En el Recife de El agente secreto, los vivos conviven con los muertos. Un tiburón es encontrado con una pierna humana intacta en su interior, cuyo cuerpo de origen es motivo de pánico y disputa en el pueblo. Una portada de un periódico local anuncia que 91 personas han muerto durante el carnaval, cifra que no parece escandalizar al jefe de policial local. Durante las fiestas, los locales se disfrazan de espíritus malignos y cuentan historias de criaturas sobrenaturales, cuerpos cercenados que regresan del más allá para cobrar nuevas víctimas. Los cuerpos sin vida de bandidos y ladrones, o de desdichados caídos por el fuego cruzado o por un ajuste de cuentas, están directamente expuestos en la calle, torpemente cubiertos por cartón y periódicos, apenas una vela a su costado, pidiendo por su descanso eterno.
De hecho, uno de esos cuerpos es encontrado por el protagonista, Marcelo (Wagner Moura), mientras estaciona su escarabajo junto a una gasolinera en plena vía a Recife. Mientras le atiende, el dueño de la gasolinera, un hombre fornido que espanta a los perros alrededor del cadáver, menciona que se trata de un ladrón abatido por su empleado y que está allí unos tres días, y que da para una semana más. Dos policías aparecen de pronto: no han venido a llevarse el cuerpo o resolver su muerte, sino, que, por el contrario, están interesados en Marcelo. No es ningún interés especial: Marcelo, como otros tantos transeúntes, tiene la mala suerte de conducir un coche vistoso en territorio de un régimen autoritario y corrupto. “Esperamos una donación para la comparsa policial”, le dice un oficial mientras se repeina los bigotes. Marcelo, con el semblante sereno, impávido ante la situación, le ofrece unos cigarrillos, se despide de los oficiales y sigue su camino, mientras los perros vuelven a acechar al cuerpo.

Así abre Kleber Mendonça Filho, cineasta brasileño, antiguo crítico de cine, devoto al cine de géneros, de la vieja escuela, esas historias elegantes del Hollywood setentero, mismo tiempo en que se ubica su película. A Mendonça se le conocen bien sus tendencias y manías. Para comenzar, casi siempre filma en Recife, su tierra natal, ciudad costera y próspera en el norte de Brasil, conocida por su circuito de cines de vieja escuela y las leyendas urbanas que atraen a los turistas. Son estos dos elementos —el cine como dispositivo y sujeto, la relación entre lo fantástico y lo real— los que suelen determinar la mayoría de conflictos en las películas del brasileño: una despiada y violenta disputa en Bacurau (2019), que pronto se torna un western de ciencia ficción con toques de fantasía; la disputa entre una dama de antaño, Doña Clara, y la despótica inmobiliaria que busca desalojarla de su apartamento en una ciudad habitada por extrañas criaturas como termitas asesinas en Aquarius (2016); un documental que reimagina la ciudad de Recife a través del poder místico del proyector y la sábana de cine en Retratos fantasmas (2023). Entre la sátira, la apropiación y el pastiche, a través de los géneros clásicos de Hollywood —el western, el melodrama, la ciencia ficción— Mendonça Filho concibe dispositivos novedosos para incidir en distintos dilemas del Brasil del pasado y del presente, siendo la memoria histórica su preocupación principal.
Todos estos elementos convergen en El agente secreto, acaso su película mejor lograda, en tanto que parece una versión madura y refinada de los temas comunes en su cine. Como en la primera escena, el resto de la película funciona desde un denso y confuso aire de misterio y extrañeza: personajes que aparecen y desaparecen de la trama sin motivo aparente, una compleja historia trama política que se va complicando conforme los personajes intentan desentrañarla, saltos temporales entre los años 70 y el presente, el carnaval —sensual, peligroso y místico— y las leyendas urbanas —incluyendo la de la pierna asesina— como telones de fondo. En lugar de encasillarse en las convenciones de los géneros que busca emular —en este caso, el thriller político y los films de espías—, Mendonça Filho tuerce estos preceptos y los expande según le convenga, rompe con las reglas implícitas del género en caso esto ayude a la historia que quiere narrar. Así, El agente secreto es un film de espías sin espías, un thriller sin clímax, un drama político sin sermones ideológicos, una fantasía imaginaria, un drama sin tragedia y también una comedia trágica, si se puede ser todo eso a la vez.
Y es que las tribulaciones de Marcelo, el protagonista —en una sensacional interpretación de Wagner Moura— no pueden explicarse en otros términos. Con exquisita atención al detalle —en buena medida por la repujada dirección de fotografía y un atento diseño de producción— El agente secreto evoca adecuadamente el fin de la década de los 70, Brasil bajo el dominio de una feroz dictadura militar, con tintes neofascistas y ultraconservadores, un estado permanente de tensión y paranoia, un aparato burocrático asfixiante y ridículo. Pensemos, si no, en los distintos detalles que incluye el film para emular este período: la policía local funciona casi como una mafia organizada y un escuadrón de muerte, y los miembros del ejército que son pasados al retiro se ganan la vida como asesinos a sueldo; una oficina de identificación es transformada en una comisaría para que una mujer ricachona pueda brindar una declaración sin que la alerte la prensa; un poderoso millonario se deja llevar por su odio a la gente del norte y a los intelectuales de izquierdas y que decide virar los fondos públicos en favor de sus intereses corporativos.

Noten que todavía no llego a describir el conflicto de Marcelo. Claro que, dado el estilo caótico y ambiguo del film, este conflicto tampoco es conocido para la audiencia hasta casi pasada una hora y media de metraje. Al inicio, podemos pensar en Marcelo como una suerte de doble agente al servicio de las fuerzas de izquierda que resisten el embiste de la dictadura, pero nada más lejos de la realidad: con la mirada paciente y el tono clínico, Marcelo es en realidad Armando, un científico, experto en energía y asuntos derivados, que debe huir de un millonario asociado al régimen luego de una disputa en la universidad en la que trabaja.
En ese sentido, lo fascinante del guion de Mendonça Filho es lo poco consciente que es Marcelo/Armando del peligro en el que se encuentra y, como en cualquier thriller, la tensión proviene de que la audiencia es mucho más consciente que el protagonista de las amenazas que se vienen en su camino. El estilo del director es hasta cierto punto omnisciente: vemos el punto de vista de los dos asesinos a sueldo que han sido pagados para acabar con Marcelo, el de los policías que lidian con el fiasco de la pierna y el tiburón, el de una mujer en el presente que rastrea las conversaciones de Marcelo con miembros de la organización de izquierdas que está encargada de su protección, entre otros. A pesar de esto, la audiencia no sabe bien cómo entrelazar estos puntos, y si acaso existe un hilo temático —más allá del confuso hilo narrativo— detrás de estas historias y personajes discontinuados.
Este estilo omnisciente y confuso le permite al director brasileño ofrecer una mirada incisiva y detallista de la sociedad brasileña de los 70, un retrato panorámico en torno a las políticas de la vida y la muerte, el manejo de los cuerpos, y las distintas formas en que la sociedad responde a la presencia de la dictadura sobre sus vidas. En una escena, un sobreviviente del holocausto (el último rol de Udo Kier antes de su muerte) es forzado a humillarse y mostrar sus heridas y cicatrices de la guerra, en tanto que el policía local cree estúpidamente que se trata de un exsoldado nazi; las políticas del cuerpo y la pedagogía del dolor se evidencian en este breve intercambio, el cual, como otros tantos en el film, podrían funcionar como un cortometraje por su cuenta. En otra escena, la cámara se enfoca en tugurios y parques recónditos en Recife, hogar de encuentros sexuales clandestinos y orgías, prontamente amenazado por la presencia de la pierna asesina, una fábula que sirve como pánico moral de una sociedad acostumbrada a la violencia y en búsqueda de una respuesta sobrenatural a la política de muerte del régimen. Estas escenas, a veces descontinuadas de la trama principal, refuerzan la vocación de Mendonça Filho de utilizar recursos diversos, a veces contradictorios entre sí, como única respuesta para darle sentido a una vida bajo la opresión.

Esta estilo disperso le permite al director y su equipo compaginar un muy atractivo elenco de personajes menores y excelentes actores interpretándolos. La audiencia se queda prendida de Doña Sebastiana, una mujer bajita y ruidosa que comanda el bloque de apartamentos en el que se oculta Marcelo/Armando, una antigua militante anarco comunista que esconde a disidentes políticos de la dictadura. En ese grupo también está Eliza, la mujer de dos nombres que se preocupa por la protección de Marcelo y se torna su amante, o la pareja de militantes de izquierda de Angola que huyen de la feroz represión del régimen y de las fuerzas portuguesas. Además de estos personajes, Mendonça Filho pone el acento en la familia de Marcelo/Armando: su pequeño hijo, Fernando, que adora a su padre y se obsesiona con Tiburón (Jaws, 1975), que todavía se proyecta en Recife con gran éxito; el abuelo de Fernando y suegro de Marcelo/Armando, encargado del cine; y la presencia fantasmagórica de la madre de Fernando y esposa del protagonista, Fátima, muerta hace poco, aunque recordada en flashbacks por plantarse de frente al poderoso millonario que la insulta.
En ese sentido, el film de Mendonça Filho puede saltar de una interpretación a otra según la conveniencia de su público. Es, desde lo más simple, un retrato crudo de la dictadura y una oda a las fuerzas que le resistieron; un film corporal y sobre el cuerpo; la historia de identidades fragmentadas y absorbidas por el régimen, y las distintas formas de reclamar esta identidad. Por eso Marcelo/Armando se dedica a buscar el documento de fallecimiento de su madre, mujer pobre, único testimonio de que ella estuvo viva. Por eso en el presente expertas en una universidad escuchan con atención las cintas de casete con las palabras de Marcelo y otros miembros de la resistencia. Por eso el cine sigue lleno a pesar de que las calles se desangran. El agente secreto insiste en el poder de la narración y el texto como actos cristalizadores de la memoria, dispositivos resistentes y precisos de evocación y preservación, únicos en su intento por superar el control de las fuerzas autoritarias sobre su vidas.

Todos estos elementos convergen en un muy sorpresivo y conmovedor epílogo, un abrupto retorno al presente en el que el director confronta el dispositivo setentero con una incómoda sensación de nostalgia y preocupación: ¿qué se puede decir de un Brasil que hoy torna a un apologista de la dictadura y a su familia en una dinastía política? ¿Seguirá siendo el cine el mejor antídoto ante la política del odio, y el dispositivo adecuado para sostener la memoria de un hombre, su familia, su ciudad y su país? El propio Mendonça Filho parece dudar de la respuesta: en el film, el cine sobrevive más que la memoria política, y la memoria política se sostiene por otros medios: las cintas de video y de casete, el archivo periodístico, la tradición oral, la música de carnaval y las costumbres de las familias. Eso sí, es el cine el dispositivo que mejor ata y cohesiona estas distintas formas, y este filme así lo evidencia.
Será inevitable que El agente secreto se compare con el último éxito brasileño también nominado a los Óscar, la conmovedora Aún estoy aquí (2024), de Walter Salles. Tiene sentido, si ambas películas viran astutamente hacia los 2020 en sus momentos finales y realizan complejos giros de personajes con múltiples actores haciendo del mismo rol, en un intento por evocar el continuo de la memoria ante las nuevas amenazas del presente. Eso sí, mientras que la película de Salles se concibe como alegato político y termina como película de género (el melodrama familiar), El agente secreto comienza como género y se desliza al alegato político: ambas miradas, complementarias entre sí, parecen más urgentes que nunca, en un Brasil que todavía se resiste a aceptar del todo su pasado. Un Brasil que, como el protagonista de esta película, batalla entre distintas tramas y ocupa más de un nombre.


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