Además de ser el director de la taquillera trilogía Ocean’s, Steven Soderbergh también ganó un sitio de prestigio en la industria por ser el segundo director en la historia, en haber sido nominado al Oscar en un mismo año por dos películas distintas. Sucedió en el año 2001, por sus largometrajes Traffic, que finalmente le permitió obtener la estatuilla, y Erin Brockovich, una de las películas feministas más icónicas de las últimas décadas. (El primero en conseguir este logro fue Michael Curtiz en 1939, nominado por Angels with Dirty Faces y Four Daughters; aunque no obtuvo ningún premio ese año).

Sobre la mencionada Brockovich diremos que, desde entonces, ha tenido otras cintas con mujeres protagonistas que intentaban sobreponerse a dificultades propiciadas por temas de género, como Unsane (2018) por ejemplo, que han estado relativamente bien, pero no a la altura de aquella protagonizada por Julia Roberts. Este año Soderbergh vuelve a ese subgénero con Kimi, película con guion de David Koepp (guionista de Death Becomes Her, Jurassic Park y Spider-Man, entre otros) y recientemente estrenada en la plataforma de streaming HBO Max sin pasar por salas de cine. La cinta es bastante económica en cuestión de duración, pues no excede la hora y media, pero reúne varias propuestas interesantes que valen la pena desglosar porque, como veremos, unas cumplen su objetivo mejor que otras.

En Kimi, el título no proviene de su protagonista, sino de una especie de personaje secundario no humano que viene a ser una asistente virtual que, para todas las referencias, vendría a ser algo parecido a lo que tenemos en la vida real con Alexa, la asistente de Amazon. La protagonista es Angela (Zoë Kravitz), una joven que trabaja para la empresa que desarrolla este software, revisando y reparando errores que los usuarios experimentan con las instrucciones de voz que le dan a Kimi. Ahora, como la pandemia ha tenido lugar en esta trama, esta ha producido que Angela desarrolle su trabajo de manera remota. Además, ella sufre de agorafobia, cuyos síntomas se han visto intensificados por el encierro propio de la cuarentena. En un día cualquiera de trabajo, a Angela se le asigna reparar un error que incluye un audio que aparenta ser la prueba de un crimen sexual. Esta situación pondrá en el centro del conflicto a la protagonista, quien sufrirá persecuciones para evitar que el audio salga a la luz y, al mismo tiempo, la obligará a tomar acciones que se enfrenten al trastorno de ansiedad que padece.

Por un lado, la historia representa un cierto homenaje al clásico de Alfred Hitchcock, Rear Window (1954), pues la trama se desarrolla, por lo menos en la primera mitad, casi por completo en el apartamento de Angela, quien imposibilitada por sus miedos de salir a la calle, vive a través de lo que ve desde su piso hacia afuera. De hecho, incluso tiene una especie de relación con uno de sus vecinos y la mayor interacción entre ellos se da a través de miradas por sus ventanas. Ahora, este tipo de homenajes están ocurriendo de forma numerosa en los últimos tiempos sin que logren una realización decente, con el filme The Voyeurs (Michael Mohan, 2021) y con la serie de Netflix The Woman in the House Across the Street From the Girl in the Window (una evidente pero desafortunada sátira a este tipo de historias), como solo un par de ejemplos de ellos. Este elemento dentro de Kimi se desarrolla inicialmente bien, aunque se corta muy de golpe cuando el relato quiere acelerar, prescindiendo de un cierre sólido, tanto para el factor de invasión de la privacidad como para el trastorno del que Angela adolece.

Como segundo punto, la cinta propone lo que ya he adelantado párrafos arriba. El elemento feminista está muy presente, puesto que el leitmotiv de la protagonista será ayudar a resolver el caso de violación sexual, sobreponiéndose a sus propias limitaciones y sin miramientos sobre la identidad del victimario. Con la propia empresa evitando que el caso explote por ciertos intereses ocultos que se desvelan al espectador rápidamente, la intención del argumento es muy interesante a primera vista, pero es en la ejecución que parece faltarle fuerza y audacia para salir de la estandarización de una cinta cualquiera que se realizaría en tiempos de #Metoo. Lo que se profundiza en cintas actuales, como la magistral Promising Young Woman (Emerald Fennell, 2020), en Kimi no alcanza y queda bastante superficial en su intento por mostrarse en contra del establishment.

No quiero dejar de mencionar un aspecto adicional que me parece no menor y creo que es el que enseña la mejor cara de la cinta. Si bien ya hemos visto algunas producciones recientes que tocan el tema, aún es poco lo que nos ha dado el cine respecto a la nueva realidad que tenga un nivel de calidad aceptable. Locked Down (Doug Liman, 2021) fue un primer intento fallido que tocaba específicamente el asunto del confinamiento. En cintas más actuales ya logramos ver alguna que otra mascarilla (ahora mismo se me viene a la mente el epílogo de la reciente The Worst Person in the World de Joachim Trier). También hemos tenido las segundas temporadas de series como Modern Love o The Morning Show, que han sido ambientadas o han tocado la pandemia como asunto de fondo. Sin embargo, creo que Kimi podría reclamar, en un futuro no tan lejano, un sitio como una película de culto por la manera tan orgánica en la que ha podido plasmar los nuevos patrones de conducta sociales aceptados. No solo mientras acompañamos a Angela en sus sesiones de trabajo virtual, sino también en otros pasajes como la escena de apertura cuando vemos al CEO de la empresa brindar una conferencia a un medio televisivo a través de una videollamada. El plano es bastante gráfico, pues transmite la sensación de que la nueva vida que queremos mostrar se limita a lo que aparece por la webcam.

Sumados todos los conceptos a la historia, el ritmo de esta se incrementa conforme avanzamos en la trama. Hasta me dio la impresión, inicialmente, que estaba frente a un filme slow cinema, pues a primera vista el problema principal parece ser la agorafobia de Angela y aquella resolución requeriría de una introspección psicológica al personaje. Tras la aparición del dilema por los audios encontrados, el vuelco hacia el incremento de intensidad es notorio, aunque en su camino hiere mucho la profundidad que en principio podríamos suponer que se desarrollaría. Evoluciona Kimi hacia un argumento mucho más plano y sencillo, pero a cambio, Soderbergh maneja eficientemente las escenas de acción, y aunque algunos sucesos en particular no se aprecian tan verosímiles en el tono en el que la cinta se desarrolla, la tensión se resuelve sin la necesidad de un derroche de elementos que mantienen un sentido lógico de los hechos para un final entretenido.

En líneas generales, en este film creo que Soderbergh no prospera tanto por el lado de la crítica a la realidad, pero sí convence cuando dibuja la actualidad que atravesamos, lo que más pronto que tarde, provoca su rendición dentro del propio relato en su intento por conseguir una película más profunda, pero logra una conclusión que no decepciona y que satisface como entretenimiento.