“Barbie”: Una comedia de marketing ficción

Barbie

“Barbie” es una operación comercial a gran escala para relanzar la marca de la popular y controvertida muñeca infantil o, más precisamente, muñecas, porque hay más de dos centenares de Barbies de igual número de profesiones, razas e incluso nacionalidades; desde el estereotipo inicial (Margot Robbie), pasando por la afrodescendiente Barbie presidenta de Estados Unidos (Issa Rae), hasta la Barbie boliviana (con sus polleras y todo el correspondiente alijo).

Que esto sea parte de una estrategia de marketing global no es una novedad. Sí lo es que el directorio de Mattel, la firma propietaria del juguete aparezca, como personaje, en la película. Pero lo relevante es cómo se lo presenta: de manera caricaturesca, como un grupo puramente masculino que sigue a pie juntillas a un CEO imbécil (Will Ferrell). 

Son los únicos personajes que no sufren ninguna transformación hasta el final de la cinta: permanecen en su mismo estado de cuasi primates; incluyendo también a un representante de los propios empleados en el grupo. La única motivación enunciada para sus acciones es el beneficio económico para la corporación. Así que la motivación comercial y el ejercicio de marketing quedan meridianamente claros.

Ironía y auto ironía

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Hablando de primates, el filme empieza con una imitación de la famosa escena de “2001: Odisea del espacio” en la que unos gorilas prehistóricos adoran, asombrados, a un misterioso monolito; tras lo cual enarbolan un hueso, usado antes como arma y luego como herramienta, tras lo cual viene una de las elipsis más famosas de la historia del cine, en la que el hueso se convierte en una nave flotando en el espacio exterior. Solo que aquí son unas niñas que admiran a una Barbie estereotípica cual efigie divina y enarbolan sus antiguas muñecas quebrándolas en las piedras y lanzándolas por los aires, con el mismo famoso tema musical de la conocida cinta de ciencia ficción como fondo.

A estas alturas, está claro que una segunda característica del filme es la ironía y, sobre todo, la auto ironía. Así, tras la emblemática elipsis en la obra de Kubrick, en la que se pasa de la Edad de Piedra a un viaje a Júpiter, en Barbie pasamos del momento “fundacional” del juguete al presente o futuro muy próximo (en todo caso, deseable) en que se desarrollará la acción. De esta manera, nos saltamos los 64 años de vida comercial de la muñeca, a un contexto fantástico –en lo que sería una comedia de marketing ficción– pero con inocultables referencias a la realidad y el presente.

Así, conocemos la vida de Barbie en “Barbielandia”, una ciudad matriarcal de juguete donde están todas las Barbies, las que son autosuficientes, perfectas y exitosas, y donde tienen un dominio total sobre (los) Ken, un accesorio que es presentado también en sus múltiples variantes masculinas. En este mundo ideal, femenino y multirracial, las barbies ocupan la cumbre de la pirámide social y todos los cargos de responsabilidad: Presidencia, Corte Suprema, sistema de salud, etc. Todas son profesionales, han ganado el premio Nobel y todas las noches son “noches de chicas”; mientras que a los varones les toca una vida de juegos anodinos en la playa. 

Esto cambia cuando la Barbie estereotípica comienza a tener pensamientos anómalos (sobre la muerte) y problemas corporales inesperados (pies planos, síntomas de celulitis). Alarmada, consulta con la Barbie “rara” (Kate McKinnon), quien le recomienda que vaya al mundo real a buscar a una niña que está jugando con ella. Cuando la Barbie estereotípica viaja (junto a un Ken que se las arregla para acompañarla), ambos descubren que en el mundo real las cosas son totalmente distintas. Allí (o sea, acá) reina el patriarcado, a diferencia de “Barbielandia”, produciéndose diversos contrastes y peripecias en ambos mundos (el real y, de vuelta, el de juguete). Como resultado, tanto la muñeca, como su accesorio Ken, descubrirán que no se sienten cómodos ni realizados: ella, con su papel de estereotipo, y él, con el mandato de género patriarcal (y machista) que en el mundo real conoció y quiso asumir. Y este es uno de los grandes aportes de la cinta.

Realidad e irrealidad

En la contraposición entre el mundo de juguete (matriarcal) y el mundo real (patriarcal), lo importante es la toma de consciencia de ambos personajes sobre el hecho de que existe un mundo irreal (=de juguete=perfecto=comercial) y un mundo real, donde la vida no es solo un juego, donde las personas no son un estereotipo perfecto, sino contradictorias y vulnerables; ni tampoco son un producto que se compra y vende, sino seres humanos que tienen aspiraciones, autonomía y deseos (ser lo que quieren, ser uno mismo=identidad).

(Naturalmente, el mundo de juguete creado por Mattel y el marketing existen, pero no agotan lo existente. Lo irreal es creer que solo existe tal mundo, limitando lo real a esa zona de confort donde residen mis creencias, gustos o deseos; lo que me separa de la realidad vía el bloqueo o limitación al conocimiento –y tolerancia– de otras muchas creencias, gustos o deseos).   

En tal sentido, los personajes estereotípicos sufren un problema existencial ya que su condición les impide desarrollarse plenamente y no hallan sentido a su vida (mediante el auto descubrimiento constante). La única forma de superar este problema es abandonar el mundo irreal y trasladarse al mundo real. De esta forma, la película cuestiona tanto a “Barbielandia”, como un espacio comercial-irreal limitante, como al patriarcado, como parte de un sistema de poder igualmente limitante pero real. 

Finalmente, tanto la Barbie estereotípica como Ken no se sienten identificados con esos sistemas de sexo-género que les son impuestos. Y la directora Greta Gerwig plantea a la protagonista dar como primer paso para superar esas limitaciones el instalarse en el mundo real. 

Destrucción creadora de sentido

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Es en la ruta hacia esa búsqueda de identidad en el mundo real que la película cuestiona (y se burla de) ambos sistemas de poder y, especialmente, al/del patriarcado (un desilusionado Ken creía que este se limitaba al gusto por los caballos). Lo interesante es cómo lo hace: describe cada sistema, los contrasta y luego los socava, de la misma devastadora forma con que trata al directorio de Mattel; y todo en clave irónica, no olvidemos que estamos en una comedia de marketing ficción. 

Esto nos conduce a más contraposiciones (y contradicciones), entre las que señalo:

  • Barbie critica el consumismo pero, al mismo tiempo, ella misma es un producto de consumo masivo y toda “Barbielandia” está recubierta de plástico rosado y colores pastel espectaculares.
  • El filme cuestiona los sistemas de sexo-género pero sus personajes son totalmente asexuados, castos y célibes a más no poder; y donde, no obstante, se presenta a Barbie como referente de sexualización de la mujer.
  • Barbie descubre y predica la imposibilidad de la perfección física, pero ella misma es un ícono de la belleza perfecta para las niñas; pese a que su cuello y cintura sean prácticamente imposibles para un ser humano.

Pero quizás la principal contradicción sea que Barbie es confrontada por Sasha (Arianna Greenblatt), la preadolescente que, en realidad, NO “está jugando” con ella desde el mundo real; sino que, por el contrario, hace una crítica intelectual devastadora de Barbie y se lo dice en su cara. Hija de Gloria (America Ferrara), una de las diseñadoras de Mattel, Sasha luego acompañará –con su madre– a la protagonista por las peripecias que pasará tanto en el mundo real como en “Barbielandia”. 

Estas contradicciones marcan un sendero hacia el cambio de Barbie como personaje y, a la vez, desde el punto de vista del marketing, esta línea narrativa vendría a ser un equivalente al “grupo de enfoque” (focus group) o a una “entrevista a profundidad”, en la cual la marca Barbie capta percepciones de su “público objetivo”, para aplicar “recomendaciones” para su relanzamiento comercial a partir de esta información. Algo a medio camino entre la “lavada de cara” y una expiación. 

De tal manera que la película describe –a partir de este mecanismo de enunciación y destrucción– el punto de partida para el relanzamiento de la marca Barbie, incorporando un nuevo enfoque, más “humanizado” en términos de género, de “Barbilandia”. Así, por ejemplo, gradualmente empezarán los cambios en este mundo de juguete y el matriarcado cederá espacios a favor de los accesori…, perdón, los varones; por lo que también habrán algunas “noches de chicos” y una bienvenida equidad de género entre muñecos.         

Aunque no se muestra explícitamente, estos cambios presumen una crítica al patriarcado (y al mundo de juguete) que se podría extender –desde el mundo real– también a los prejuicios, los “sentidos comunes” derivados de estos y de teorías conspirativas y visiones dogmáticas (no abiertas al cambio); reforzadas mediante la tecnología y socializadas a través de las redes. Lo que se da por “superado” en este hipotético salto desde la secuencia inicial (fundacional) al presente, en el que las diferencias de género se abordan desde una nueva perspectiva, existencial. 

En consecuencia, cuando en la película se habla del mundo real también se hace referencia a un espacio de cuestionamiento de las ideologías, lo que conduce al enfoque feminista de “Barbie”.

El feminismo según Barbie

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Un feminismo limitado, en dos sentidos. Por un lado, porque no hay un feminismo, sino feminismos. Desde el siglo XIX al presente se han desarrollado hasta cuatro “olas” que acompañan los avances en derechos para las mujeres. Al interior de estas olas han surgido corrientes, como el sufragismo, el feminismo marxista, el socialista, el feminismo liberal (y su variante, el feminismo corporativo), el feminismo radical, y un largo etcétera. Y dentro de cada corriente hay diversidad de temas, teorías, activismo y numerosas autoras. 

Por lo que “Barbie” no aspira a (ni podría) tener un enfoque global sobre un movimiento social tan vasto como el feminismo. En consecuencia, el filme se limita y ubica en la segunda ola y el feminismo liberal, enfocándose en el tema de la igualdad género, con énfasis en el desarrollo profesional de las mujeres e incorporado alguna reflexión más reciente (el peso de los mandatos de género). Pero incluso en ese contexto teórico, la película se restringe a la recuperación y actualización de los contenidos de la marca en los años 60 y 70 del siglo pasado.

Recordemos que allá por 1962 la muñeca Barbie ya era propietaria de una casa, en una época en que las mujeres estadounidenses aún no podían acceder a hipotecas. Asimismo, el juguete femenino fue una adelantada en varias profesiones y ocupó cargos a los que solo después accedieron las mujeres; así como a otros logros que aún no alcanzan, como viajar a la Luna. Además, Ken surge después de su novia, a diferencia de Eva, que surgió de una costilla de Adán. Mientras que la película enfatiza que su protagonista no está definida por su relación con Ken (y, viceversa, este tampoco); ambos son autónomos hasta el final, al punto que Barbie no tiene hijos. 

Y en el último bloque de la cinta, Barbie se manda un notable monólogo donde enuncia distintas maneras –abiertas y sutiles– en las que actúa el patriarcado bajo la forma de sentidos comunes y/o mandatos contra las mujeres, que vale la pena reproducir íntegramente:

Barbie

«Es literalmente imposible ser mujer. Eres muy hermosa e inteligente y me parte el alma que no creas ser suficientemente buena. Es como si siempre tuviéramos que ser extraordinarias, pero de algún modo, siempre lo estamos haciendo mal. Tenemos que ser delgadas, pero no demasiado. No puedes decir que quieres ser delgada, sino que debes decir que quieres un peso sano, pero sí tienes que estar delgada. Tienes que tener dinero, pero no puedes pedir dinero, porque eso sería grosero. Debes ser jefa, pero no puedes ser dura. 

Debes liderar, pero no puedes aplastar las ideas ajenas. Tienes que amar ser madre, pero no hables de tus hijos todo el tiempo. Tienes que ser una profesional, pero al mismo tiempo, siempre cuidar a todos los demás. Tienes que responsable de la mala conducta de los hombres, lo que es de locos, pero si haces notar eso, se te acusa de ser una quejosa. Tienes que mantenerte bonita para los hombres, pero no tan bonita para como para tentarlos y amenazar a otras mujeres porque se supone que formas parte de la hermandad.

Siempre tienes que destacar y siempre ser muy agradecida. Pero nunca olvides que el sistema está arreglado, así que encuentra la manera de reconocerlo, pero también de estar siempre agradecida. No debes envejecer nunca, nunca ser grosera, nunca presumir, nunca ser egoísta, nunca fracasar, nunca mostrar miedo, nunca pasarte de la raya. ¡Es muy difícil! Y es demasiado contradictorio, nadie te da una medalla o te dice gracias. Y resulta que, de hecho, no solo estás haciendo todo mal, sino que todo es tu culpa. Ya me cansé de verme a mí misma y a cada una de las mujeres del mundo hacer hasta lo imposible para gustar a la gente. Y si todo eso también es cierto para una muñeca que solo representa a mujeres, entonces ni siquiera lo sé». (Vía Telva: “Lo mejor de Barbie no es Margot Robbie, sino el discurso feminista que hubiese querido Meryl Streep”).

Aquí se expresa la enorme inversión de energía emocional que deben desarrollar las mujeres en su cotidianeidad y proyectos de vida a causa de las limitaciones impuestas por las visiones machistas. Y lo importante es que se presentan como comportamientos y actitudes (reales), antes que como ideología (muchas veces irreales y generalmente limitadas y limitantes). 

Pese a su contundencia, desde un punto de vista cinematográfico, este es un punto débil del filme, ya que estos conceptos debieron expresarse narrativamente, así sea solo porque tal lista de conductas impuestas se pierde por la velocidad con la que se enumeran. Aunque reconozco que esto supondría un mayor desarrollo argumental y dramático; y una mayor duración del filme, un riesgo que los productores posiblemente no estarían dispuestos a asumir.  

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En todo caso, esto no impide, sino que más bien ratifica la alineación del filme con ese feminismo liberal. Su punto de partida, que lo asocia (a todas las corrientes del y) al feminismo en general, es la idea de igualdad de derechos y oportunidades para mujeres y hombres; es decir, la equidad de género y no la sustitución del dominio masculino vigente por el de las mujeres. Aunque, en la actualidad hay sectores muy minoritarios dentro de este movimiento que –ante los lentos avances de las demandas feministas y de las mujeres– sí plantean tal dominio femenino sobre los varones.

Esta idea de que el mundo será más humano si es gobernado por mujeres puede rastrearse, por ejemplo, en la película “El color púrpura” de Spielberg –y en la novela de Alice Walker, en la que está basada–, la cual postula que “el lesbianismo… resulta el eje sistematizador de un conjunto de comportamientos alternativos que permiten la mantención y reinterpretación de las instituciones tradicionales (la pareja, la familia, la religión y –en cierta medida– el Estado)”.

De hecho, “Barbielandia” es un mundo de juguete donde rige tal sistema de poder, en el que hay un dominio femenino completo sobre los varones, representando una situación invertida en relación con lo que sucede en el mundo real, donde se presenta la hegemonía patriarcal. Esto da pie a las críticas de los fundamentalistas religiosos y extremistas políticos contra el filme por ser “anti hombres”, muy “woke” (inclusión forzada de minorías) y por la presencia de la actriz transexual Hari Nef como la Barbie médica. 

Sin embargo, recordemos que, tras su secuencia inicial, la película da un tremendo salto de tiempo hacia “Barbieland”, una sociedad matriarcal, utópica, distópica, ideológica o como se quiera ver, pero que le sirve a la directora para contraponerla a su opuesto similar en el mundo real: el patriarcado; para luego criticarlos a fondo o superarlos. Los marxistas llamarán a esto dialéctica, y los posmodernos, deconstrucción. 

Pero lo importante aquí es el énfasis en el mundo real y no tanto en el de juguete (irreal); en el que este último también funciona como referente de multiculturalismo, mientras que en el primero (el mundo real) se desarrollan la tolerancia y autonomía (libertad, interior y social) existentes y a los que se añade la idea de igualdad de género en el plano de los comportamientos y actitudes (y no en el de mandatos ideológicos o de género). Es decir, se cuestiona todo lo que limita de desarrollo humano pleno de varones y mujeres. 

Barbie

Por tanto, y dado el mecanismo de enunciación/contraste/destrucción, no hay una actitud totalmente contraria a los varones en esta obra, ya que Ken finalmente reconoce que los mandatos patriarcales lo conducen a una violencia innecesaria. No obstante, otra debilidad de la película –dado su enfoque feminista limitado– es omitir el tema de la violencia contra la mujer (aunque podría estar implícito hasta cierto punto en el monólogo-enumeración de la Barbie estereotípica). 

Gerwig, astutamente, ha desviado el problema de la violencia hacia los varones, en el sentido de que estos terminan enfrentándose entre sí, como una extensión de su mandato patriarcal hacia la dominación; del cual al final desistirán. A su vez, esta idea se compagina con lo señalado en “El color púrpura” sobre cómo la violencia machista solo podrá ser superada en una sociedad más equitativa y conducida por mujeres. Sin embargo, la omisión a la violencia contra la mujer persiste como otra debilidad de la cinta.                            

Hasta aquí, y en la medida de mis posibilidades, he ofrecido una interpretación lo más coherente posible del “feminismo según Barbie”, sin embargo, es evidente que se mantienen contradicciones que dan pie a críticas incluso desde otras corrientes del feminismo. Aparte de las anotadas más arriba, tenemos –pese a mediatizaciones y atenuantes, varios válidos– el hecho innegable de que Barbie se presenta como patrón de sexualización de la mujer y su mundo es un matriarcado, sistema que reproduce en sus rasgos generales un dominio que podría expresarse también por la invisibilización, inferiorización, discriminación, exclusión, entre otras situaciones, del varón.

Identidad múltiple         

Sin embargo, al recuperar el ámbito de lo real –la objetividad, lo delimitable– y de las actitudes y comportamientos (actos, antes que ideas), nos topamos con la naturaleza contradictoria y vulnerable del ser humano. Y es en este ámbito en el que trascendemos los conflictos identitarios para asumir la necesidad de trabajar para descubrir o evidenciar las identidades múltiples que existen el mundo multicultural, pero también al interior de cada persona: es el momento de rescatar ese manido lugar común, el de que “cada persona es un mundo”. Por esa línea, la de rescatar la complejidad de lo humano, es que va el desenlace de esta película. 

En su cuestionamiento a la política de cancelación, la escritora colombiana Carolina Sanin, defiende sin tapujos lo contradictorio: “lo que se está cancelando –y por eso es tan peligrosa [la política de la cancelación]– es el matiz, la posibilidad de pensar dos cosas al mismo tiempo y la complejidad del ser humano, que podamos ser de muchas maneras al mismo tiempo y cambiar. Esa negación de la complejidad viene al lado de la política de la identidad”. (Carolina Sanín: «Hoy las novelas son esos bodrios de Vargas Llosa»).

La idea de que “podamos ser muchas maneras al mismo tiempo y cambiar” me parece clave porque relaciona la libertad con la evolución y la posibilidad de no sentirnos limitados por condicionamientos de clase, poder, género o cualquier otro. Acepto que Sanin es un personaje controversial, pero no es la única que asume esta reivindicación de lo contradictorio. El finado Nikolaus Harnoncourt, por ejemplo, también se ubica en esta línea al mostrar cómo en el arte (y también en la vida) tiene cabida “la posibilidad de pensar dos cosas al mismo tiempo”, incluso opuestas: 

“El estilo humano de pensar aspira a la lógica, a las ideas que exigen un claro sí o no. Este estilo responde plenamente al ideal del pensamiento científico-natural del hombre, pero no a su pensamiento fantástico. El lenguaje verbal no admite contradicciones, no se puede responder a la vez con un sí y con un no. En cambio, desde el punto de vista del sentimiento, el sí y el no siempre pueden coexistir. En el fondo, la contradicción consigo mismo es lo que más le molesta al ser humano… La música [léase, el arte], en cambio, me permite expresar directamente lo contradictorio”. (Harnoncourt, Nikolaus, “La música es más que las palabras”, Barcelona: Paidós, 2010; p. 125).   

Una idea clave de Harnoncourt, quizás el más grande de los eruditos musicales recientes y famoso director de orquesta, es cuando reconoce que “la contradicción consigo mismo es lo que más le molesta al ser humano”. Para resolver o acallar esa disonancia interna es que decimos sí o no; pero si enfrentamos o aceptamos la disonancia, diremos sí y no. En el primer caso partimos y excluimos, escogemos o privilegiamos la parte sobre el todo; en el segundo, unimos y aspiramos al todo, a lo contradictorio. Es en este mundo de los sentimientos y del arte que nos zambullimos en la complejidad de lo humano; y nos apartamos de los condicionamientos que limitan o discriminan a las personas, como en el caso de Barbie y Ken.

Y quien precisa más claramente este punto es la filósofa Jeanne Hersch, a quien cité en mi extensa reseña crítica de “Tar”: “he renunciado desde hace mucho tiempo –sobre todo cuando se trata de realidades filosóficas– a considerar la contradicción como un defecto. Antes bien, cada vez que se toca un punto esencial de la condición humana –y en filosofía los buscamos– una figura contradictoria emerge ante nosotros. Tal vez la contradicción es un instrumento privilegiado que nos permite o que nos ayuda a trascender”. (Hersch, Jeanne, “Tiempo y música”, Barcelona: Acantilado, 2013; p. 40).

Es esta aspiración a la trascendencia, no solo en el tiempo sino también a través del arte cinematográfico y en la compenetración con lo humano, que se entiende la visión compleja de Greta Gerwig en esta notable película que –en tal sentido e incorporando contenidos propios del feminismo– busca ir más allá de cualquier encorsetamiento ideológico; pero siempre en el marco de la comedia de marketing ficción.  

Valores audiovisuales

Parte importante de esta puesta en escena es el enorme trabajo de dirección artística y escenografía destinado a recrear el mundo irreal, simbólico y lúdico de “Barbielandia”; así como la labor de vestuario y maquillaje que lo complementa, conduciendo la imagen casi hasta la saturación del rosado y las tonalidades pastel. No obstante, esta no es una cinta propiamente para público infantil sino más bien para adolescentes y adultos; y con inocultables intenciones comerciales, aunque no apuntaría solo a ventas de productos sino principalmente a explotar la propiedad intelectual. A estos se ha destinado la inversión, buscando recuperar, mantener e incrementar la fidelidad del público consumidor hacia la marca.

En la misma línea va la música y las coreografías que la convierten, también, casi en un musical; destacando especialmente la gran escena de baile de los Ken. Definitivamente, esta es una cinta para verla en pantalla grande a fin de obtener el mayor disfrute de sus varios números musicales, y la infinidad de detalles satíricos que se insertan en la acción (cuando uno recuerda algunos de estos puede advertir lo punzante de la ironía que destila el filme).   

Acción que, por cierto, transcurre en un tempo muy veloz y donde la simultaneidad de acción externa, diversión, parodia, sátira y producción de sentidos complejos (y, en parte, contradictorios), atenta contra la comprensión profunda que amerita esta obra (y que aquí hemos intentado desentrañar, en alguna medida). 

En este contexto vertiginoso y hasta de vorágine, las caracterizaciones de la pareja protagonista son notables ya que no parecen para nada bobos, aunque hacen bobadas casi todo el tiempo. En tal sentido, cabe destacar el notable trabajo actoral de Margot Robbie, quien combina muy bien su rol de juguete feliz y autosuficiente, con los momentos de vulnerabilidad y tensión creciente durante persecuciones varias y, finalmente, en momentos de reflexión íntima; que permitirán, en el espectador convencional, al menos vislumbrar que no está frente a una simple película de entretenimiento sino ante una obra con capas de sentido vitales que van apareciendo y desarrollándose durante las aventuras de la icónica protagonista.

Lo mismo ocurre con la interpretación de Ryan Gosling, quien se las apaña manteniendo su rostro de muñeco de juguete a lo largo de todo el metraje, pero consiguiendo –con ese limitado rango gestual– mostrar su auto descubrimiento y evidenciar su posterior transformación, sin dejar de ser tampoco irónico en su desempeño exterior. Lo ayuda, en tal sentido, sus partes de acción externa, como por ejemplo su coreografía de persecución con los caballos de juguete, entre otras.

En suma, una película entretenida pero no solo para pasar el rato, sino también para disfrutar el conjunto de componentes cinematográficos y apreciar los procesos de creación de sentido, destinados al relanzamiento comercial de esta marca; además de un cuestionamiento del patriarcado y sus mandatos de género sobre hombres y mujeres, rescatando el ámbito de lo humano como un espacio complejo y contradictorio en los que vivir libremente. Altamente recomendable y creo que hasta podría animarme a un segundo visionado.

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