Cinencuentro

[Netflix] “Ruido de fondo”: Más ruido que fondo

White Noise

El miedo es el eje sobre el cual se ha construido esta película de Netflix. Explora y explota los temores que acechan a la sociedad estadounidense bajo el esquema de una comedia absurda, con una mirada que se pretende sarcástica sobre los personajes, quienes son crecientemente acosados por pánicos irracionales desde distintos ángulos: mediáticos, históricos, sociales, ambientales, clínicos, oníricos, misteriosos, inconfesables y compartidos; al principio, inconscientes y, después, evidentes.

Desconcierto ante lo irracional

Ya de por sí es llamativo que el protagonista principal, Jack Gladney (Adam Driver), sea un reconocido catedrático de una universidad de Ohio, y experto mundial de “hitlerología”, una disciplina académica creada por él mismo y cuya sola existencia revelaría el creciente interés por los horrores del nazismo, a través de su simbología y rituales mostrados en pantalla, en los ámbitos universitarios.

De igual forma, las imágenes iniciales exhiben a su colega y amigo Murray Siskind (Don Cheadle), presentar en clase videos de todo tipo de choques vehiculares sacados de Internet y del cine, y hacerlo en términos positivos, como un ejemplo de alegría y eufórica vitalidad de algún tipo de idiosincrasia norteamericana. El énfasis está puesto aquí en el fenómeno del visionado constante de estos videos.

Más adelante, Murray invitaría a Jack a una sesión conjunta para debatir entre su visión sobre Hitler en comparación con Elvis Presley, sobre quien Murray –en busca de convertirlo en una disciplina académica propia– parlotea como mito cultural, fenómeno de masas y símbolo de la identidad estadounidense, al igual que los crashes en las pistas; todo asociado –en términos contrapuntísticos– con los detalles biográficos del Führer, acotados con fruición por Jack ante un público académico poco menos que extasiado.

White Noise

Por estos episodios es fácil darse cuenta que, a través de tales temas aparentemente inconexos, llevados a un plano absurdo, el director Noah Baumbach quiere satirizar el tratamiento académico de temores planteados como fenómenos sociales y políticos en gringolandia y alrededores; los que se sumarán posteriormente a los que anidan en los hogares yanquis, ya en un plano quizás más personal.

Para ello, la película presenta a la familia de Jack, quien vive junto a su cuarta esposa Babette y sus cuatro hijos, uno de ellos resultado de su relación y los otros, producto de sus respectivos matrimonios anteriores. Las escenas en familia caen bien desde el comienzo, por su clima distendido y alegre. Aparece también el espacio del supermercado como lugar de interacción social y consumo. Pero pronto la hija mayor, Steffi (May Nivola) advierte que Babette consume clandestinamente unas misteriosas pastillas; mientras que Heinrich, el hijo mayor, se muestra activo indagando el entorno catastrofista y, especialmente, el choque de un camión cisterna de combustibles contra un tren con sustancias químicas tóxicas en las cercanías a la pequeña localidad donde viven.

En este contexto aún distendido, los hijos ya han naturalizado el contexto de temores y peligros que atosigan –tanto interno como externamente– a sus padres. Y se vuelven la correa de transmisión de los mismos hacia el matrimonio pero, específicamente, hacia Jack; que empieza a tratar de calmarlos, minimizando tanto el tema de las pastillas como el del accidente, sin percatarse que él mismo –en su actividad académica– contribuye a tal escenario proclive al pánico social. Sin embargo, esto cambia cuando el argumento da un giro con el choque real del camión cisterna con el tren (el que se muestra en montaje paralelo con las charlas y diálogos en familia arriba descritos) y la posterior aparición de una nube tóxica que amenaza al pueblo. 

Tras diversas peripecias de caos y pánico causadas por esta situación, Jack comienza a sentir un incremento de esos miedos internos y advierte que Babette también los padece. Aquí los pánicos externos se interiorizan y el académico empieza a sufrir ansiedad por no saber alemán o por temer estar intoxicado, y luego llega a sufrir pesadillas y una creciente paranoia; esta última relacionada con una situación emocional similar de Babette. En este punto es que el argumento da un nuevo giro y por fin llega la risa y se puede entender lo que está pasando en la pareja, lo cual –aunque un poco convencional– termina siendo muy divertido ya que se mantiene el tono en general medio rocambolesco de la puesta en escena.  

La situación de desconcierto durante buena parte de la cinta se refuerza por una mezcla sucesiva de humor absurdo, escenas de películas de catástrofe con elementos visuales de ciencia ficción, pesadillas propias de cine de terror, sátira de la academia estadounidense, vida familiar vivaz, crisis de pareja, crisis existencial, una persecución vehicular y hasta un musical. Ya es un logro que este tropel de componentes multigénero logre encajar en una cierta estructura dramática que dé sentido a toda la obra.    

White Noise

Pero quizás la mayor objeción es que la risa plena llegue recién pasada la mitad de la película. Es cierto que antes hay situaciones irónicas y uno sonríe ocasionalmente, pero reír, reír, ñangas. Es decir, esta es una comedia donde la risa demora en llegar; mientras tanto se ven situaciones ridículas, otras más o menos extravagantes, unas terceras más trágicas que cómicas y, en general, no del todo bien hilvanadas. En consecuencia, hay partes más allá de la primera mitad del filme que no dan risa (y que son o parecen ser serias) pero que, sin embargo, terminan siendo muy interesantes; generándose un desbalance medio raro que no obstante impide calificarla como un filme fallido, como se verá a continuación.

El absurdo en forma y fondo

La “hitlerología” hace referencia al notorio aumento, desde el inicio del actual siglo, de obras “históricas” sobre la supervivencia del dictador luego de la rendición alemana en 1945 y el consiguiente incremento de teorías conspirativas sobre este tema (y muchos otros, por cierto); además del auge de grupúsculos neonazis en el presente. El historiador británico sir Richard Evans revela que «pese a todas las pruebas que demuestran lo contrario, en el siglo XXI se han dedicado más libros a la sobrevivencia de Hitler en Argentina que en el total de los cincuenta y cinco años precedentes», por parte de «toda una serie de autores y periodistas de diversa condición [que] han continuado insistiendo en que la historia de la fuga del búnker posee una base real» (Evans, Sir Richard, «Hitler y las teorías de la conspiración. El Tercer Reich y la imaginación paranoide», Barcelona: Crítica, 2021; p. 208). Esto se refiere solo a una de varias teorías conspirativas sobre Hitler y –aparte de la seudo ciencia– a muchas más sobre diversos temas, las que son seguidas por millones de personas. 

Mientras que la difusión de videos de choques vehiculares y catástrofes naturales se ha vuelto también recurrente en redes sociales. Yo mismo sigo estos reels –que por deformación profesional nos gustan a los periodistas de televisión– en mi cuenta de Instagram (lamento que Baumbach no haya incluido los de extracción de espinillas y reventazón de chupos, mis favoritos de TikTok). Esto puede ser una referencia relativamente lejana a la polémica cinta “Crash” de David Cronenberg, la que asocia el fetichismo de los accidentes de carro con el sexo. En todo caso, hay algo de adicción y de obsesión cuasi hipnótica en el consumo de estos videos en línea, que no solo alimentan (inconscientemente) los temores sobre nuestra vida y salud sino que también implican el consumo –en el fondo inútil– de parte o todo del tiempo libre.  

En ambos casos, lo que tenemos en la película es el consumo constante de miedos e imágenes de catástrofes (además de reificación del genocidio, en el caso de los nazis), a lo que se suma un desastre “real” previamente aludido, que genera a su vez más temores (envenenamiento del ambiente y de las personas), que trae consigo recuerdos de la pandemia de la covid-19 (reclusión, cuarentena) y pánicos derivados de sus eventuales secuelas. 

En ese sentido, ya en el plano íntimo, el reconocido temor de Jack a informar al médico no digamos ya de síntomas sino incluso de simples sospechas (en realidad, temores) sobre su salud sugiere la desconfianza en la ciencia; mientras que la decisión de Babette apunta a la confianza en la seudo ciencia. Y la justificación final de ambos –el miedo a la muerte– es, pese a sus ribetes existenciales, un mero pretexto ya que esto es una forma más de ansiedad o incluso una fobia, cuya fuente sigue siendo el miedo.

Al aludir al miedo de todos los miedos (la muerte), lo único que hacen los personajes es retroalimentarlos. Al mismo tiempo, para calmar las ansiedades que esto les genera recurren al consumo de ansiolíticos, lo que conduce a reciclar la secuencia de adicciones de todo tipo que rigen mucho de la vida social en Estados Unidos. Esta idea del consumo (de tiempo y miedos) se relaciona con la presencia de los supermercados, donde se encuentran no solo los personajes sino también sus hábitos de consumo básicos y convencionales.   

De otro lado, el humor absurdo en esta obra hace referencia justamente a lo absurdo e injustificado de estos temores, así como a su sinsentido y a su total gratuidad. De esta manera, en la puesta en escena de esta obra se unen un procedimiento formal con otro de contenido: el absurdo en forma y fondo que subyace a las acciones de los personajes. Si lo vemos desde esta perspectiva, la película es perfectamente homogénea, lógica y coherente.

Arte perturbador

White Noise

Sin embargo, desde el punto del multigénero hay filmes que han logrado un mayor equilibrio entre sus ingredientes, como por ejemplo “El menú”, dirigida por Mark Mylod, que exhibe un balance casi perfecto entre la comedia, el filme de suspenso y hasta de terror, por partes iguales; aunque a costa de una menor ambición y una mayor concisión narrativa.

Desde el punto de vista de la comedia disruptiva, “Ruido de fondo” (White Noise, 2022) es comparada con la –en su momento– exitosa  “No mires arriba” de Adam McKay. La diferencia es que esta última cinta va realmente hasta el fondo en su sátira a las teorías conspirativas (aunque, en mi opinión, se queda corta en relación con su crítica a los medios de comunicación). 

En cambio, la película que comentamos se limita a su título, es decir, se queda en el “ruido” y no llega al “fondo” de los temas que satiriza, específicamente, del miedo. Una explicación, relativamente plausible, es que en sociedades presuntamente “satisfechas” (países desarrollados o del “primer mundo”), hay un mayor temor (irreal) a perder tal estatus, en términos de capacidad de consumo. 

Lo que se expresaría en el consumismo, tan irracional como el miedo que lo alimentaría, y que la película cuestiona con humor absurdo. Cuando cierto sector del público intenta relacionar Hitler, choques de carros, nubes tóxicas y supermercados, como que se genera una cierta sensación de extrañeza que quizás disimula la simple incomprensión; y, como reacción defensiva, indiferencia. Pero –valga la paradoja– una indiferencia forzada, puesto que las peripecias son ora estrambóticas ora entretenidas, por lo que siempre quedará un llamativo gusanillo de incertidumbre e incomodidad horadando en el recuerdo del filme. Incluso, llegando a hacer que un segmento de espectadores se sienta aludido y cuestionado en su propio consumo audiovisual. Y que podría ser una invitación a indagaciones realmente más profundas e inquietantes, como las del citado filme de Cronenberg.      

White Noise

En esa línea, es posible que se llegue a algo angustioso: la sospecha de que muchos de los consumos en los que no habíamos pensado ni considerado como tales, al verlos en esta película ya no resulten tan inocentes, inocuos o casuales; sino manifestaciones de un mundo pesadillesco que habita en nuestra mente y en nuestras pantallas, como ocurre hasta cierto punto con los personajes de esta cinta. 

Ya el solo hecho de que ocurra tal perturbación es señal de que estamos ante una obra con valores artísticos, ya que el arte es –también y muchas veces– profundamente perturbador al revelarnos facetas de nuestra existencia que desconocíamos; como los temores totalmente irracionales y sus consecuencias en la salud mental.  

Cabe agradecer que Baumbach –posiblemente siguiendo la novela de DeLillo– evite los temores más manidos u obvios (el terrorismo o las mutaciones víricas derivadas de la descontrolada incursión industrial o humana en el medio ambiente) y se centre en asuntos aparentemente marginales, como los señalados antes. Esto es lo más original en la película.   

En todo caso, es justo decir que el cine, o el arte en general, no puede aspirar a dar una visión mucho más profunda de estos fenómenos socioculturalmente complejos; que quizás ameritarían también un abordaje con herramientas conceptuales propios de la ciencia social. Sin embargo, ya es bastante que películas como la que comentamos los señalen y exploren bajo su muy peculiar enfoque estilístico. 

Finalmente, hay que destacar la buena actuación de Adam Driver en el papel de un catedrático cincuentón, ligeramente panzón, que trata de ejercer un eficaz liderazgo familiar pero que luego, gradualmente, va desbarrando ante sus propias inseguridades respecto al mundo y hacia su esposa. Greta Gerwig, por su parte, reedita su rol de chica light y cool que también evoluciona, en términos maritales, con irrevocable tranquilidad hacia la debacle emocional. 

En ambos casos las ansiedades giran en torno a la salud física (que, hasta donde se ve, es perfecta) y la salud mental (próximas al delirio). Los demás actores (y especialmente los Nivola) cumplen con eficacia sus roles secundarios e incluso hay una aparición –vaya uno a saber por qué motivo– hacia el final del filme de Barbara Sukowa, la gran actriz alemana. 

“Ruido de fondo” es una película que me dejó pensando –como lo atestiguan las digresiones anotadas en esta crítica– pero que también, en el giro argumental de su segunda mitad, me hizo reír ante el absurdo y gratuidad de todo el despliegue dramático y físico que ejecutan los protagonistas principales de esta singular obra. A pesar de sus elementos disruptivos (que no la ponen fácil para todos los gustos) pero también gracias a estos (que apuntan a develar los temores irracionales que dominan la vida cotidiana), “Ruido de fondo” es una película relevante, entretenida y que vale la pena ver y disfrutar.      

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