Mucho se escribió sobre Undertone: frecuencia maldita (2025) el año pasado, incluyendo que se trata de una de las experiencias más terroríficas que hayan salido en cines en los últimos años. Y aunque yo no llegaría tan lejos, igual debo admitir que se trata de una película única y por momentos inaguantablemente tensa; el tipo de filme que se toma su tiempo para desarrollar una palpable atmósfera de pavor, prefiriendo sutilidades —tanto visuales como sonoras— por sobre jump scares, imágenes diabólicas u otros clichés formales del género. El resultado es una película que podría impacientar a ciertos espectadores, pero que debería encantarle a los fanáticos más experimentados del género —o al menos a aquellos que estén un poco hartos del cine de terror comercial estadounidense.
Undertone tiene como protagonista a Evy (Nina Kiri), cocreadora de un podcast sobre historias de terror junto a su amigo, Justin (Adam DiMarco). Lamentablemente, el dúo ya no vive ni en el mismo país ni en la misma zona horaria —ella ha tenido que mudarse de vuelta a la casa de su infancia para cuidar a su enferma madre (Michéle Duquet), y él reside ahora en Londres. Esto, por supuesto, los obliga a grabar remotamente y en horarios en los que ambos puedan coincidir —generalmente, en las altas horas de la noche para Evy.

Preocupada por el poco tiempo de vida que le queda a su madre, Evy entra a grabar el más reciente episodio del podcast y se encuentra con una propuesta interesante por parte de Justin: escuchar una serie de misteriosos archivos de audio enviados por un fanático anónimo, que parecen contener la historia (real) de una pareja (Keana Lyn Bastidas y Jeff Yung) que pasa por situaciones tenebrosas durante la noche. Lo que inicialmente parece ser una serie de grabaciones falsas o por lo menos audios inofensivos, poco a poco van demostrando tener un vínculo con un demonio femenino llamado Abyzou, y curiosamente, con la presencia de la madre de Evy en casa.
Narrativamente hablando, Undertone: frecuencia maldita no hace nada que no hayamos visto en incontables filmes de horror sobrenatural. Hay ruidos raros, personajes que van develando un misterio infernal, y la utilización de mitología vinculada a leyendas antiguas y demonios para otorgarle cierta credibilidad histórica a la propuesta. No es en la trama, pues, donde destaca, ya que incluso se podría argumentar que el director-guionista canadiense Ian Tuason abusa de las herramientas de desarrollo de personaje (conectadas a las relaciones entre madres e hijas y el trauma) que hemos visto en producciones previas. La historia funciona, pero no es lo más interesante del filme.
No, lo interesante de Undertone está en la forma. Lo que tenemos acá es un filme pequeño, sorprendentemente íntimo, muy interesado en cómo el sonido puede desarrollar una atmósfera densa de tensión, que va presentándose poco a poco a través de situaciones aparentemente cotidianas. Tengan en cuenta que la película entera se lleva a cabo en el interior de la casa de la mamá de Evy y que solo las vemos a ellas dos en persona. El resto de personajes solo se escuchan e interactúan con nuestra protagonista a través de llamadas de FaceTime o grabaciones de audio. Por ende, Tuason logra sostener todo un largometraje con relativamente pocos recursos, enfatizando el punto de vista de Evy, y dejando todo lo demás en el subtexto o fuera de encuadre.

Esto, como se deben imaginar, podría haber resultado en un filme frustrante o terriblemente simplista, pero felizmente ese no es el caso. Undertone: frecuencia maldita hace un excelente uso de sus limitaciones, presentando a la casa como un lugar misterioso, oscuro, lleno de espacios inundados en sombras, donde cualquier tipo de criatura se podría esconder. Tuason utiliza muy bien los espacios vacíos, con frecuencia colocando a Evy a un lado del encuadre, cerca del borde, enfatizando la posibilidad de que podría haber algo al fondo entre las sombras. De esta forma, la película termina enervando al espectador, dejándolo con la sensación de que está viendo algo prohibido, que esconde una presencia que eventualmente podría ser revelada.
Por ende, la película funciona mejor cuando desarrolla anticipación que cuando incluye algún tipo de sorpresa. Felizmente, la cinta no abusa de los jump scares, más bien incluyendo imágenes inesperadas durante pocos frames, o en reflejos, o atrás de una puerta entreabierta. Y aunque ciertamente se puede argumentar que la utilización de una mujer mayor enferma como representación de lo demoníaco es algo previsible, acá al menos cumple una función clara: es la representación de los miedos de Evy, así como de sus arrepentimientos en cuanto a la relación que mantenía con su madre antes de que esta enfermase. Tuason ya declaró que basó Undertone, en parte, en sus propias experiencias, de cuando tenía que cuidar a sus padres de edad ya avanzada. Por ende, el rol de la madre se siente más honesto que explotador (felizmente).

Mención aparte, por supuesto, para el diseño sonoro. Buena parte del filme se lleva a cabo cuando Evy está grabando el podcast, y cada vez que lo hace, se pone audífonos que cancelan el ruido exterior, priorizando sus conversaciones con Justin y los archivos de audio que escuchan. Estos últimos han sido creados de forma impresionante; transmiten mucho con poco, haciendo que el espectador entienda las situaciones terribles que presentan sin que tengan que ver nada. E incluso cuando Evy camina por casa, llamando a su madre o cuidándola o reaccionando a luces que se prenden y apagan o puertas que se abren solas, el sonido hace un excelente trabajo desarrollando una atmósfera palpable de suspenso, convirtiendo a la casa en una locación memorablemente aterradora.
Undertone: frecuencia maldita no es una pelicula perfecta, por supuesto. Resulta extraño, por ejemplo, que Evy y Justin graben un solo episodio de su podcast a lo largo de varias sesiones cortas (¿quién hace eso?), o que el último episodio sea transmitido en vivo (nunca he escuchado un podcast donde los presentadores reciban llamadas, como si estuviesen en la radio). Pero estos elementos narrativos poco trabajados, así como la trama algo arquetípica, son compensados por una atmósfera densa de pavor, una excelente mezcla y diseño sonoro, una buena actuación central por parte de Nina Kiri, y escenas destacables que me dejaron con los pelos de punta. Undertone: frecuencia maldita es ciertamente más original que el filme de terror promedio, y una propuesta que demuestra que no se necesita ni mucho dinero ni muchas locaciones o personajes para asustar a un público experimentado.



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