Marcelo, un experto en tecnología de poco más de 40 años, está huyendo. Llega a Recife durante la semana de carnaval con la esperanza de reencontrarse con su hijo, pero pronto se da cuenta de que la ciudad está lejos de ser el refugio pacífico que busca.
Han pasado ya dos años desde que el director brasileño Kleber Mendonça Filho estrenó su documental Retratos fantasmas (2023), una obra que hasta hoy me sigue fascinando. Allí, a partir de imágenes de archivo combinadas con grabaciones contemporáneas, el cineasta planteaba una reflexión muy interesante sobre los espacios que conforman una ciudad como Recife. Su atención recaía en los cines, lugares que alguna vez fueron centros culturales y que con el tiempo se transformaron en otra cosa. El énfasis estaba en cómo las imágenes proyectadas parecían seguir vivas, como espectros que aún recorren esa ciudad.
Curiosamente, al pensar ahora en Retratos fantasmas frente a su nuevo largometraje —que obtuvo premios en el Festival de Cannes este año—, no es descabellado pensar que uno existe como el complemento de la otra. En El agente secreto (O Agente Secreto, 2025), el director regresa a la ficción para construir un relato que respira historia y, al mismo tiempo, funciona como un llamado de atención a situaciones de coyuntura. A lo largo del film se establece un diálogo constante entre pasado y presente, recordándonos lo difícil que resulta acercarse a ciertos hechos y lo complejo que es comprenderlos. Durante la presentación de la cinta en una proyección del Festival de Cine de Lima, el propio director comentó que estaba marcada por dos fuerzas: la violencia y el amor. Al verla, uno entiende bien por qué.

La violencia se manifiesta desde las primeras imágenes. Vemos al protagonista, Marcelo (Wagner Moura), llegando a una estación de servicio para recargar gasolina, mientras un cadáver yace cerca sin que nadie le preste atención. El dueño de la gasolinera lo ignora y la policía que llega al lugar no se interesa por investigar, sino por intentar sacarle dinero a Marcelo. Desde ese inicio se declara la intención del filme al retratar un entorno donde la violencia está naturalizada, donde las víctimas caen con una facilidad escalofriante.
En ese ambiente hostil, Marcelo se ve obligado a actuar como encubierto tras recibir amenazas de un empresario poderoso, debe aprender a sobrevivir. Su misión ocurre en Recife, la ciudad natal del director, convertida aquí en un espacio marcado por la crudeza. La película refuerza esa idea con escenas como la noticia sensacionalista de una pierna humana encontrada dentro de un tiburón que luego, tal cual criatura monstruosa, aterra a las personas. Son elementos como estos los que nutren un relato que cambia constantemente de registro con maestría, pasando de lo policial a la comedia negra, del terror de serie B al drama existencial. En todos los casos, se trata de un hombre dividido entre lo que fue y lo que está obligado a ser ahora, intentando de manera clandestina reconectarse con sus raíces, para al mismo tiempo escapar de aquellos malos elementos que lo siguen tanto en la vida real como en sus sueños.
Ahora de la violencia pasamos al amor. En Marcelo, esto se traduce en su relación con el hijo que dejó al cuidado de los abuelos, pues su vida está marcada por el riesgo constante de no saber si volverá a verlo. También se expresa en los recuerdos de su esposa, un personaje que solo aparece a través de fotos y evocaciones, pero cuya relevancia es fundamental. Su rol podría malinterpretarse como secundario, aunque en realidad articula gran parte del sentido de la historia. De hecho, esa presencia puede compararse con la de Sharon Tate en Érase una vez… en Hollywood (Once Upon a Time… in Hollywood, 2019), de Quentin Tarantino, que en su momento fue criticada por parecer un rol menor, aunque en realidad cumplía un papel simbólico y clave dentro de la historia.

En El agente secreto, la esposa de Marcelo no solo es su gran amor, sino también una representación de Recife misma, víctima de una violencia descarnada y sistemáticamente encubierta por la dictadura, el nacionalismo o los carnavales. Esa lectura se conecta con la figura del empresario que lo amenaza y le obliga a ir a Recife, un antagonista que encarna al clásico villano en las sombras, pero que al mismo tiempo representa un poder todavía vigente en Brasil y en toda Latinoamérica. Él representa a quienes desprecian el arte y la cultura, reduciéndolos a algo inútil si no generan ganancias. Frases como “los del Estado quieren todo gratis” lo pintan de cuerpo entero. Frente a esa visión, la esposa encarna a la población olvidada, silenciada y perseguida por males del pasado que permanecen activos en el presente.
Y es aquí donde aparece otro componente central: el cine. El suegro de Marcelo trabaja en una sala de cine que es mencionada en Retratos fantasmas, y ese espacio funciona como lugar de revelación. El cine se convierte en vehículo de la verdad y, al mismo tiempo, en un recurso que permite a la película transformarse constantemente. En ese marco, el cineasta reivindica los géneros populares, muchas veces menospreciados en circuitos “cultos” o festivaleros. Referencias como Tiburón (Jaws, 1975), de Steven Spielberg, o La profecía (The Omen, 1976), de Richard Donner, emergen con fuerza, en especial la primera, que sirve de metáfora para el daño causado por un Estado indiferente ante las amenazas que asolan a la población.
Esa riqueza de referentes no se limita a guiños cinéfilos. La película demuestra cómo los mitos y las noticias falsas funcionan como herramientas de manipulación, y cómo lo visual puede recrear ese juego entre verdad y artificio. Además, el cineasta despliega recursos que hoy se usan muy poco en el cine hoy en día, como la pantalla dividida o el uso del split diopter, sumando así un nuevo significado al amor que rodea el filme: un amor por el séptimo arte, manejando el lenguaje audiovisual con maestría y al servicio de una historia que sabe moverse bien entre lo sórdido y lo entrañable sin desentonar.
Esos elementos formales y narrativos, que al notarse te dejan con una sonrisa porque te das cuenta que se está frente a alguien que sabe lo que cuenta, convierten al filme en un deleite para los amantes del cine, pero a su vez es una obra comprometida con la historia de su país. Puede ser desconcertante en un primer visionado, su misterio se construye de manera enrevesada, pero esa aparente dificultad se resuelve a medida que la cinta avanza. El cine mismo actúa como catalizador, revelando una verdad que da sentido a lo que parecía confuso, llegando a su cúspide en un clímax que para acabar de forma seca, es contundente y equilibra el rigor histórico con el goce estético.
Por esto y mucho más, El agente secreto no es solo la mejor película que tuve la oportunidad durante esta reciente edición del Festival de Cine de Lima, porque también es, para mí, la mejor película de lo que va del 2025. Kleber Mendonça Filho juega con los géneros de forma lúdica y los hace converger con la barbarie de la realidad, conduciéndonos a un viaje profundo hacia las heridas abiertas de un país que todavía se resiste a mirar de frente su propio dolor.
Deja una respuesta