en medio de sus propios arrebatos, de esa irrupción de cámaras ligeras y desenfado en el registro de la calle y la existencia, tras Los 400 golpes de Truffaut y todos los demás golpes de Godard y compañía, que de algún modo se filtran en la propuesta de Debord.

El intelectual y revolucionario, promotor de la histórica revuelta de Mayo del 68 y abanderado del rechazo al trabajo remunerado, medita con ironía sobre su propia obra, presentándola en el prólogo con el título de «uno de los más grandes antifilmes de todos los tiempos» y que, con sobria voz en off femenina que no volveremos a oír, cita al lingüista André Martinet afirmando en su libro primordial Elementos de lingüística general que «cuando uno piensa cuán natural y ventajoso es para la humanidad identificar su propio lenguaje y realidad, uno adivina el grado de sofisticación que debemos haber alcanzado para disociar ambos, y estudiarlos como objetos separados».

Con la voz en off del propio Debord, que empieza revelando «No sabemos qué decir», Crítica de la separación se adentra en imágenes fijas y en movimiento documentales, o que suponen serlo, que son pasajes de gestos, conversaciones y acciones mínimas mayoritariamente juveniles, aparentemente sin sentido, inertes, inofensivas. El contraste con la voz analítica y la edición que articula las partículas construye el nuevo significado. O sea, lo contrario a Hurlements en faveur de Sade, donde las frases estaban intencionalmente desgajadas y flotantes cuales gérmenes en el aire.

«El punto no es constatar que algunos viven mejor o peor que otras, sino que todos vivimos de maneras que nos escapan. Al mismo tiempo es un mundo que nos enseñó cómo cambian las cosas. Nada permanece igual. El mundo cambia más rápido cada día. Y aquellos que día tras día lo producen contra sí mismos son los que pueden apropiárselo, yo lo sé», se escucha en el filme.

La exploración espacial, el paisaje urbano, el progresivo tráfico vehicular, el tiempo perdido, la búsqueda del conocimiento, la pretensión imposible de la omnisciencia visual, la contemplación de la belleza física, primeros planos hasta el desenfoque, el influjo de las películas, los comics y la prensa, el abuso de las satrapías, el geométrico protocolo militar, las dicotomías entretenimiento/aburrimiento y satisfacción/inconformidad, los embates de la naturaleza, la trampa de la tecnología, la maquinita de bolas de acero que entran a un hueco tras mil choques ruidosos, la intrusión del sueño en la vigilia, o viceversa, la invasión del peso de la conciencia en el nocturno mundo onírico. Un cóctel tan calmo como revulsivo que empuja al pensamiento y la acción. Es el anticipo ideológico de lo que llegaría siete años después y que alcanzaría a repercutir en Cannes y el cine contemporáneo.

«Nadie regresa de una empresa con el ímpetu que tenía al inicio. Queridos amigos, la aventura está muerta», acomete el autor.

Además de colocar un paréntesis negro, Debord revisita su opera prima cuando afirma en el colofón que la cinta no concluye y sólo se detiene (el último sonido de aquella se registraba muchos minutos antes de que terminara el “metraje”), y al final puso el subtítulo “Continuará”. Y por supuesto, en la pantalla y fuera de ella, continuó.

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