[Crítica] «EO», la mirada de un burro


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El carácter efímero de la vida; el sufrimiento de los seres vivos, y el sentimiento de añoranza de quienes se han alejado de sus seres queridos —todo visto desde la perspectiva de un burro. Suena a chiste, pero no lo es —de hecho, no podría estar más lejos de serlo. Lo que el cineasta octogenario Jerzy Skolimowski ha logrado con “EO” es impresionante. Esta es una película que se siente casi como un poema tonal, en donde los diálogos hablados están presentes pero aparecen muy de vez en cuando, y en donde una historia logra generar reacciones emocionales en el espectador gracias a un excelente trabajo de montaje, imágenes potentes… y la mirada de un burro.

Si uno dice “EO” en voz alta, suena como los ruidos que hacen los asnos. Pero también es el nombre del burro protagonista de la película, quien nació en un circo polaco, y es muy querido por su dueña, Kasandra (Sandra Dryzmalska). Un día, sin embargo, es pasada una ley que prohibe la explotación animal en los circos, por lo que Eo es atrapado por las autoridades, y alejado de su querida humana. Es así que el espectador comienza a seguir al animal en una suerte de road movie, experimentando con él diferentes sucesos humanos, los cuales son observados por el asno a veces desde la distancia, pero en otras ocasiones, muy de cerca.

La mayor parte del tiempo, tomamos muy por sentado a los animales —no a nuestras mascotas, claro está, sino a los animales de campo, e incluso a las criaturas a las que nos comemos. Muy pocas veces nos ponemos a pensar en cómo serían sus vidas. ¿Dónde nacen? ¿Con quiénes interactúan o con quiénes se relacionan? ¿Llegan a sentir algo verdadero durante su breve estadía en el planeta Tierra, o son acaso pasajeros pasivos, observando todo con un mínimo interés? “EO” pretende contestar todas estas preguntas, presentándonos a burro que es humanizado a través del trabajo audiovisual de Skolimowski, pero sin tornarlo en un personaje de Disney. Es humanización sin antropomorfización; solo a través de miradas, y considerando a “EO” como un burro de verdad.

Lo cual no es fácil de hacer, claramente. Lo sencillo hubiese sido tomar la ruta de “Babe: el cerdito valiente”, del gran George Miller. Pero lo que hace Skolimowski es más difícil: utiliza el poder del montaje y la recontextualización de imágenes para permitirnos empatizar con Eo. Sabemos que es un burro, no más, pero si vemos un primer plano de su mirada, seguido de planos de un partido de fútbol, nos da la impresión de que está viendo y entendiendo dicho partido. Y si lo sitúan en una fiesta, la música y el trabajo de cámara y su rostro seguido de los planos de la gente celebrando, nos generan una sensación muy específica hacia el burro. El animal es humanizado. Al animal le otorgan emociones que podrían estar ahí… o no.

La percepción de esto —y qué tanto se lo crean— dependerá de cada espectador. Pero para vuestro servidor, lo que “EO” logra hacer es llevarnos de la mano en un viaje emocionalmente desgarrador, en el que nos damos cuenta de lo insignificante que es la vida… especialmente para un burro. Un burro que fue muy especial para una mujer, que cambia de dueño y de compañeros constantemente, y que, aparentemente, siente añoranza y tristeza… pero que al fin y al cabo, es un burro de muchos. Es un animal de muchos. Esto es perfectamente ilustrado por el desenlace de la película, que no podría ser más oscuro e inevitable. Estoy seguro que muchos espectadores terminarán de ver “EO” con lágrimas en los ojos.

Es así, pues, que el filme deja muy en claro que sus creadores son grandes amantes de los animales y la naturaleza (lo cual es confirmado por un mensaje que aparece en pantalla antes de los créditos finales). Puede que criaturas como los burros no sean humanas y no perciban el mundo como nosotros, pero eso no quiere decir que sus historias no valgan la pena ser contadas. Y tampoco quiere decir que no son capaces de experimentar toda suerte de sensaciones y sucesos a lo largo de sus vidas. Eo, por ejemplo, termina siendo testigo de un partido de fútbol; ve una sesión de fotos desde lejos, participa de una fiesta, es abusado por un grupo de maleantes (horrible) y hasta se venga de un hombre asesino de animales. Es ahí donde radica la genialidad de “EO”: nos muestra pequeñas viñetas protagonizadas por humanos (entre ellos a una excelente Isabelle Huppert), unidas por la mirada de un burro. Una mirada que parece esconder algo, transmitir algo, y que en una ocasión incluso derrama una lágrima.

“EO” es, pues, de esas películas que podrían sonar extremadamente absurdas en teoría, pero que en la práctica nos termina diciendo mucho sobre la condición humana. Es a través de la historia de Eo el burro que el espectador pasa por una serie de sensaciones, desde la nostalgia, hasta la tristeza, el cariño, y el inevitable terror. “EO” no es una película feliz, pero sí de lo más original que de tenido la oportunidad de ver en este 2022; un año particularmente memorable para el cine… si es que se toman el tiempo de buscar e investigar y encontrar películas tan especiales como “EO”.



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