[Crítica] «La decisión de Amelia», de Francisco Lombardi

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Hoy me siento un poco relajado, apacible y reflexivo, por lo que sentí ganas de comentarles «La decisión de Amelia», la última película del director peruano Francisco J. Lombardi, un filme ligero e ingenioso, estrenado durante el pasado 26 Festival Internacional de Cine de Lima. 

En la presentación, Lombardi dijo que se trataba de una obra «menor», filmada poco antes de la pandemia, y retomada y concluida posteriormente; la misma que –según lo que relató– se hizo con muy pocos medios. No obstante, se trata de una cinta correctamente realizada y cuyos componentes están exactamente balanceados de tal forma que la puesta en escena resulta coherente, dentro de sus limitaciones.

La parte «menor» del filme es que las líneas narrativas que la hilvanan son poco originales. Sin embargo, la película se eleva algo por encima de esta limitación gracias tanto a la buena construcción de los personajes cómo (y sobre todo) a la buena interpretación del elenco actoral. Si bien no estamos ante personajes profundamente desarrollados –aunque sí íntimamente conflictuados y no carentes de ambigüedad–, cada actor consigue la caracterización justa para las necesidades tanto de la construcción del personaje como del avance de un relato también acotado. En otras palabras, cada actor calza exactamente en el personaje que le toca interpretar, de tal forma que la trama resulta convincente. 

Así, Mayella Lloclla compone a la protagonista Amelia, una enfermera que a lo largo de la acción se ve atrapada entre sus necesidades económicas y el maltrato y hasta abuso de sus parejas masculinas; en estas condiciones, ella se planteará y estará sometida a un dilema moral que la perseguirá en casi todas sus interacciones, al punto que siempre se sentirá en una posición riesgosa, ambigua e íntimamente insatisfactoria. 

Mientras que Cecilia (Stephanie Orúe), su amiga, compañera de labores, confidente y principal apoyo, se muestra mucho más pragmática respecto a este asunto y le aconseja tomarlo con calma y aprovechar los beneficios que una trabajadora puede obtener en el marco de una estructura patriarcal; en la cual debe someterse a los deseos masculinos en una relación de subordinación profesional y personal (aunque ella también padece lo suyo, si bien en menor grado). 

La tensión que acumula una seriecita y servicial Amelia contrasta con la liviandad, encanto y frescura de Cecilia, cuyo papel es contrapesar el conflicto principal que enfrentará a su amiga con Víctor, un anciano millonario encarnado por Gustavo Bueno

Lombardi ha evitado presentar a este último personaje como un viejo verde libidinoso. Al contrario, lo muestra como un hombre profundamente amargado, que ha juntado una importante fortuna como minero, a costa de sacrificar el amor y la formación de una familia, por su entrega al trabajo. 

Acosado por la enfermedad, la discapacidad y la soledad, Víctor es un self made man racista y un convencido de que el dinero lo compra todo. Lo que me fascina de este personaje es que su deseo sexual está íntimamente ensamblado con el temor a la muerte, que es –en el fondo– lo que le impulsa a asediar a su joven cuidadora. 

Bueno va construyendo gradualmente, en su relación con el personaje de Lloclla, esta compleja conjunción de emociones no exentas de ansiedad y sordidez mutuas. Su momento más intenso (y, a la vez, el menos cinematográfico) es un tremendo monólogo donde confiesa tanto la furia contra sí mismo y el mundo (o sea, los indios) como la necesidad de una gratificación final a sus esfuerzos de toda una vida por atesorar una riqueza que prácticamente ya no puede disfrutar. 

Si bien Víctor carece de escrúpulos morales, es un personaje complejo, insatisfecho, el cual –pese a sus impúdicos deseos– cree beneficiar (a su retorcida manera) a la inocentona Amelia. Ese sutil hilo de ambigüedad en el personaje constituye un reflejo grotesco y distorsionado de las tensiones que crecientemente inciden en su contraparte femenina; quien irá asumiéndolas, intrigada (íntimamente) e intrigante (finalmente).     

A pesar de su notable caracterización, tengo la impresión de que el veterano actor exageró un poco su voz al hacerla innecesariamente más gangosa de lo que ya es, para enfatizar la amargura, desesperación y depresión de Víctor. La única justificación que se me ocurre es que se trató de un intento para que el personaje fuera más antipático, lo cual sin duda consiguió, salvando a las justas su performance. A ello debe mencionarse el apropiado soporte de roles secundarios como el de la agorera y controladora ama de llaves (Haydeé Cáceres) y el solícito abogado del millonario indiofóbico (Paul Vega). 

Todas estas actuaciones sostienen y dan credibilidad a este filme un tanto simple –en comparación, por ejemplo, con «Dos besos», la anterior película de Lombardi– pero cumplidor. A ello debe sumarse una escenografía, locaciones y ambientación básicas, pero suficientes para ilustrar con precisión y exactitud tanto las diferencias sociales como los ámbitos profesionales de los personajes. 

Junto con estos buenos puntos por el lado dramático, actoral y de producción, la película también es relevante por el componente social, expresado tanto en el plano de las diferencias de clase y género como en el del racismo en la sociedad peruana actual; evidenciados principalmente en la relación entre Amelia y Víctor. En tal sentido, su visión de la oligarquía peruana (o la de sus hábitos más indeseables) –a juzgar por lo mostrado en esta obra– parecería ser la de una clase rica pero en decadencia o incluso en vías extinción; mientras que su sistema de dominación volvería a ser más patriarcal que exclusivamente clasista.    

Estos son temas vigentes sobre todo durante y después de la segunda vuelta de las elecciones generales de 2021 en Perú, y hasta el presente; en las que un maestro rural llegó a la presidencia de la República. Desde entonces –hace apenas un año– la fuerte polarización política en el país ha derivado en un creciente conflicto étnico, en el cual tanto un sector mayoritario de las elites como de los sectores populares propugnan valores patriarcales, en un contexto de enfrentamientos cruzados de raza y clase. Como vemos, el enfoque de Lombardi, aunque limitado, es consistente con las tendencias sociales y políticas más complejas que se desarrollan en la actualidad.

Sin embargo, no esperemos que el director (y menos su película) ofrezca respuestas o soluciones a problemas políticos o sociales; lo que es una opción legítima. En su cine, estos escenarios –cuando los incorpora– son mostrados apenas desde el punto de vista de un observador o un testigo; con esa mirada atenta, a veces detenida, otras morosa; ocasionalmente, interesante. 

El realizador tacneño no es un activista ni mucho menos pretende desarrollar in extenso una visión ideológica sobre temas políticos o de género ya que estos componentes siempre han estado –en menor o mayor medida– delimitados y subordinados a las necesidades de una estructura dramática eficaz. Lombardi coloca los aspectos cinematográficos por encima de los más políticos o sociales, y más bien ofrece una reflexión limitada aunque independiente, a veces polémica y moderadamente provocadora; como ocurre en «La decisión de Amelia».

Me pareció curioso que, en la banda sonora, al inicio de la película, suene un fragmento del famoso Adagietto de la Quinta Sinfonía de Gustav Mahler, a manera de guiño a «Muerte en Venecia», la obra maestra de Luchino Visconti, en la cual dicha pieza musical es utilizada intensivamente. En esa cinta italiana también hay un personaje mayor que se siente atraído pero por un adolescente, y enfrenta igualmente un creciente dilema, en este caso, entre una apasionada visión platónica de la belleza y el deseo carnal; estando ambos componentes expuestos con dosificada ambigüedad. Todo lo que –junto a la peste– terminó por consumirlo entre una vaporosa fotografía y los dulces pero intensos acordes mahlerianos. 

Amelia

Ignoro si esta presencia musical sea el rescoldo de alguna remota inspiración para crear el personaje de Víctor, pero me cuesta creer que su inclusión sea casual o gratuita. En todo caso, si no lo fuera, sería un guiño irónico y en varios sentidos. Primero, porque el brutal Víctor, como personaje, es lo opuesto en todo sentido al refinado Von Aschenbach, el protagonista viscontiano. Luego, la ironía –de tipo “chiste alemán”– es el componente principal del estilo literario de Thomas Mann, autor de la novela en que se basa la citada película. De otro lado, porque en la evolución y transformación de Amelia hay un cierto rasgo irónico (al final, ella no era precisamente lo que parecía). Ahora bien, también podría ser que esta inclusión musical busque simplemente marcar el tempo relativamente lento del inicio y tramos del filme, y nada más. 

Volvamos a la evolución de Amelia. En el desenlace se resuelven sus conflictos externos: el económico (previsible), el de género (controversial) y el social (vindicativo). Sin embargo, en este final abierto se mantiene su conflicto interno, de carácter moral. En la toma final, Lombardi explora la ambigüedad de su protagonista en relación con el citado ámbito mostrando con sutileza cómo a Amelia le queda, junto a las satisfacciones conseguidas, un aparentemente leve sinsabor con lo ocurrido, que posiblemente la persiga ominosamente el resto de su vida. 

En suma, «La decisión de Amelia» es película entretenida, llevadera, sencilla y que muestra las virtudes del cine de Francisco Lombardi en talla small, pero disfrutable. Vale la pena verla. 

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