“La posesión de la momia” (2026): cuando el mal entra a casa


Creo que, dentro de ese grupo de monstruos clásicos donde pueden entrar figuras como Drácula, el Hombre Lobo o el monstruo de Frankenstein, la Momia ha sido uno de los que menos he podido explorar en sus distintas adaptaciones. Ya sea desde la versión clásica de Universal Pictures, donde Boris Karloff interpreta a la criatura, o incluso la versión de fines de los años 90 en clave de aventura protagonizada por Brendan Fraser, sin dejar de lado el fallido intento de despegar el ya olvidado Dark Universe con Tom Cruise. Son versiones que, por distintos motivos, no he llegado a ver, por lo que enfrentarme a una nueva reimaginación del personaje me resultaba especialmente interesante, incluso teniendo una idea general de lo que suele implicar este tipo de relatos.

Sin embargo, más allá de la criatura en sí, lo que realmente despertaba mi interés era quién estaba detrás del proyecto: Lee Cronin. Este cineasta irlandés sorprendió hace algunos años con Evil Dead Rise, una expansión del universo creado por Sam Raimi, siendo además una de las pocas veces en que alguien ajeno a él lograba apropiarse de ese mundo. Antes lo había hecho Fede Álvarez con el remake de 2013, pero en el caso de Cronin había una combinación interesante entre un sólido entendimiento del género, un manejo visual eficaz y un uso del gore que no se limitaba a lo explícito, sino que dialogaba con temas más complejos como la maternidad. Además, todo esto se desarrollaba en una sola locación, lo que potenciaba la puesta en escena y la hacía más concentrada.

Con esos antecedentes, esperaba que La posesión de la momia (Lee Cronin’s The Mummy, 2026) pudiera replicar, al menos en parte, esa fórmula. Y, en cierto sentido, lo intenta. La historia presenta a una familia conformada por Charlie (Jack Reynor) y Larissa (Laia Costa), quienes atraviesan la desaparición de su hija Katie (Natalie Grace) en El Cairo. Ocho años después, la niña es encontrada, pero lo que en un inicio parece ser un reencuentro esperanzador pronto se transforma en una pesadilla, ya que Katie ha sido poseída por una entidad egipcia maligna que habitó durante siglos en un sarcófago. A partir de esta premisa, el director vuelve a trabajar con la idea de un núcleo familiar encerrado en un espacio determinado, enfrentando una amenaza que opera primero desde lo psicológico para luego desatar su violencia de forma más directa.

En sus momentos más logrados, el director demuestra que todavía tiene ideas interesantes. Desde el inicio, con la figura de la mujer que secuestra a Katie y la convierte en portadora de esta entidad, se introduce una dimensión violenta que se cruza con lo familiar. Se establecen contrastes claros entre ese entorno inicial y el hogar de la niña, mucho más afectivo, donde además se construye una relación de admiración hacia la figura paterna, especialmente a través de la forma en que los hijos observan a Charlie en su trabajo como periodista. En esos primeros tramos se plantea una idea potente: el amor como fuerza central frente al mal, pero también como un vínculo que puede ser manipulado o distorsionado para inducir decisiones extremas.

Hay, además, una evidente influencia, nada sorprendente, de El exorcista (The Exorcist, 1973), de William Friedkin, en la forma en que se construye la posesión de una niña y cómo esta afecta tanto a su cuerpo como a su entorno. Sin embargo, es justamente en esa comparación donde comienzan a evidenciarse las limitaciones de la película. El cineasta no alcanza el mismo nivel de profundidad ni logra que lo demoníaco dialogue con una dimensión social o emocional más compleja. Lo que en un inicio parecía una dinámica interesante (la observación, la imitación, la forma en que los hijos perciben a sus padres) termina diluyéndose y desaprovechándose como eje de desarrollo para los personajes.

Uno de los problemas centrales es la extensión. A diferencia de Evil Dead Rise, que apostaba por una narrativa más concentrada, aquí la historia se extiende por más de dos horas, dando vueltas sobre conflictos menores y dinámicas familiares que no terminan de aportar al núcleo del relato. Esto afecta directamente el ritmo y hace que, cuando parece que la película va a avanzar hacia algo más sustancial, el interés comience a debilitarse.

En esos momentos, el filme se vuelve más tradicional, menos lúdico e incluso coquetea con convertirse en un drama familiar que pierde de vista su principal motor: la presencia de un mal que se infiltra en una familia funcional para desestabilizarla desde adentro. Esta entidad, incapaz de actuar por sí misma, se apoya en la observación y la imitación para engañar a los personajes y manipular sus vínculos, algo que podría haberse explotado con mayor fuerza.

A esto se suma la inclusión de la detective Dalia Zaki (May Calamawy), quien investiga el caso desde El Cairo. Su presencia introduce una línea narrativa paralela que, lejos de enriquecer la historia, se limita a cumplir una función expositiva. Su arco no conduce a ningún desarrollo significativo y termina entorpeciendo el ritmo general, reforzando la sensación de una película que se alarga innecesariamente.

Este desorden narrativo evidencia una pérdida de rumbo. La película parece olvidar qué es lo que necesita para ser efectiva como cinta de terror. No se trata únicamente de generar sustos, sino de comprender el conflicto que propone y desarrollarlo con claridad. Aquí, el eje está claro —enfrentar un mal a través del amor y la comprensión dentro de una familia—, pero en lugar de profundizar en esa idea, el relato se dispersa en subtramas y recursos que no terminan de consolidarse.

Esto también se refleja en el uso de herramientas formales. La repetición de ciertos recursos visuales, como el split diopter, termina volviéndose cansina, perdiendo el impacto que podría tener si se utilizara con mayor precisión. A medida que la película se extiende, sus mecanismos se vuelven más evidentes, dejando al descubierto sus lugares comunes y debilitando su capacidad de sorpresa.

El problema se agrava en el cierre, donde la película parece debatirse entre dos posibles finales sin terminar de concretar ninguno de forma satisfactoria. Esta indecisión refuerza la sensación de una obra que no logra articular del todo sus ideas, dejando una impresión final más cercana a la decepción que a una ambigüedad productiva.

En última instancia, lo que queda es la sensación de una oportunidad desaprovechada. Venir de una película como Evil Dead Rise hacía pensar que Cronin podía dar un paso adelante, pero aquí, incluso con mayor libertad creativa, se queda corto. Repite recursos, dilata innecesariamente la historia y no termina de profundizar en los temas que propone.

Así, más que revitalizar a la Momia como figura dentro del cine de terror contemporáneo, La posesión de la momia termina funcionando como un recordatorio de que, incluso con una base interesante y un director con potencial, una mala gestión del ritmo y del enfoque puede hacer que todo se desmorone. Y, en mi caso, lo que genera es una curiosidad renovada por volver a esas otras versiones del personaje que, incluso sin haberlas visto, parecen prometer mucho más que lo que encuentro aquí.

Archivado en:


Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *