[Crítica] «Medias hermanas» (2021), de Ani Alva

medias hermanas tondero

Buscando la familia en trozos

«Medias hermanas» (2021) es el tercer largometraje estrenado de Ani Alva Helfer, la directora de «El beneficio de la duda» y «No me digas solterona» -cuya segunda parte anuncia estreno para 2022, tras quedar congelada por la pandemia en 2020-. Este nuevo proyecto es iniciativa de Gianella Neyra y Magdyel Ugaz, productoras y protagonistas, y la producción general es de Tondero.

Se trata de una comedia dramática que utiliza una dupla central de personalidades contrapuestas destinadas a juntarse. Son dos hermanas hiperactivas: mientras Victoria (Gianella Neyra) trata de mantener una actitud seria y distante, siempre con el cuerpo contraído; Marita (Magdyel Ugaz) es un torrente de espontaneidad y alegría que se expande en cada plano. Victoria nunca supo que no era hija única, y Marita siempre estuvo enterada de la existencia de Victoria y anhelaba conocerla para desarrollar una relación fraternal. En esa contradicción se apoya el mecanismo cómico, con la efusividad de una y el desconcierto de la otra. Así los diálogos rápidos, las réplicas nerviosas, los movimientos pronunciados y el contacto físico, hoy tan socialmente restringido, marcan un ritmo más intenso que el del promedio de comedias nacionales. Elementos que nos recuerdan a la screwball comedy, hasta que la exageración y la reiteración van agotando el recurso. Luego de las fricciones que agudizan las diferencias, ese mismo soporte se expresará en el giro dramático cubierto de invectivas, demandas y señalamientos.

La dirección artística es bastante elaborada y los objetos definen al «dúo disparejo», sobre todo cuando llegan a un acuerdo telefónico. Victoria, tensa, viste de negro formal entre paredes blancas casi vacías, Marita enfundada en casaca jean está rodeada de pinturas y estantes, lámpara con filtro azul, mueble policromático, cerca de un ventanal. El marco de la foto de Victoria con su padre es de metal oscuro y el de Marita es de pequeños plásticos de colores suaves. Y cuando empiezan a convivir, el estilo visual de la hermana menor parece estar impregnado en la casa de playa y envolver a Victoria incluso en la habitación donde duerme, y al resto de ocupantes de la residencia.

El tema principal es el empoderamiento femenino, en el que las mujeres toman decisiones centrales (divorciarse, vender propiedades, educar hijos, propiciar amoríos, dar los primeros pasos de intimidad juvenil), pero en la trama también hay familias diversas y adolescentes varones que empiezan a explorar su sexualidad y contra algunos patrones establecidos. El gran tema parece lo difícil de convivir, no necesariamente con parientes bajo el mismo techo sino en cualquier sentido, y que cada persona conozca al prójimo y a sí misma, y que pese a todo puede haber algo de entendimiento. Asimismo, figura de forma leve una preocupación por la memoria que puede tener resonancias sociales: Victoria y Marita tienen recuerdos parciales de sus infancias, fragmentos que quedaron dispersos y olvidados por el paso del tiempo y las diferencias de clase, y que hoy buscan unir en medio de la búsqueda de la madurez compartida.

Por azar el estreno de «Medias hermanas» llega inmediatamente después de «Las mejores familias», de Javier Fuentes-León, y «Un mundo para Julius», de Rossana Díaz Costa. Son tres visiones críticas de la tradicionalidad burguesa limeña que no están pasando desapercibidas en sus estrenos y que coinciden en encerrar a sus criaturas en interiores-refugio para someterlos a un duro aprendizaje, catártico y descubridor. Será tal vez que en alguna medida el público ya observa la caducidad del conservadurismo en la sociedad peruana y se va animando más a afrontar estas representaciones en películas que son expresivamente accesibles y cumplen con ciertos estándares técnicos y de producción.

Parte de ese diseño de producción es el adecuado soundtrack, en el que destaca la canción «Rosa, Rosa», del recordado vocalista argentino Sandro, que repercute en los sentimientos de los personajes para unir y alejar en una secuencia importante, y luce como una idea tomada de antemano en la base del guion. Desde hace varios años algunas películas peruanas usan canciones famosas que tienen un regular costo por derechos de autor y son útiles en la puesta en escena, como en este caso.

«Medias hermanas» es entonces una prometedora incursión de Neyra y Ugaz como productoras y una obra que Alva Helfer asume con su punto de vista y le da sustancia. Y se convierte en una apreciable experiencia para la trajinada comedia en el cine peruano reciente.

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