«Perfect Days»: Wim Wenders redignifica la rutina, desde el país del sol naciente

perfect days 2023

Solemos escuchar cuando alguna película tropieza con la pretenciosidad, el argumento indeseado de que ‘no sucede nada’ como la explicación al hecho de ser un vano ejercicio soporífero durante su visionado. Ejemplos abundan y no viene al caso ahondar en ellos. Cabría plantearse, partiendo del entendimiento más occidental que podamos tener, si es necesario que para que un largometraje sea efectivo en sus intenciones, la obligatoriedad de sorprender con un giro en su trama o, como mínimo, en un cambio de ritmo deben ser requisitos indispensables. Como siempre, las excepciones a la regla existen y ello es lo que me conduce a plantear la siguiente pregunta: ¿Qué es lo que sucede cuando un genio de tiempos -no tan- pasados decide inmiscuirse en la metódica idiosincrasia japonesa para proponer, mediante una pulcrísima cinematografía, la defensa irrebatible de la belleza en la rutina? Pues, Perfect Days del mítico director alemán Wim Wenders, una de las mejores películas de este año que ya termina.

Partiendo en la carrera de la temporada de premios como la seleccionada nipona para la categoría de mejor película internacional en los Premios Oscar, Perfect Days es bastante sencilla de explicar desde su personaje principal. Hirayama (Kōji Yakusho) es un limpiador de baños públicos que sigue una irrevocable dinámica cotidiana desde que se despierta hasta que se duerme. En el día a día, mientras no está realizando su trabajo, se da tiempo para cultivar sus pasiones como la fotografía, la lectura y la música. No parece tener muchas pretensiones y su estilo de vida ascético es aparentemente suficiente para estar feliz consigo mismo.

En la hipnotizante estructura de su rutina vamos cayendo en espiral hasta sentirnos casi parte de este caleidoscópico cronograma diario, al borde del ASMR por la nula indispensabilidad de los diálogos, de los que se rehúsa hasta el nivel previo a ser irreverente. Teniendo a la ciudad como su principal escenario, Wenders emplea su conocida inclinación por la fotografía (realizó estudios en su época universitaria) no solo para asignarle esa característica a su protagonista, sino para presentar un cuidado recorrido por Tokio que al mismo tiempo describa costumbres de los locales. Y gran parte del valor del largometraje se apoya en esto. No estamos viendo planos que nos inviten a apreciar la majestuosidad del lugar ni hay interés por vender lugares turísticos o experiencias únicas. Por el contrario, lo que se está poniendo en valor a través del guion del propio Wenders, coescrito con Takuma Takasaki, es la belleza que oculta la cotidianeidad en las calles que se transitan regularmente.

Desde luego que todo esto depende del cristal con el que se lo mire y por ello el personaje de Hirayama no ofrece un desarrollo en sí mismo, sino más bien exige un descubrimiento por parte del espectador. Casi inmutable y parco, pero nunca descortés, el protagonista tiene actitudes muy sencillas pero que lo van delatando en su forma de ser. Luego de realizar todo el protocolo de acicalamiento personal matutino, Hirayama abre la puerta de su pequeña vivienda que da a la calle siempre con la mirada hacia el cielo y una sonrisa que contagia la alegría por la vida. Su trabajo, limpiando servicios higiénicos que la ciudad tiene a disposición de los transeúntes, no es el mejor remunerado ni el mejor considerado socialmente, pero aquello no parece representar un problema pues es su actitud la que dignifica su labor.

Y no podemos olvidar un elemento imprescindible de la cinta como lo es la música. En Perfect Days, son las formas humanistas de expresarse lo que da sentido a encontrar diversión en la supuesta monotonía. En el vehículo que Hirayama conduce, el protagonista atesora cassettes antiguos de música setentera y ochentera que incluye a The Kinks, Van Morrison, Lou Reed y otros más. La temporización es perfecta para que la banda sonora sirva como recompensa estimulante para continuar adelante, casi de la misma manera en la que cualquier persona prende la radio de su auto para enfrentar el recorrido al centro de trabajo. Los días de descanso, por otro lado, sirven para que Hirayama se ponga al día con la lavandería y mande a revelar los rollos fotográficos de su cámara analógica. Quizá no haya algo mas rutinario que ello, pero por algún motivo, el trazo fino de Wenders y la excelente interpretación de Kōji Yakusho nos convencen de acompañarlos.

Esta repetición constante de hábitos diarios no exime al sujeto de anécdotas y memorias que representan instantes gratos para el protagonista, como la visita de una sobrina con la que comparte aficiones, así como tampoco le evita tener días malos como alguna jornada laboral que se extiende por sobre lo acostumbrado. Estos quiebres solo refuerzan la contundencia del trasfondo que el relato intenta plantear. No es la rutina un obstáculo para vivir nuevas experiencias ni para disfrutar de momentos especiales, sino lo opuesto. Perfect Days es un alegato a la vida tranquila y la paz interior, pues si el objetivo final de una vida es vivir únicamente experiencias extraordinarias, este se corrompe en sí mismo ya que si es que todo es especial, nada en realidad lo es.

Podría ser tan una simple coincidencia, pero por la fama de la cultura japonesa seguramente no debería serlo, si es que la elección de Perfect Days como candidata a los Oscar termina siendo algo más que una simple decisión ejecutiva. En un país con una de las tasas de suicidio más altas del mundo, esta cinta es un abrazo confortable para generaciones desesperadas por el éxito y el reconocimiento. Una manera de comunicar que hay demasiadas cosas más importantes y que se puede ser feliz con ‘poco’. 

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