Puede que saber un poco sobre The Troubles (el conflicto armado en Irlanda del Norte) ayude a que uno disfrute más de “Belfast”, pero felizmente, tampoco es que sea necesario saber mucho sobre la historia irlandesa del siglo 20 para que la película funcione. De hecho, lo que Kenneth Branagh ha hecho con su más reciente filme es desarrollar una historia tipo coming-of-age, vista desde la perspectiva de un niño que tiene que atravesar tiempos difíciles junto a su familia y amigos. Es así que la película se convierte tanto en un sentido homenaje a Irlanda, como en una experiencia ilustrativa y entretenida, que sin embargo me dejó más frío de lo que hubiese esperado.

El joven Jude Hill interpreta a Buddy, un niño común y corriente que vive en una casa en Belfast junto a su preocupada madre (Caitriona Balfe), y a un padre que tiene que viajar continuamente a Inglaterra para poder trabajar (Jamie Dornan). “Belfast” se lleva a cabo en 1969, por lo que no tarda en mostrarnos las consecuencias que tuvieron The Troubles en las familias irlandesas de clase trabajadora: el violento conflicto entre los unionistas (de religión protestantes) y los republicanos irlandeses (de religión católicos) afectaba especialmente aquellos que vivían en barrios “mixtos” (donde católicos y protestantes convivían en paz) como los de Buddy y su familia.

Es en ese contexto que el espectador ve a Buddy crecer, yendo al colegio, enamorándose de una chica de su clase (Olive Tennant), y pasándola bien con sus abuelos (Judi Dench y Ciarán Hinds). Pero también lo vemos reaccionando a las continuas ausencias de su padre, así como al hecho de que su familia protestante estuviese considerando irse del país, para escaparse de los ataques violentos que sufrían, sobre todo, sus vecinos católicos, y que parecían rodearlos prácticamente todos los días. Tanto Buddy como su madre, acostumbrados a haber vivido sus vidas enteras en Belfast, no están del todo emocionados por mudarse a Londres (o a Canadá, o Australia…), pero mientras el conflicto se va haciendo más explosivo, más rápido parece que su realidad comenzará a cambiar.

El aspecto más emotivo y humano de “Belfast” ciertamente está relacionado a los abuelos de Buddy. Resulta entrañable ver a estas dos personas de avanzada edad, todavía enamoradas la una de la otra, haciéndose bromas y recordando sus “tiempos mozos”. Destaca, por ejemplo, la escena en la que el abuelo recuerda la primera vez que vio a su esposa cuando eran jóvenes, o un pequeño (y jovial) baile que tienen en casa. O por supuesto, el momento donde el abuelo le enseña a Buddy a hablarle a chicas, para que por fin se anime a conversar con su compañera de clase. Son estas secuencias las que le otorgan mucha humanidad y calor a la historia, dejando en claro lo personal que es “Belfast” para Branagh.

No obstante, y a pesar de que claramente se trata de un filme hecho con empeño, basado en los recuerdos de su director y guionista, la narrativa principal nunca llegó a conectar del todo conmigo. El clímax de la historia, por ejemplo, no me resultó lo suficientemente potente ni me extrajo una reacción emocional particularmente fuerte, y cierto suceso, a pesar de involucrar al personaje de Hinds, me dejó inesperadamente frío. No estoy diciendo que Branagh debió entrar a un territorio de melodrama ni mucho menos, pero considerando la perspectiva que le dio a la historia, así como los eventos que involucra, me sorprende que no haya logrado conectar de manera particularmente emotiva con su servidor.

De las actuaciones, sin embargo, tengo muy pocas quejas. Hill esta muy bien como Buddy, interpretándolo como un niño común y corriente, que juega con sus amigos en la calle, va al cine o al teatro con su familia, y por supuesto, da berrinches cuando las cosas no suceden como a él le gustaría. Es una interpretación verosímil y cálida, que hace que sea fácil identificarse con él, y ver el mundo que lo rodea desde su perspectiva. Por otro lado, Jamie Dornan está meramente correcto como su padre, pero Caitriona Balfe resalta positivamente, desarrollando a la madre como un personaje complejo y lleno de conflictos internos. Quienes realmente resaltan, sin embargo —y como deben estar asumiendo ya—, son los abuelos, interpretados por Dench y Hinds (dos monstruos de la actuación). Son ellos quienes, al final del día, logran otorgarle algo de corazón a la película.

Vale la pena mencionar, por otra parte, el apartado visual de “Belfast”. La fotografía (mayoritariamente) en blanco y negro es impresionante, enfatizando una sensación de que uno está formando parte de los recuerdos de alguien, vistos con añoranza y hasta algo de nostalgia. Esto se hace evidente, de hecho, cuando Branagh nos presenta ciertos momentos a colores: la primera y última escena, por ejemplo, que se llevan a cabo en el presente, así como las secuencias que involucran a Buddy y su familia en el cine o en el teatro. El hecho de que estas expresiones artísticas sean presentadas a color, contrastando a sobremanera con la “realidad” de la película en blanco y negro, nos dice mucho sobre lo importantes que fueron para la infancia de Branagh, y su desarrollo como actor y cineasta.

Quizás esperaba demasiado de “Belfast” —el hecho de que haya sido nominada a varios Premios de la Academia hace que uno espere algo verdaderamente magnífico e importante, por más de que la película no haya sido concebida originalmente de esa manera. Porque valgan verdades, sin llegar a ser una obra maestra, “Belfast” funciona como una entretenida historia tipo coming-of-age, que se lleva a cabo en un lugar y tiempo muy ajenos a nosotros. La cinta nunca se concentra en el aspecto político de The Troubles —sí, tiene mucho qué decir sobre la intolerancia y la discriminación religiosa, pero de manera algo naive, desde una perspectiva más bien familiar o infantil. Es así, pues, que “Belfast” se convierte en una experiencia satisfactoria y por momentos cálida, pero que podría decepcionar a quienes la vean esperando algo excepcional.