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[Crítica] «Bros»: una rom-com invertida

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Es curioso que en el mismo año que un par de segundos de un beso lésbico animado generaron la mayor campaña publicitaria (de odio) para una perezosa Lightyear, una película adulta llamada a ser el primer blockbuster gay ha terminado por pasar casi desapercibida en la taquilla gringa. A su estrella, el comediante Billy Eichner, ya le habría gustado atraer la misma cantidad de detractores que la de Pixar para explicar la indiferencia por su proyecto coproducido con Judd Apatow, el responsable de verdaderos hitos cómicos (heterosexuales) como Virgen a los 40 o Súper cool. La desesperación de Eichner le llevó a encender una mecha en Twitter al declarar que quienes no han visto su película son homofóbicos. Que la distribuidora haya puesto la película en alquiler digital tras apenas tres semanas en cartelera lo dice todo. ¿Por qué prestarle atención entonces a una película que nació muerta y que su propio creador ha terminado por enterrar? Porque esgrimir homofobia como motivo del fracaso en taquilla de una obra representativa del colectivo odiado es muy serio. Porque paradójicamente, en la era post Trump, el público estadounidense no ha dejado de ver contenido LGBT en plataformas de streaming. Y porque este caso se presenta como una oportunidad propicia para ejercer la crítica con todo el filo que tiene para dar. 

Bros sigue la premisa básica de comedia romántica donde un hombre soltero, escéptico y hasta cínico del amor, de repente se enamora de otro hombre. Esto solo podría inmutar a quien ha vivido debajo de una roca durante los últimos 30 años, porque incluso nuestro humilde cine nacional ha contribuido un puñado de historias homosexuales explícitas. La innovación de Bros radica más en hacer que la cultura del emparejamiento homosexual sea suficientemente accesible como para ocupar el género cinematográfico heteronormativo por excelencia (ni siquiera la pornografía). También está el hecho de que el reparto lo integran miembros de la comunidad LGTBQ+, aún siendo perfectos desconocidos para el gran público como un Billy Eichner cuyos mayores créditos son la conducción del concurso televisivo “Billy on the Street” (2011-17) y la voz de Timón en El Rey León de 2019. La sorprendente apuesta de Universal y Judd Apatow por su protagonismo y por un guion inspirado en su vida es también el origen de los problemas de la película.   

Bobby Leiber, el alter ego de Eichner, es un historiador judío abiertamente homosexual, conductor de un podcast sobre historia LGBTQ+ y futuro curador del primer Museo Nacional de Historia LGTBQ+ (ficticio) en Manhattan. Provocador y vociferante, Bobby se enorgullece ante sus oyentes y amigos de seguir soltero y sin ataduras emocionales a diferencia de otros gais que han formado familias con el matrimonio igualitario. En la intimidad, sin embargo, Bobby está cansado de sus encuentros tediosos y fugaces mediante aplicaciones de citas, y de ser el único en su círculo social sin pareja. Esto cambia cuando conoce a Aaron, un joven abogado que presume de cuerpo atlético y vida sexual rebosante pero que paradójicamente se mantiene en el armario ante su familia y amigos. Aunque inicialmente parecen totalmente opuestos, la comunicación entre ambos fluye mediante mensajes de texto y pronto inician una relación que será tan gratificante como complicada. Mientras Aaron debe lidiar con su homofobia interna para terminar de aceptarse a sí mismo y a Bobby, este debe modular sus expectativas sobre Aaron y sus propios exabruptos a la hora de negociar la vida en pareja.   

El componente cómico de la película recae principalmente en los dotes de Billy Eichner como guionista y humorista. Su personalidad desenvuelta, impredecible y deliberadamente incómoda encaja claramente en un formato de concurso como “Billy on the Street”, y seguramente también lo haría en un show de sketches como Saturday Night Live. Curiosamente el tráiler de Bros se parece a uno de los falsos tráileres paródicos que suelen hacer allí, y es que la sola idea de una comedia romántica liderada por Eichner suena mejor como sketch de SNL que como largometraje. El de Eichner es un humor ácido y apresurado que tira de referencias de cultura pop gringa y de sarcasmo sobre su condición de judío gay cisgénero blanco. Mientras que las referencias son tan efectivas como en cualquier comedia contemporánea, lo otro resulta reiterativo y hasta irritable. Es verdad que en su día Woody Allen hizo de la autoparodia un sello de marca exitoso, y por ello no sorprende que Bros haga alusiones a su filmografía y que proponga a Eichner como su equivalente gay. Pero mientras Allen se burlaba de un estereotipo de judío neoyorquino específico, o sea él mismo, y sin necesidad de rozar con el antisemtismo, Eichner se burla de todos los homosexuales blancos como él, dando por sentado que son igual de privilegiados y egocentristas.  

El humor que proviene del resto del elenco tiene un efecto mixto similar. Luke Macfarlane, quien encarna a Aaron, es un actor apenas reconocible para los seguidores del canal de cable Hallmark donde tuvo una carrera como galán de comedias románticas (heteros). De allí que Bros aproveche cada hueco del guion para parodiar las cintas acartonadas del canal, un guiño autorreferencial tan obvio como la interpretación de Macfarlane de un homosexual que ha pasado toda su vida como heterosexual. A diferencia de Eichner, Macfarlane no tiene más trucos cómicos bajo la manga, ni siquiera expresividad facial, y tampoco es solvente a la hora de representar el drama de la homofobia interna de Aaron. Es así que termina reafirmando irónicamente su aptitud como galán acartonado de Hallmark. Los demás personajes, amigos y colegas homo/bi/transexuales de Bobby, apenas sirven de extras durante las escenas que comparten con el protagonista. Más allá de breves diálogos, ninguno obtiene mayor relevancia narrativa que la de sus funciones respecto al protagonista (la amiga hetero, la colega trans del museo, etc.).  

En estos secundarios también radica la mayor contradicción de la película, y es que la contratación de un elenco racial y sexualmente diverso en una producción hollywoodense pierde su altruismo cuando los reflectores de la película se siguen centrando en una pareja de hombres cisgénero blancos. Esto no solo invalida los disfuerzos de Bobby por burlarse de sí mismo y del estereotipo del homosexual que se pone en primera fila, sino que pintan de hipócrita a Eichner por pretender reivindicar y obtener el apoyo de toda la comunidad LGTBQ+. En ese sentido también pierden validez las bromas de Bobby sobre la utilización inadecuada de actores heteros en películas de vaqueros gays, o su entrevista paródica con un productor de Hollywood al que rechaza por la exigencia de contratar celebridades heteros para su película. Es en base a esta contradicción ética que las acusaciones tuiteras de Eichner sobre un boycott homofóbico a su película se quedan como los gritos sobre lobos de un Pedro que ni siquiera pudo atraer a las ovejas.  

Una vez derribado su componente de representatividad, Bros queda como una rom-com predecible y conformista. Por mucho que Bobby reniega del romanticismo heteronormativo y que Aaron se incomoda de sus excentricidades, el guion no presenta giros que desafíen contundentemente su relación, siendo menos ambicioso que las comedias románticas clásicas como Cuando Harry conoció a Sally (1989) donde hay tramas ingeniosas y truculentas que divierten al espectador, y hacen que se identifique en la lucha de sus personajes por conseguir el amor. Incluso en producciones más logradas de Judd Apatow como Damas en guerra (2011) el humor más vulgar y el desprecio por el melodrama no hacen que la búsqueda del amor sea menos convincente y gratificante. El director y coguionista Nicholas Stoller tampoco parece haber contribuido en Bros lo que hizo destacar a su debut del 2008. Incluso la promesa del trailer en ahondar en el lado desenfadado de la homosexualidad se queda corta con escenas de sexo donde los involucrados preservan sus calzoncillos. Un aspecto verdaderamente criminal es que, como película localizada en Nueva York, Bros no solo desperdicia la oportunidad de utilizar locaciones más icónicas de la ciudad sino que ni se molesta en repasar los lugares históricos reales ligados al movimiento LGBTQ+ como el bar Stonewall. 

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Está claro que Bros nunca debió pretender representar a nadie más que al propio Billy Eichner. El uso del museo ficticio LGTBQ+ como metáfora sobre el camino restante hacia la igualdad para el colectivo bastaba como guiño crítico e ingenioso. También se hubiera esforzado por reclutar estrellas abiertamente homosexuales como Jonathan Groff y no conformarse con un cameo de Debra Messing. Incluso el puñado de ex alumnos de Saturday Night Live que aparecen al final hubieran funcionado mejor como secundarios, y hubieran aportado un mayor atractivo a la película. Pero me atrevería a adivinar que si no se incluyeron ni a los unos y ni a los otros, al margen de presupuesto, es porque el también coproductor Eichner no quiso compartir reflectores con nadie que lo pudiera opacar. Este error ni siquiera lo ha cometido un proyecto personalista peruano (y rom-com parcial) como ¡Asu mare! (2013). Y volviendo al universo SNL, creo que una rom-com sobre Stefon, el estrafalario y entrañable personaje gay de Bill Hader, hubiera sido una propuesta más audaz y decididamente neoyorquina.                                                                

Esta necropsia concluye que la obra mesiánica de Eichner llegó tarde y mal en un contexto en el que el show de RuPaul tiene más seguidores heteros, en el que una serie sobre Jeffrey Dahmer es la más popular de Netflix, y en el que han habido hasta dos comedias peruanas de temática gay el mismo año. En otras palabras, enfatizar su condición de pionera hollywoodense no vale de nada en un mercado que ya está acostumbrado a personajes, creadores y celebridades no heterosexuales. El rechazo que han generado guiños microscópicos al colectivo en blockbusters de Disney sí que nos recuerdan que todavía quedan muchos estigmas por superar de cara a un público infantil, pero esto es algo de lo que no puede colgarse la obra adulta de Eichner. La suya es una comedia romántica invertida en tanto que, antes de hacer reír y conmover a su público, se burla, se emociona y hasta se enorgullece de sí misma. No niego el potencial cómico y creativo de Billy, pero me hubiese gustado que su debut como guionista se regodeara del hecho de ser “invertido” y desafiara al género heterosexual por excelencia como ya lo han hecho otros representantes de su colectivo como Xavier Dolan o Christophe Honoré. 

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