En la película de Pete Ohs convergen un puñado de situaciones. Reducir esta historia a un testimonio engendrado por la marea del #MeToo, sería pasar por alto una serie de sensibilidades. Jethica (2022) inicia con un arranque misterioso: una mujer hace remembranza de la vez en que se convirtió en asesina. Su memoria nos lleva al área desértica de Nuevo México, refugio de solitarios y paso de fugitivos. En efecto, las dos protagonistas de este relato calzan dentro de esos patrones. Hasta aquí hay un aire al thriller. Elena (Callie Hernandez) le ofrece posada a Jessica (Ashley Denise Robinson), una vieja amiga de la escuela, quien le cuenta está huyendo de un acosador. El thriller se disipa y entonces inicia un drama de interés coyuntural. La visitante trae consigo una realidad que contagia de impotencia. Lo cierto es que esta evidencia era un ligero recreo para el thriller que ahora más bien trepa al psicológico. La paranoia es un velo que carga Jessica, el que, ciertamente, su amiga también ha comenzado a percibir. Ohs sabe trabajar la atmósfera y lo más atractivo es que lo fabrica a partir de la simplicidad.

De pronto, Jethica parece alinearse a una película de terror, posiblemente una slasher. Existe la posibilidad de que el acechador esté cerca de ese lugar baldío. ¿O es solo la imaginación de la agredida? A propósito, el espectador comienza a asumir la película desde la sensibilidad de la víctima. Este tipo de drama, en tanto, no está lejos de lo terrorífico. Sin argumentar mucho, la película deja desde el principio muy en claro el embargo que genera este tipo de violencia. La idea de que en un desierto dos mujeres se refugian, mientras sabemos que hombres merodean por el área, ya da mala espina. Ohs parece conocer hacia dónde van las expectativas del público. Mejor para sus siguientes propósitos que serán desatados por su giro fantástico. A partir de ahí suceden cosas inesperadas en Jethica. El terror, la comedia e incluso un drama entre tierno y conmovedor sorprenden en su transcurso. Por un lado, la historia promueve una “metáfora” sobre los tortuosos efectos que desata el acoso, y, por otro lado, descubre el lado tal vez compasivo de esas mentes frágiles que vagan allá afuera.