[Crítica] «Willaq pirqa: el cine de mi pueblo», un feel-good movie andino


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La importancia de contar historias, de compartirlas. Y también, la importancia de vernos a nosotros mismos, de vernos representados en dichas historias. Esos son algunos de los temas desarrollados por “Willaq pirqa”, una memorable película peruana hablada casi enteramente en quechua, que se lleva a cabo en una comunidad cusqueña a 3800 metros sobre el nivel del mar. Se trata de una cinta de intenciones nobles y tono alegre, que sin abusar de lo cursi o de lo obvio, logra presentarnos una historia que debería apelar a todo tipo de público —desde los más pequeños de la casa, hasta sus padres, sus abuelos, los cinéfilos empedernidos, y por supuesto, aquellos quechuahablantes que quieran verse representados en la pantalla grande.

El protagonista del film es un niño llamado Sistu (Víctor Acurio), un niño curioso y de gran imaginación, que un buen día se entera de la existencia del cine: una suerte de pared que te habla, contándote historias sobre pueblos distintos. Es así que, al acompañar a su padre al pueblo más cercano, se entera de que este cuenta con un cine itinerante, el cual proyecta filmes clásicos como “Enter the Dragon”, “Drácula” o “King Kong”. Emocionado, el niño regresa a casa, dispuesto a contarle a todos sus compañeros, familia, amigos y vecinos sobre esta increíble experiencia.

Si tuviese que elegir una palabra para describir a “Willaq pirqa”, sería “bonita”. Lo que tenemos acá es una película feel-good, que busca agradarle al público con una historia ligera y entretenida, que no tiene miedo de tocar los temas mencionados líneas arriba. Prácticamente no hay conflicto —el único obstáculo para Sistu es resuelto de manera casi inmediata—, la mayoría de personajes se llevan bien entre ellos, y Sistu es presentado como un niño ligeramente rebelde, pero en general, cariñoso hacia su familia y amigos. De hecho, me animaría a decir que se introducen varios elementos al inicio que podrían haber caído en viejos clichés —como un bully en el colegio de Sistu—, pero que felizmente son prontamente abandonados.

Esto último se debe a que “Willaq pirqa” está principalmente interesada en la experiencia que Sistu tiene con el cine, y cómo la transmite a su comunidad. El chico es desarrollado como alguien muy interesado en las historias; en conocerlas, experimentarlas y contárselas a sus seres queridos. Y su amor por el cine es utilizado para transmitir un acertado comentario sobre la falta de representación para buena parte de nuestra población en el cine. Me encantó, de hecho, estar viendo una película como “Willaq pirqa”, hablada principalmente en quechua, que comenta sobre lo poco que se escucha dicho idioma en el cine nacional. Es un comentario de corte relativamente metatextual que no me esperaba encontrar en el filme.

Aparte de Sistu, quien resalta en también es la Mamá Simona, una de las vecinas del niño, y la gran defensora de sus ideas y su amor por el cine. Es ella, de hecho, quien convence a la comunidad de dejarlo ir los sábados al pueblo a ver una película, para luego regresar y contársela a todos. Es esa relación entre una señora mayor y el pequeño lo que le otorga un potente contenido emocional a la película —por más de que culmine de manera algo repentina y no muy bien justificada que digamos. Pero no importa. Es la calidez en sus interacciones lo que resulta en algunos de los momentos más entrañables, y por qué no, hilarantes de “Willaq pirqa”. La película, de hecho, cuenta con varios momentos cómicos de gran efectividad que resultaron en carcajadas en la sala de cine donde la pude ver.

Lo cual, por supuesto, contrasta a sobremanera con varias de las películas ambientadas en los Andes que se han visto antes en el cine. A diferencia de buena parte del cine de prestigio de provincias, “Willaq pirqa” es un filme esperanzador, alegre. Alejándose del miserabilismo y el melodrama, lo que ha hecho el director César Galindo —y su grupo de guionistas— es desarrollar una historia desde una perspectiva inocente e infantil, pero nunca condescendiente o simplista. Es un balance delicado que no creo haya sido fácil de alcanzar, pero que “Willaq pirqa” felizmente ha logrado obtener sin mayores errores. La película se siente como algo que solamente se podría haber llevado a cabo en este contexto y con estos personajes, pero que a la vez, resulta refrescantemente universal y agradable.

El debutante Víctor Acurio hace un buen trabajo interpretando a Sistu, otorgándole una frescura y naturalidad que no se ve con frecuencia en las actuaciones infantiles del cine peruano. Lo interpreta como un niño común y corriente —curioso, juguetón, y obsesivo cuando encuentra algo que realmente le interesa (en este caso, el cine). Todos los adultos hacen un buen trabajo, también, pero es a través del Sistu de Acurio que experimentamos “Willaq pirqa” —no necesariamente como una historia de grandes conflictos, problemas graves o momentos traumáticos, sino más bien como la observación de un período de tiempo memorable para su joven protagonista.

“Willaq pirqa” se siente como una propuesta bien armada; como una experiencia de justa duración (a sus noventa minutos no les falta ni sobre nada), y acabado técnico impecable. Las imágenes conjuradas por el experimentado director de fotografía Juan Durán nos muestran unos Andes impactantes y francamente hermosos, y la banda sonora de Karin Zielinski acompaña muy bien la historia, haciendo uso de un pegajoso leitmotif. Puede que “Willaq pirqa” no se sienta esencial, pero a la vez, hace algo que muy pocas películas peruanas han logrado hacer hasta el momento: transmitir mensajes valiosos a través de una historia de corte feel-good, sencilla pero bien construida. Lo que le falta a “Willaq pirqa” en conflicto y complejidad, entonces, lo compensa con bastante encanto.



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