Festival DOC NYC: «Ennio, el maestro», el cine y un misionero

ennio the maestro

Hace unos años veía la televisión como cualquier día, de pronto un comercial de Dolce & Gabbana me capturó. Una melodía me introducía a una calle mojada por la lluvia, Matthew McConaughey recogía en un coche a Scarlett Johansson; bueno, eso me era irrelevante. Era esa canción, en una voz femenina hermosa hasta entonces desconocida para mí, lo primero en colárseme, y eran también esas calles de una ciudad distante y el blanco y negro que le terminaban de dar un carácter nostálgico y antiguo al comercial. Luego supe que aquella pieza publicitaria, de la fragancia «The One» de la marca italiana, estaba dirigida por Martin Scorsese y llevaba por título Street of Dreams. No perdí tiempo y busqué la canción, y desde entonces Il cielo in una stanza se convirtió en una de mis favoritas y motivo para buscar otras de quien la interpretaba, la italiana Mina. Hoy, después de muchos años, sé que esa melodía sobre la que descansa el arreglo de Tony de Vita partió de un original de Ennio Morricone. Así sucede con el cine, así sucede con la música, nos encuentra, y ambas cosas fue Ennio. Puede que algunos lleguen antes y otros después a sus canciones, a las películas, a su vida, a su lenguaje, a su genio, aunque lo más probable, como en mi caso, es que él ya nos haya encontrado.

Ennio: The Maestro (2021), es un relato extenso y cariñoso de dos horas y media que le entrega su amigo el cineasta Giuseppe Tornatore como homenaje póstumo, a quien hizo de Cinema Paradiso (1988) un film entrañable, y ya imposible de eludir y de no sentir con toda nuestra cinefilia. Esta composición tan famosa como la película aparece en un tiempo muy, muy breve dentro del documental; lo que da cuenta de una decisión del cineasta de replegarse sobre una historia que resalte su cercanía con el compositor para hablar de Morricone como lo hacen todas las voces que participan dentro del registro: un admirado más. Una muestra de esta decisión en favor de mostrar aquel Ennio que desconocemos, es también darle paso y mayor detenimiento a sus vínculos creativos con otros cineastas y a composiciones, aún más complejas y quizá menos valoradas que la melodía del filme de Tornatore. Es en la relación entre Sergio Leone y Ennio Morricone en la que podemos comprender con mayor claridad el ya indivisible matrimonio de la música y el cine, ambos influenciándose y como el epítome de este desarrollo evolutivo, el anecdótico y particular rodaje de Once Upon a Time in America (1984), desarrollo que para entonces ya había pasado por un silbido, el aullido del coyote, Por un puñado de dólares, Pasolini, la operística, el nombre de Bach en claves musicales y a la inversa, la improvisación, la RCA, Goffredo Petrassi, la trompeta del padre y la suya, y un sinfín de historias que también son la historia del cine hasta llegar al que conocemos, ese que calza imagen en movimiento y música de forma tal que no es posible concebir una sin otra, como dice Boris Poreña, compañero de Ennio en el conservatorio: “Hay algo aquí que va más allá de lo que solemos pensar de la música para películas”, ambas son artes que en la prestancia se potencian y crean la complejidad armónica exacta a lo humano.

Si es entretenido y grato escuchar a compositores como Pat Metheny, cineastas como Roland Joffé, actores como Clint Eastwood o cantantes como Bruce Springsteen hablando de la obra del compositor italiano, tener el testimonio del maestro vuelve al documental un filme indispensable y sentimental. Es él mismo quien va narrando sus procesos de creación, en ninguna persona mejor comprendidos o sentidos. Repasando su vida privada podemos concluir que era un hombre sencillo, tímido, descreído de su propio talento y piadoso por una vida católica y esa declarada admiración por La sinfonía de los Salmos de Stravinsky. Reparando en su inabarcable obra, de casi quinientas composiciones solamente para cine, podemos intentar algunos adjetivos y decir que era laborioso o curioso, pero estaremos aún lejos de completar una línea que se acerque a describirlo o entender su genio creativo. ¿Cómo es que una melodía mostraba su silueta en la mente de este hombre? El final del documental parece una idea simple en la mente del nonagenario ante tantas cosas dichas y adornadas por tantos grandes referentes, pero es el mejor acercamiento a este misterio, al misterio del hombre frente al silencio: “Hay que pensar en la música antes de escribirla. Es un problema. Un problema que está siempre cuando empiezas a componer; y siempre frente al compositor, hay una página en blanco. ¿Qué ponemos en esa página? ¿Qué ponemos en esa página? Aquí hay un pensamiento que debe ser desarrollado. Entonces es necesario seguir con él. ¿Buscando qué? No sabemos”. 

Como dice él mismo: “la música no puede contarse, debe ser escuchada”. Por eso creo ahora que es ocioso, pero sobre todo imposible intentar describir qué sintieron los guaraníes al escuchar el oboe del Padre Gabriel, o Deborah sentada junto a sus naranjas a punto de recibir su primer beso, imposible explicar lo que habrá sentido Totó ante todos los besos que le fueron robados y devueltos por el hombre que mejor lo entendió, el que sabía que ningún amor era para él más grande que el cine; algunas de las historias que hoy no pueden contarse o entenderse sin su alma sonora, que han marcado hitos y transformado el cine sonoro y convertido al compositor europeo en una de sus mayores, o en su mayor influencia. Llama mi atención que la melodía que más se escucha y con la que cierra el documental es la que compuso para The Mission (1986), y quiero interpretar que Tornatore ha visto en Ennio a ese misionero que ha escalado las cuestas del cine y encontrado en una selva virgen curiosos oyentes a quienes ha conquistado legándoles la bondad de su música.



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