[Crítica] Festival de Toronto: Fogo-fátuo (Portugal, 2022)

[Crítica] Festival de Toronto: Fogo-fátuo (Portugal, 2022)

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En Fogo-fátuo (Portugal 2022) dos tipos de fuego encienden la pantalla: visibles e invisibles. Por un lado, están los incendios forestales que arrasan los bosques debido al cambio climático y que motivan al príncipe Alfredo (Mauro Costa) a convertirse en bombero. Dentro de él también nace un deseo ardiente cuando ingresa al cuerpo de bomberos y conoce a Afonso (André Cabral), su mentor.

La película enlaza dos líneas temporales. En la primera escena, en el año 2069 (el número no es casual) conocemos al rey Alfredo (interpretado por Joel Branco) anciano y moribundo. Su nieto juega con un camión de bomberos al pie de su cama e interpreta una canción sobre la amistad y el cuidado de los árboles, lo que reaviva recuerdos felices en la memoria de Alfredo y nos transporta a la línea temporal de 2011, cuando aún es un joven príncipe y recorre un bosque junto a su padre.

Con un espíritu lúdico y provocador, el cineasta portugués João Pedro Rodrigues (Morir como un hombre, El ornitólogo) concibe el relato como un frondoso árbol que se nutre de distintos géneros: la comedia del absurdo, el musical, el coming-of-age, el romance interracial y el erotismo desvergonzado. Y en las raíces, se esconde un inteligente subtexto político y social.

Mauro Costa y André Cabral en una escena de Fogo-fátuo.

Desde su posición de miembro de la realeza portuguesa (ficticia, claro está), Alfredo empieza a cuestionar y explorar las distintas aristas de su identidad, el legado de su familia y su capacidad para generar cambios en su vida y en su país. Entonces, el guion hilvana con destreza temas como las secuelas del colonialismo, la catástrofe medioambiental y su impacto en las futuras generaciones, la indiferencia de las élites privilegiadas frente a los problemas sociales, entre otros.

Junto a esos temas, conviven el descubrimiento del amor y el placer sexual, siempre de la mano de un sarcasmo muy afilado y un erotismo explícito. Con la audacia que lo caracteriza, Rodrigues filma los cuerpos masculinos como si fueran obras de arte, como se evidencia en una divertida escena en la que unos bomberos desnudos recrean obras pictóricas de conocidos autores, para poner a prueba los conocimientos de Alfredo, quien ha estudiado historia del arte.

La calidez de Fogo-fátuo también emana en sus potentes números musicales, que incluyen desde coros de niños cantando en un bosque hasta vistosas coreografías de bomberos convertidos en bailarines. Esa mezcla insospechada de influencias y recursos visuales se integran de forma orgánica, para crear una película irreverente y fascinante, que celebra la interacción con otros seres vivos (ya sean personas o árboles) con los que se generan chispas que pueden encender grandes pasiones.



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