«How to Save a Dead Friend», ganadora en la competencia internacional del DOC NYC

How to save a dead friend

Documental más allá del documental. En estricto es uno, en tanto How to Save a Dead Friend (2022) tiene como materia prima registros de la realidad; ahora bien, estamos ante una proeza del cine de la verdad ensamblada de imágenes cotidianas de un videodiario, no planificadas para ser exhibidas como un largometraje que, entablado sobre estímulos muy personales, da en el justo blanco del entendimiento más sobrecogedor de una generación y su interrelación con un espacio-tiempo simultáneamente extendido a más entornos y coyunturas, en los que jóvenes son afectados por un cóctel explosivo de enclaustramiento social, depresión, regímenes autoritarios y desorientación a causa de la desmotivación colectiva de un país sin oportunidades ni concesiones. Para tales efectos, la sombría Rusia del siglo XXI de How to Save a Dead Friend es el preciso contexto.

Han de transcurrir doce años en las vidas de Kimi Morev y Marusya Syroechkovskaya, ella a la postre directora de la película. Son él y ella, como amigos, amantes y almas gemelas. Son él y ella y sus cámaras: todo comienza en 2005 y han decidido grabarse en su cruda honestidad para una incierta posteridad. Las viñetas se suceden, la tecnología de sus dispositivos avanza y los archivos se acumulan. El propósito e impacto narrativos generados en el montaje trazan una línea definida: la Marusya adolescente intuye que pronto llegará su último día en la Tierra hasta que «chica conoce a chico» -el ambiente es una movida musical subte- y Kimi, joven atractivo de pasión grunge, fan de Kurt Cobain será su salvación. Son espíritus de sensibilidad artística y humana que se funden, no obstante el afianzamiento de una fortaleza creciente en Marusya irá en alternancia con el incremento en la vulnerabilidad de Kimi: de ahí el «cómo salvar a un amigo muerto» del título.

How to Save a Dead Friend puede verse como un largo racconto o como un relato progresivo antecedido de una prolepsis inicial dolorosa y premonitoria. El tópico cuasi literario del romance maldito y condenado irá dando paso a una observación compasiva y tributaria. Es un punto en el que convergen nuestra admiración por la resistencia del tejido de esta historia y sus insumos audiovisuales y el avizoramiento de un destino. La mostración directa de la adicción de Kimi a las drogas, la carga de los dramas familiares, las rutinas casuales, cierta desprolijidad y cierta caracterización de «lo millennial» no están ahí para ser juzgadas. Son también provisión e información para una reflexión sobre las respuestas, autodestructivas o proactivas, de una base veinteañera frente a una sociedad pesimista. El retrato del amado y el autorretrato como catarsis; un eventual viaje y las sustancias, legales e ilegales, como vías de escape. La degradación se corporiza en Kimi y en seres cercanos a él. 

Esta iconografía al borde de la invasión de un terreno íntimo, en los viejos bloques de vivienda soviéticos, se articula a imágenes de convulsión política y a una en particular como letanía cada medianoche de año nuevo: estos chicos han crecido y vivido por más de una década con Vladimir Putin en el poder. Es un Estado que abastece para succionar, que consume lo mejor que uno tiene, parafraseando a Charly. Cómo «sacarle la vuelta» vendría a ser la otra pregunta planteada en este documental, en cuyo centro gravita la inexorabilidad de Kimi y el porvenir de Marusya, portadora de la voz. Es la carta de amor definitiva de ella hacia él. Es notorio el menester de capturar su brillantez, inclusive sonorizando sus movimientos. La Rusia de Kimi bien puede ser el Perú nuestro y quedarnos con un comentario suyo sobre la Constitución rusa de 1993: «He vivido más de veinte años con una constitución por la que no voté. ¿No debería una democracia enmendar su constitución cada 10 o 20 años?».

Dato: How to Save a Dead Friend ganó el Premio de la Competencia Internacional en la 13a edición del DOC NYC.



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