Ya es casi un tropo dentro del género del melodrama retratar a un mundo futurista que ha aprendido a repeler el amor o el goce por el dolor sentimental a fin de proyectar un escenario social que se esfuerza -inútilmente- por negar su propia naturaleza. Pienso en películas como Mauvais sang (1986) o Eterno resplandor de una mente sin recuerdos (2004), historias que equivalen al amor con una “enfermedad” que reduce al cuerpo y a la conciencia. Este es más o menos el mismo conflicto que sugiere la directora Romina Ortega en su cortometraje en el que la ciencia ayuda a eliminar ese mal que en un tiempo fue viral, pero que en su presente ha sido controlado (o despojado). El síndrome del corazón roto (2021) relata la experiencia de una mujer y su dolor ante el desamor, padecimiento que enciende un signo de alarma en esa realidad en donde una mayoría ha decidido saltarse y privarse de esa fase. Aquí un detalle importante. Estamos ante un espacio que, a pesar de oficializar una cruzada por insensibilizar a una población, no fuerza a las personas a acogerse al método. Es decir, hay una esperanza de que se pueda preservar ese sentimiento que es humanamente congénito, vivencia que además nos conduce a una madurez respecto al reconocimiento de nuestra naturaleza. El síndrome del corazón roto más que un relato dramático, es esperanzador y aleccionador.

Cerquillo (2019), de la directora Carmen Rojas Gamarra, es otra historia sobre un corazón roto, solo que esta vez asentada en un presente que resalta por una cotidianidad que provoca cierto contraste con el ánimo de su protagonista. El cambio de look de una adolescente a inicio de la historia coincide con el retorno de esa persona que ha removido su recuerdo o sus emociones. ¿Es acaso el corte de cabello un acto premonitorio o un trance por repeler ese sentimiento que de hecho solo dormitada en su diario? Seguido, vemos entonces a la joven adoptando su rutina generacional, esta orientada por el circuito de los slackers limeños fascinados por la vida nocturna y el intercambio de conocimientos que generan algún nuevo ocio. Muy a pesar, el conflicto emocional está ahí, aunque en un segundo plano. Es así como reconocemos a una protagonista reprimiendo lo que luce imperceptible para muchos. Eso es lo mejor de Cerquillo; el testimonio de una rutina bloqueada por el desamor. Claro que hay un adicional que no deja de encender una sensibilización hacia esta personaje. La película de Carmen Rojas es también una historia de amistad, un acto de salvataje que pone a buen resguardo a la protagonista de sus pensamientos, muchos de ellos dudas. Tal vez es también un filme sobre un personaje reconociendo su identidad.

A propósito de ese tema, Gisella Barthé nos relata una historia en clave que sugiere varias posibilidades. La marea (2019) inicia con una mujer pensando en la penumbra, posiblemente, escondiéndose del resto o de sí misma, o solo un simple acto de meditación. Lo que continúa es su encuentro con un escenario que mezcla el pensamiento íntimo con lo onírico. Vemos a la protagonista encontrándose con otros personajes, todos sin nombres. ¿Son acaso proyecciones de una realidad vivida o fantasías con las que se ve representada esa mujer? Barthé crea un territorio en donde la identidad homosexual se expresa con libertad, efecto que se define no solo a partir del comportamiento de los sujetos, sino también fílmicamente hablando. Es una película que se alinea a lo performativo, se desvincula de las narraciones convencionales, pero no deja de asistir a las prácticas tradicionales (la actuación, el canto o la parodia) para crear su discurso. Definitivamente, esto le suma hermetismo. Por muy universal que sean algunos elementos simbólicos (el mar, el viaje de ruta, el puritanismo cristiano), La marea se describe como ensimismada ante un circuito de comportamientos o situaciones que parecen apenas iluminados por un halo de luz. Es significativo que el final es un retorno a su inicio. Gran parte de lo contemplado resulta ensombrecido, y solo lo reconocido, lo iluminado, es lo que representa la protagonista.

Podrán ver estas películas, de manera gratuita del 11 al 17 de octubre, en el sitio web del Festival de Cine de Trujillo.