“El agente secreto” (2025), de Kleber Mendonça: posmemoria de un carnaval mortal


La posmemoria fue concebida por Marianne Hirsch en los años 90 para explicar la transmisión oral de un trauma colectivo como el Holocausto entre distintas generaciones. Desde entonces, este concepto académico se ha identificado en muchos otros ámbitos históricos y culturales, y el cine hoy también ejerce como transmisor masivo. Un reciente ejemplo es Aún estoy aquí (2024) de Walter Salles, que logró que el testimonio de Eunice Paiva sobre la dictadura militar brasileña (1964-1985) traspasara fronteras geográficas y generacionales. Sin estar basado en una víctima real del régimen, El agente secreto (2025) de Kleber Mendonça Filho es igual de representativo sobre la cruenta persecución de disidentes políticos de aquella época. Aunque no cuenta con la urgencia dramática del anterior, el filme de Mendonça destaca por una desmedida ambición artística que lo lleva por más de un género cinematográfico y múltiples referencias culturales. También representa un tributo del realizador brasileño a una generación pérdida de compatriotas, a su natal Recife, al mítico cine São Luiz, y a las películas que marcaron su vida.    

El protagonista es un intrépido y convincente Wagner Moura que hasta cierto punto hace honor al espía del título, evitando situaciones peligrosas con sutileza y calma como en la magnífica primera secuencia que bien podría funcionar como un cortometraje. Lo cierto es que Armando Solimões apenas es un disidente civil que no es consciente de la amenaza que le acecha. Él solo cumple con adoptar una identidad y profesión falsas en el Recife de los años 70, a la espera de pasaportes que le permitan salir del país junto a su pequeño hijo Fernando (Enzo Nunes). Desde São Paulo, el perverso empresario Henrique Ghirotti (Luciano Chirolli) contrata a un ex-militar y a su hijastro para acabar con Armando en Recife. En medio de la algarabía de la época de carnaval, sumada al furor local desatado por una misteriosa pierna desmembrada, Armando debe mantenerse a salvo mientras intenta resolver el misterio sobre la identidad de su madre desaparecida. 

A diferencia de la de Salles que retrata la trágica posmemoria de la dictadura brasileña a flor de piel, El agente secreto se comporta como una película de género(s) donde la posmemoria sirve de trasfondo histórico. Así como el argumento parece girar inicialmente en torno a un individuo sospechoso de nombre Marcelo, la película se aprovecha de su condición de ficción para plantear varias subtramas y personajes que nos llevan por diversos espacios y por distintos géneros. Tal es así que en un momento somos testigos del absurdo y grotesco hallazgo de una pierna dentro de un tiburón, luego observamos los entrañables dibujos del hijo de Armando basados en el póster de Tiburón (1975), y más tarde escuchamos los gritos de los espectadores de La profecía (1976) en el cine São Luiz. Aunque parecen fortuitas, estas tres situaciones se justifican dentro de una trama compleja y dinámica que no responde a convenciones dramáticas y que no gira exclusivamente en torno al protagonista. En el guion también caben la perversión de policías corruptos como Euclides (Robério Diógenes), la picardía de la longeva Sebastiana (Tânia Maria), y el tormento de un sastre alemán acusado de ser nazi (cameo de lujo de Udo Kier). Este carnaval de personajes aporta otra capa de complejidad narrativa que refleja la predilección de Mendonça por los retratos colectivos como en sus largometrajes previos. 

Pese a las múltiples distracciones de su relato carnavalesco, el filme nunca pierde de vista el contexto de abuso e injusticia de la dictadura brasileña. No solo lo hace al retratar la impunidad con la que actúan los policías locales al deshacerse de una potencial prueba de un desaparecido, o la que ejerce Ghirotti para dirigir su venganza contra el protagonista. También hay momentos en los que la cámara se enfoca brevemente en los retratos de Ernesto Geisel, el dictador militar de turno, que cuelga de las paredes de algunos edificios. Estos sirven de recordatorios perturbadores sobre el control ideológico absoluto de las fuerzas militares en un Brasil que aparenta diversión y libertad. El filme también nos recuerda que Armando es solo uno de muchos disidentes políticos de la época como sus compañeros refugiados en el edificio de Sebastiana y como los que corresponden a los innumerables archivos de audio que dos investigadoras universitarias estudian en el presente con el fin de contribuir a un proyecto público de memoria histórica. Es en relación a esta investigación y a su efecto en el final del filme que la postura política de Mendonça se hace cristalina (para quien no le conoce de antes).

La cinefilia del realizador recifense también se manifiesta fuertemente a través de innumerables referencias cinematográficas incluyendo cintas de Spielberg y Donner y otras perlas internacionales y locales. La referencia más importante sin duda es la del imponente cine São Luiz, un verdadero palacio de cine que Mendonça ya había destacado en su anterior trabajo, Retratos fantasmas (2023), un fascinante documental que abordaba la historia de los cines de Recife y también denuncia la pérdida irreversible de algunos de estos. El São Luiz representa una locación de lujo en el que se desarrollan algunas escenas clave de la película, en parte porque allí trabaja el suegro del protagonista, Alexandre (Carlos Francisco). Este personaje es otra referencia a Retratos fantasmas pues está inspirado en uno de sus entrevistados: un proyeccionista histórico del São Luiz que padeció la censura de la dictadura y que forjó una entrañable relación con Mendonça desde niño. En ese sentido el afecto que Armando demuestra por Alexandre puede entenderse como un homenaje del director a su viejo amigo. Todas las escenas que se desarrollan al interior del São Luiz también demuestran la pasión del director por este lugar, por las películas que lo formaron, y por el furor colectivo casi carnavalesca de asistir a una sala de cine. 

Es posible que alguno se decepcione porque El agente secreto no ofrezca una trama de espías literal, y porque su final sea intencionalmente anticlimático. También es posible cuestionar que su título no refleja toda la complejidad narrativa y creatividad audiovisual del filme más ambicioso de Kleber Mendonça Filho. En cualquier caso, no deja de ser un título llamativo para una película de género inclasificable pero de postura ideológica indudable. Un filme que podría espantar a media Latinoamérica por condenar la privatización de instituciones públicas, la corrupción y abuso de militares, y el desinterés por la memoria histórica y que, sin embargo, hoy es motivo de celebración carnavalesca en Brasil precisamente por esas razones. A diferencia del modelo de cine de posmemoria tradicional de Aún estoy aquí, el de El agente secreto ofrece una historia ficticia y aparentemente escapista que logra transmitir un trauma colectivo de forma casi imperceptible y hasta gratificante. Esta es la misión no tan secreta que Mendonça ha ejecutado notablemente como experimentado y reputado agente de buen cine.


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