La poesía en su acepción contemporánea es entendida como un uso desviado del lenguaje. Una forma de expresión que disloca los códigos de un sistema de signos. Las palabras se usan de tal manera que no solo expresan el “yo poético”, sino que también constituyen un texto que se sacude de la literalidad de la prosa. ¿El cine podría también ser poético? Tom Gunning escribió sobre este aspecto. Una de sus conclusiones es que algunas de las teorías más conocidas sobre qué implica hablar de un “cine poético” descansan sobre la oposición entre poesía y narrativa, aunque esto no implicaba que un film narrativo no pudiera incluir pasajes poéticos (2019, p. 564). 

Un cine poético, probablemente, apostaría por crear una cadena de asociaciones o metáforas, en lugar de seguir una coherencia lineal o una progresión temporal clara (2019, p. 557). A esto Maya Deren lo denominaba una trayectoria vertical, donde lo poético estaba fuera del eje horizontal (el de la causalidad). Lo interesante del caso de Deren es que, al parecer, ella admitía cierta gradualidad en su concepción del “cine poético”. Es decir, todo film puede incluir momentos poéticos, solo que algunos (lo más experimentales) están enteramente plagados de esa retórica; mientras que otros (los más clásicos) solo podrían tener guiños de dicho estilo. 

Esto puede sonar desalentador para algunas personas, puesto que al imaginar la etiqueta “cine poético” pensamos en una respuesta menos genérica. Si cualquier película puede tener asociaciones libres o un tono metafórico, ¿qué hay de especial? Pues, a mi modo de verlo, lo notable no es que el cine tenga la opción de ser poético, sino que trabaje su poesía con una identidad propia.

Hecha esta introducción, puedo confirmar que al ver el film de Sofía Velázquez tuve la intuición de decir que estaba viendo un cine poético. Pero quizás lo más sensato sea no intentar imponerle una etiqueta a una obra que fluye con tanta dulzura. Digamos que es un documental con momentos poéticos, como tantos otros, pero ¿qué lo hace diferente? 

De todas las cosas que se han de saber es un viaje a Santiago de Chuco, en el que la realizadora y su equipo emprenden la búsqueda de un joven que apareció en un breve reportaje recitando un poema de César Vallejo. En medio de esa exploración, conocen y conversan con diversos habitantes de la localidad. Algunos son entrevistados, otros recitan poesía o simplemente cuentan anécdotas, proyectos, ideas que tienen. Esos instantes son capturados por el registro de la directora, que compone con su obra la emoción de la geografía que explora. Su materia prima es la voz de cada habitante, pero hay dos que destacan: la de Elder y su madre Senaida. Elder es el niño ya crecido que declamaba Piedra negra sobre una piedra blanca, hoy lo vemos hecho un joven sereno, aficionado a la música y con dudas sobre su futuro profesional. 

Elder es capturado por la cámara en quehaceres diarios: un llamado telefónico para averiguar sobre unas becas, la charla con un amigo de su banda luego de un ensayo, etc. El voice over de la directora advierte en una escena que temía encontrarlo y “que su corazón se hubiera hecho mayor, junto con su cuerpo”. Estas reflexiones, a modo de trazos literarios, dotan de un tono introspectivo a la película. Velázquez incorpora estos retazos de poesía a secuencias que enarbolan una sensación etérea, como si se tratara de instantes que nos sacan del terreno firme y nos invitan a crear imaginarios sobre los personajes de Santiago de Chuco, todos involucrados, en algún grado, con el lenguaje de Vallejo.

Senaida, por su parte, es un personaje valiosísimo que se entrega al registro. Nos narra un cuento y luego una historia real, como acoplándose al estilo del film. Siempre encontraremos en De todas las cosas… este vínculo entre el relato y la vivencia. Senaida es cálida y nos acoge en su intimidad, al punto de confiarnos un episodio difícil de su pasado. Todo narrado en un plano conjunto donde Velázquez la acompaña en medio de su historia, confirmando así el compromiso del proceso documental con el cuidado y el respeto que se merecen los personajes representados. Algo que también destaca es la naturalidad con la que este vínculo madre-hijo es retratado ante cámaras, puesto que se evidencia el rodaje cinematográfico en varios momentos. Sin embargo, esto no dota de artificialidad a la película. De hecho, esta acción de develar el proceso de realización del documental se adhiere a los montajes teatrales en donde hay personas de la localidad que declaman los poemas de Vallejo. Son varios momentos en los que la puesta en escena está a plena vista del espectador. Lo que se sugiere es la transparencia de la cineasta.

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Cuando hablamos de Vallejo, hay un elemento que suele dejarse de lado: el humor. El vate peruano siempre tendía a quitarse la seriedad de encima. En Los heraldos negros la propuesta era un poco más tradicional, dado que todavía incorporaba rimas o métrica, pero había lugar a la intromisión de un lenguaje más cotidiano, que acompañaba a la propuesta. Ya ni qué decir sobre Trilce o la etapa de Poemas humanos. Esa risa momentánea que Vallejo era capaz de producirnos, a la par que llevaba a cabo sus profundos exámenes sobre el dolor político y la soledad, era consecuencia de la oposición que hacía entre imágenes sumamente complejas y acciones mundanas. Un ejemplo:

Un albañil cae de un techo, muere y ya no almuerza
¿Innovar, luego, el tropo, la metáfora?

(Poema: Un hombre pasa con un pan al hombro…)

El poema lamenta que el obrero muerto “ya no va a almorzar” y acto seguido reflexiona sobre las figuras literarias que acaba de aplicar en el verso anterior. Ese es Vallejo innovando la poesía, tomándosela no tan en serio, disfrutando su propio ritmo. Esa falta de solemnidad es capturada por el documental en ciertos gestos, como cuando la cineasta interrumpe a Elder en pleno pasacalles para preguntarle si él era el personaje que andaba buscando. Otro momento, cuando Elder le cuenta a su madre que soñó con un asesinato y ella, con voz risueña, le dice que ese es un “muy bueno sueño”.

Otro elemento a destacar son los niños. Ellos también recitan o saben una que otra curiosidad sobre Vallejo, como si fuese imposible vivir en ese pueblo y no involucrarse con las palabras del escritor. Además, hay algo que no puedo evitar pensar al cerrar este ensayo. En algún momento Ciro Alegría contó que Vallejo fue su profesor mientras cursaba el primer grado de primaria en 1917. Lo describía como un ser que parecía oprimido por el sufrimiento, pero capaz de compartir retazos de una existencia más suelta y alegre. Decía Ciro sobre Vallejo: “He pensado después en que, sin duda, encontraba deleite en ver la vida a través de la mirada limpia de los niños y sorprendía secretas fuentes de poesía en su lenguaje lleno de impensadas metáforas.”. Tal vez, la mirada de Sofía Velázquez hace algo similar. Busca inventar desde la simpleza, como la ligera y tierna entonación de la infancia.

Bibliografía:

  • GUNNING, Tom

2019 The Question of Poetic Cinema. En CARROLL, Nöel, DI SUMMA, Laura y LOHT, Shawn. The Palgrave Handbook of the Philosophy of Film and Motion Pictures. Nueva York: Palgrave Macmillan, pp. 551-571.