[Crítica] «Tiempos futuros»: el diluvio decisivo 

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Resulta paradójico escribir sobre esta película mientras incesantes gotas de lluvia golpean mi ventana y se va formando un charco con ganas de ser río justo debajo. Me pregunto si este aguacero insolente de Edimburgo es el escenario convulso con el que sueña el personaje de Fernando Bacilio en Tiempos futuros. Es verdad que en Lima las garúas nos vuelven ignorantes sobre el poder de una precipitación, y que las lluvias más memorables han sido las de los millones que anunciaba Güido Lombardi. En mi adolescencia admito haber anhelado que cayera un torrente al estilo de El día después de mañana para acompañar mis bruscas emociones de la época. Pero nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde, y tras conocer lo que son lluvias de verdad yo no cambiaría la reconfortante garúa limeña por una distopía hollywoodense. Es por ello que la premisa de Tiempos futuros sobre un hombre que dedica su vida a una máquina capaz de generar el mayor diluvio de Lima me parece tan descabellada como enigmática. Pero esta es apenas una excusa narrativa para animarnos a presenciar un universo paralelo distópico y un lenguaje audiovisual intrépido que suponen un milagroso diluvio creativo en medio del desierto que es el cine limeño contemporáneo.

La ópera prima de Víctor Manuel Checa expone su potencial artístico desde su elección de tipografía para el título, la más original en mucho tiempo y la más apropiada para una cinta peruana inequívocamente ligada a una ciencia ficción distópica. Esto se constata a partir de la construcción de una Lima decadente, sombría y por veces vacía que encaja en el contexto de un futuro no muy lejano pero también en el de un pasado ochentero y en el de un presente post pandémico. Aún pudiendo adivinar algunas de sus locaciones del centro, Tiempos futuros logra aislarlas de su contexto vigente para reubicarlas en un convincente universo paralelo que se antoja más anacrónico que futurista por la combinación de elementos de diferentes épocas: vestimentas ochenteros, teléfonos públicos y dispositivos diminutos de videovigilancia. Uno puede jugar a adivinar el contexto temporal de la película a medida que van apareciendo estos elementos hasta poder concluir que se trata de un futuro alternativo. Aún así, el aspecto anacrónico de esta Lima ficticia resulta culturalmente consistente con la original donde coexisten vehículos de más de 40 años, canciones de los sesenta, políticos reciclados y smartphones del año.

Los personajes tampoco parecen representativos de un periodo específico de la historia. Luis Zárate y su hijo y “socio” Teo parecen ser de clase trabajadora por sus profesiones, por sus atuendos y vehículo modestos, y por el edificio casi abandonado que habitan. Sin embargo, con excepción del desalojo municipal que los amenaza, su condición económica no lo define en su interacción con otros miembros de su sociedad similarmente precarios como el chatarrero o el vecino del edificio. El trabajo de Teo como electricista en el vistoso club Samoa tampoco se siente como un caso de explotación infantil pues también se le ve bailando con los comensales. Los adolescentes vándalos que Teo conoce parecen extraídos de una película de los 80, especialmente por el auto que manejan, pero también de un videoclip de MTV de los 2000. Pero fuera de sus apariencias, estos chicos no caen en los estereotipos de ninguna época ni en los del adolescente promedio, y resultan ser igual de ambiguos y benignos que Teo y su padre. Todos estos personajes viven el día a día enfrascados en proyectos secretos que son similarmente incomprensibles y banales, sobreviviendo a espaldas de la sociedad pese a estar en capacidad de contribuir a un bien común. Vistos así, y sin necesidad de ahondar en sus motivaciones, se comportan como típicos habitantes individualistas de la Lima del presente. 

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El guion, escrito por Checa y el mexicano Víctor Huizar, es bastante sencillo en términos de desarrollo de personajes y de hilos argumentativos. Tampoco requiere de mucho texto para explicar las intenciones de Luis, la obediencia inicial y posterior rebeldía de Teo, o los planes oscuros de los adolescentes. Es en realidad en los gestos y en los breves intercambios en los que se desprende la emotividad de la historia. La relación entre Luis y Teo (el debutante Lorenzo Molina) por ejemplo resulta enternecedora dentro de las pocas líneas y acciones que los personajes comparten. Las escenas en las que Luis pone a prueba el conocimiento de Teo sobre minerales o leyes físicas conforman una buena recreación de una paternidad exigente y de una complicidad casi amical. Una conexión similar es la que entabla Teo con Haya, Baca y Raiza, los adolescentes vándalos. Lejos de ser agentes de corrupción para el menor, estos actúan como hermanos mayores acogedores que despiertan en Teo esa inquietud natural por ver el mundo lejos del filtro del padre. Las escenas en las que Raiza (Paulina Bazán) le muestra a Teo como funcionan los bichos de videovigilancia o cuando le cura sus heridas también expresan calor humano en medio de un contexto urbano frío e inhóspito. 

Puede que haya quien confunda la escasez de drama en el guion con pereza narrativa, especialmente hacia el final de la historia. Lo cierto es que este tratamiento sobrio es coherente con el género de ciencia ficción, especialmente del tipo distópico. Allí está la obra de Andrei Tarkovski como referente de que no es necesario incorporar grandes efectos especiales ni epopeyas complejas para elaborar una historia mínimamente intrigante y verosímil. Las escenas de animación que corresponden al interior de la máquina de Luis y al cielo de Lima que reacciona a su efecto evocan las que el director soviético ideó para las alucinaciones y la superficie del planeta Solaris (1972). Es muy gratificante que una película sin acceso a recursos ni tecnología de Hollywood haya podido generar atmósferas lúgubres, sonidos estridentes y efectos prácticos que convenzan al espectador de estar presenciando un fenómeno paranormal. Evidentemente no es la primera peruana en tentar el género, pero creo que es la que mejor ha sabido plantearlo. El director de arte Sandro Angobaldo y los equipos de sonido y animación merecen un reconocimiento especial por ello.           

De igual forma es destacable la labor de Fergan Chávez-Ferrer en la dirección de fotografía, y es que los movimientos de cámara y encuadres en Tiempos futuros desafían los estrechos parámetros en los que el cine peruano comercial suele concebirse. Los travelings destacan no solo en cantidad sino también en calidad, justificándose tanto para un recorrido por el pasillo que da al taller de Luis como para seguir a Teo bajando de un carro desde la ventana del piloto. Por muy triviales que parezcan, estos movimientos impresionan viniendo de un cine que suele registrar todo en planos estáticos propios de anuncios televisivos. En cuánto a los encuadres, estos no solo varían en sus ángulos, entre cenitales y contrapicados, sino también en sus enfoques, atreviéndose incluso con profundos en los que Luis y Teo aparecen en el fondo enmarcados por los tubos de la máquina que engulle el resto del plano. A toda esta variedad de composición hay que añadir los juegos de luces y sombras en interiores, especialmente en las escenas nocturnas, que ayudan a enfatizar la atmósfera enigmática de la ciudad exterior y de la historia en general.

Las canciones de tendencia lo-fi y la banda sonora que fluctúa entre lo trepidante y lo tétrico son  complementos afortunados para una película que fusiona la austeridad “indie” con la ambición de una película comercial, y la visión particular de un director y guionista con la eficacia y el esfuerzo colectivos de técnicos y artistas. No acogerá la historia más compleja, vistosa o emotiva, y no saciará a un público que no concibe la ciencia ficción sin acción, destellos cegadores ni sonidos estridentes. Tiempos futuros no necesita ser ni hacer nada de esto para distinguirse como obra artística concienzuda y ensoñadora en la que su Lima distópica no es más que una proyección provocadora de lo que hemos sido y somos como sociedad errática. Una obra en la que incluso una pequeña dedicatoria al padre del director resulta pertinente para imaginar el origen del proyecto. Quizás este fue un hombre que apostó no tanto por el potencial de una máquina como por el de su propio hijo para hacer llover cine donde pocos se atreven y menos los que lo logran. Ojalá este sea el diluvio decisivo para estimular la fertilidad creativa del desierto limeño.                        

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