“El drama” (2026): hacer de la hipocresía un espectáculo


Aunque no queramos admitirlo, si algo nos encanta como sociedad es juzgar a los demás, haciendo todo un drama alrededor de ello. Con eso en mente, el título de la película resulta bastante elocuente, porque existe una necesidad constante de sentirnos mejor con nosotros mismos. Bajo esa lógica, resulta mucho más fácil señalar lo que hizo mal el otro que mirarnos hacia adentro, reconocer errores y asumir la posibilidad de mejorar o sanar. Es más sencillo observar desde la distancia cómo lo construido por alguien puede derrumbarse.

Esto se vuelve especialmente evidente en una sociedad como la estadounidense que, a fin de cuentas, no difiere tanto de la latinoamericana, donde se replican patrones similares. Se juzgan comportamientos que no siempre se miden con la misma vara, generando sentidos de importancia falsos o exagerados. Hay una tendencia a inflar ciertos conflictos mientras se ignoran otros, evidenciando una hipocresía colectiva.

En ese sentido, lo que Kristoffer Borgli plantea resulta interesante, sobre todo porque parte de una base reconocible: una relación que remite a los códigos clásicos de la comedia romántica. Se juega con ese tropo del encuentro sin detenerse demasiado en las señales de alerta que podrían aparecer desde el inicio. Esa omisión termina humanizando la relación, mostrando cómo muchas veces se ignoran esas alertas en favor de una ilusión de estabilidad.

Antes de entrar de lleno en la película, es necesario considerar mi relación previa con el director. En su etapa en Noruega, con Sick of Myself (Syk pike, 2022), me encontré con un trabajo abyecto que se recrea en la crueldad y el miserabilismo humano sin una verdadera intención de análisis, priorizando el impacto inmediato. Luego, con El hombre de los sueños (Dream Scenario, 2023), protagonizada por Nicolas Cage, hay un intento más claro de abordar un tema como la cultura de la cancelación. Aunque en su tramo final la sátira se desdibuja por lo evidente, sí representa una mejora.

Con ese contexto, El drama (The Drama, 2026) no se siente como un salto cualitativo importante, pero sí como un reajuste. Borgli parece encontrar una frecuencia más adecuada para contar lo que le interesa. La historia sigue a Charlie (Robert Pattinson) y Emma (Zendaya), una pareja que decide casarse, pero en la antesala de la boda se revela un secreto que pone en riesgo todo lo construido.

Uno de los aspectos más interesantes es el juego con la perspectiva. La cinta explora cómo cada miembro de la pareja experimenta los hechos de manera distinta, lo que recuerda, aunque en otra clave, a Historia de un matrimonio (Marriage Story, 2019) de Noah Baumbach. Aquí el tono es más lúdico, con situaciones que se replantean a través del montaje, mostrando distintas intensidades emocionales frente a un mismo hecho.

A esto se suma una exploración más marcada de la psique de los protagonistas, donde se juega constantemente con la verdad y la mentira, incorporando situaciones ficticias que emergen de sus propias mentes. Estas pueden adoptar la forma de fantasías o incluso de pesadillas, retorciendo aún más el conflicto y generando un contraste que se mueve en una línea muy delgada entre el subrayado y una sátira verdaderamente efectiva.

Este trabajo con la subjetividad también se apoya en la puesta en escena. La cámara asume un rol observador, evitando imponer un juicio directo sobre los personajes y colocándonos en una posición ambivalente. No se trata de decirnos qué pensar, sino de situarnos en ese espacio incómodo donde debemos decidir si respondemos desde la hipocresía o desde la empatía. Esa tensión (entre comprender o destruir al otro) se vuelve central y atraviesa incluso los discursos que los personajes elaboran, particularmente en el caso de Charlie, quien intenta entender lo ocurrido sin caer en las mismas fallas del entorno.

A partir de la revelación del secreto, el conflicto se intensifica y evidencia el peso que cada rol tiene dentro de la relación. La revelación afecta especialmente a Emma, lo que abre una dinámica de juicio donde terceros intervienen, exponiendo la dureza con la que alguien puede ser observado desde fuera. Ahí aparece con mayor claridad la crítica a la hipocresía social: la protagonista puede ser elevada o destruida en función de una sola acción, sin margen para la réplica o la redención. Charlie, en su intento por comprender lo sucedido, termina reproduciendo esa misma lógica, siendo parte de la toxicidad que lo rodea.

En este contexto, el personaje de Rachel (Alana Haim) se vuelve clave. Es quien reacciona con mayor dureza ante la revelación, cambiando radicalmente su percepción de Emma, pese a que ella misma no es un modelo de integridad. Encierra esa figura que encuentra en el otro la excusa para destruirlo. Aunque su presencia disminuye con el tiempo, funciona como detonante del conflicto y como síntoma de esa necesidad colectiva de juzgar.

Todo esto desemboca en un tramo final donde la incomodidad se intensifica. Es ahí donde el filme parece querer llevar su propuesta al límite, y donde surgen comparaciones inevitables, como con Relatos salvajes (2014), de Damián Szifron, particularmente en su segmento de la boda. Sin embargo, a diferencia de lo que logra Szifron en un tiempo más acotado y con una contundencia visceral mucho más marcada, Borgli parece quedarse a medio camino. Intuye ese impulso, pero no termina de ensuciarse del todo, optando por mantener cierta distancia.

A pesar de estos aciertos, la película deja una sensación poco satisfactoria. La impresión es similar a que te cuenten un chiste sin remate. Se construyen situaciones incómodas, momentos de tensión y giros que pueden sorprender o indignar, pero al llegar al desenlace surge la duda de si era la forma adecuada de cerrar la historia. Incluso si se entiende la intención de un cierre más conciliador, la forma en que se construye genera una sensación de vacío, como si no terminara de ofrecer una resolución satisfactoria, ni en términos emocionales ni discursivos.

Esto se relaciona con la dificultad de hablar de la cinta sin spoilers, ya que gran parte de su impacto depende de su revelación central. Una vez que se conoce, y considerando que aparece temprano, el relato pierde fuerza. Aunque aborda una problemática real y grave en Estados Unidos, no termina de decir algo sustancial al respecto, utilizándola más como punto de partida para explorar la hipocresía social.

En ese sentido, hay una sensación de engaño en la forma en que se presenta el conflicto. Se invierte tiempo en explorar el pasado de Emma y las razones de su decisión, pero ese material podría haberse utilizado mejor para reforzar el juego de perspectivas o profundizar el drama. Se percibe un potencial desaprovechado, donde el interés se concentra más en generar reacciones inmediatas que en construir una reflexión sostenida. Esto evidencia que Borgli aún arrastra problemas de sus trabajos anteriores: sigue priorizando la impresión momentánea antes que una estructura sólida.

En conclusión, El drama podría ser visto como un intento de evolución dentro de su filmografía. Hay un esfuerzo por afinar su mirada, pero no logra una propuesta completamente redonda. Acierta al exponer la hipocresía social y al trabajar la ambivalencia del espectador frente a los personajes, pero no alcanza la contundencia necesaria para que ese discurso trascienda. Termina sosteniéndose en gran medida por el carisma de su elenco, sin la densidad suficiente para explorar a fondo sus propias ideas.

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