Puede sonar anticuado, quizás un poco crédulo, pero yo estoy convencido de que algunos realizadores, aún con sus arquetipos y manías, son capaces de hacer que casi todo en la pantalla resulte -y se vea- interesante. Y debo ser de ese grupo (no el más grande, tampoco el más pequeño) de devotos que cree que Pedro Almodóvar está en esa categoría. Con su cine, Almodóvar ha compuesto un mundo propio: melodramas conmovedores e inteligentes, un uso sensual del color y la luz, la apropiación del cine negro y los misterios de Hitchcock y Patricia Highsmith, un cine autorreferencial, meta, queer feminizado, devoto a sus protagonistas. En una película de Almodóvar, cada acción, por más mundana que resulte, se eleva y se hace solemne a partir de la puesta en escena, una pieza más dentro de un rompecabezas sugestivo y casi siempre fascinante.
En Amarga Navidad, su última película, estrenada en la selección oficial del Festival de Cannes, Almodóvar quiere convencernos de que una mujer abrumada por una migraña incurable (y sus visitas a la sala de urgencias) son suficientemente interesantes para cubrir un primer acto por su cuenta. Y, gracias a una muy abatida interpretación de Barbara Lennie (¿acaso alguna vez le fallan las protagonistas?) y a la sensual puesta en escena en sintonía con la música de Alberto Iglesias, el director español casi consigue salirse con la suya y lograr su cometido. Al inicio del film, Elsa, una directora de publicidad en una relación con Bonifacio, se echa en la cama, agobiada por el dolor. En su salida al hospital, el guion de Almodóvar hace lo suficiente para sugerir pequeños detalles sobre Elsa y su relación con Bonifacio: ella era un directora de cine (y directora de culto, lo que para ella es sinónimo de fracaso); él es un bombero y bailarín de striptease los fines de semana, y están juntos hace más o menos un año. Estos detalles, sin embargo, parecen excusas narrativas discontinuas en lugar de una caracterización más profunda de sus personajes. ¿Qué sugieren estas referencias sobre los protagonistas y el conflicto que llevan? ¿Se trata acaso de los desvaríos de un creador cada vez menos convencido de los personajes que escribe, y que, acomodado en su arquetipo, decide que su audiencia devota haga el resto? ¿O se trata acaso de un ejercicio en concebir puntos ciegos que refuerzan el enigma principal y, por tanto, le dan más relevancia?

Amarga Navidad seguirá así, sugiriendo detalles y caracterizaciones, conflictos internos y dilemas, sin que parezca comprometerse del todo con alguna de ellas. Las migrañas de Elena la llevan, por un lado, a buscar pastillas clandestinas que las aplaquen y, por otro lado, a buscar a una amiga suya, Patricia, acongojada porque su marido la engaña en sus viajes de negocios a París. La historia de Elena, ambientada en 2004, compone una de las mitades del film, y se contrasta con la historia de Raúl, un cineasta de éxito en 2026 que está escribiendo su última película. Raúl, con el mismo hablar pausado y melancolía queer del propio Almodóvar, lleva años sin hacer el cine que quiere, y, para colmo, acaba de perder a Mónica, su asistente y amiga más personal, quien ha decidido tomarse un sabático para cuidar de una amiga enferma. Resulta (pero no lo parece al inicio, porque Almodóvar evita la claridad temporal de anteriores películas suyas) que Raúl está escribiendo la historia de Elsa, y que, por tanto, todos los evidentes errores en la trama de Elsa son errores intencionales que Almodóvar ha incluido de manera autorreferencial. ¿Esto es suficiente para excusar qué más de la mitad de la película parezca, como insiste el propio personaje de Raúl, una repetición de sí mismo?

Por supuesto, el cine de Almodóvar (en lo que muchos señalan como su mayor defecto, pero que yo reconozco como una de sus mejores virtudes) es fragmentado y caótico por naturaleza, un cine de insinuaciones y sugerencias, como un gran óleo repleto de pequeñas referencias y personajes, o una novela que salta cómodamente en distintos espacios y planos temporales. Eso sí, en la mayoría de sus películas, este desorden es adecuado y convincente, sobre todo, porque, sin quererlo o no, Almodóvar parece atar estas referencias a partir de un apasionado hilo temático: la culpa del mandato femenino, la memoria personal y política, la soledad y la muerte. El problema es que, en Amarga Navidad, el desorden narrativo es el subtexto al que él mismo hace referencia, lo que termina por derivar en una meta ficción excesiva y en riesgo de monotonía, una película demasiado absorta en sí misma.
Almodóvar siempre ha sido un cineasta autorreferencial, confinado a interpelar a sí mismo y a cuestionar el mismo acto de ficción: por algo La mala educación (2004) recupera a La ley del deseo (1987) (y ambas parecen entrelazarse sutilmente con el experimento autobiográfico de Dolor y gloria, 2019); y Los abrazos rotos (2009) incluye a Mujeres al borde de un ataque de nervios (1988) en una película dentro de su película (Chicas y maletas). En Amarga Navidad, sin embargo, el español parece recurrir a un nuevo plano intertextual: una película dentro de una película que, a su vez, habla sobre una directora que quiere hacer una película sobre su vida; en otras palabras, la primera película del realizador que interroga frontalmente su compulsiva necesidad de recurrir a su propio pasado. Almodóvar juega con el estilo para cuestionar su propio estilo, en una suerte de laberinto narrativo, y es la audiencia responsable de hallar su salida de él.

En este ejercicio de contrastar ficción con ficción para entender su propia realidad, Almodóvar parece sugerir dos cuestiones interesantes. Por un lado, y en un punto no tan original, pero aún necesario, sugiere que todo acto de ficción es un acto moral: el deseo impostergable de representar la vida (y nuestra propia vida) de cierta manera en una obra de ficción, crear personajes para que sufran y para que anhelen, prestarse elementos ajenos y robarse tragedias de terceros, concebir un nuevo mundo en el que uno es Dios soberano. Por eso, en una de las mejores escenas del film, Raúl pone fin a la historia de Elena, solo para darse cuenta -junto a la audiencia- que esta historia todavía no tiene el final adecuado, que algo falta en su narrativa, que al personaje le está quedando corto el guion y que es su responsabilidad expandirlo para el resto.
Aquí está el segundo punto que hace Almodóvar, y el más novedoso, y tiene que ver con el imposible dilema de la originalidad. Almodóvar sabe que no es un cineasta particularmente original en sus historias (que se entrelazan unas a otras y que repiten los mismos elementos, a veces sin disimulo), y se pregunta, a través de Raúl, si acaso la búsqueda de originalidad debería ser la máxima de la ficción, o, si por el contrario, esta termina siendo su ruina: historias excesivamente complejas y, por consecuencia, poco creíbles; una versión de la realidad que explota injustificadamente a sus personajes, tratados de forma maniqueísta por su creador.

De hecho, ni bien se da cuenta de que la historia de Elsa está incompleta, Raúl decide añadir una nueva subtrama, la de Natalia, una amiga joven de Elsa, posiblemente ex adicta y atormentada por una pérdida del pasado. Esto parece intencional y provocador, sobre todo porque Natalia es interpretada por Milena Smit, quien hizo exactamente el mismo rol de madre abatida en Madres paralelas (2021) junto a Penélope Cruz, quien, a su vez, inició este arquetipo en Todo sobre mi madre (1999). Elsa explota a Natalia (dado que la obliga a visitarla a pesar de su estado vulnerable) de la misma forma en que Raúl la explota, y, por tanto, la forma en que Almodóvar los explota a todos.
Todos estos elementos que señalo, vale aclarar, si bien suficientemente evidentes para algún devoto de Almodóvar como yo (y para quienes parece estar hecho este filme), nunca parecen delineados en la historia de Raúl, demasiado sutil para su propio bien. ¿Será que Raúl es tan evidentemente un alter ego de Almodóvar que el realizador no ve necesario dotarlo de mucho desarrollo a él ni a su parte de la historia? Aquí el principal problema de Amarga Navidad (y que impide que le haga justicia a sus muy atrayentes ideas), y es que, si bien la trama de Elsa es débil y caótica por intención, la de Raúl también lo es, quizás por el temor de Almodóvar de ser demasiado incisivo en sus propios demonios y la ciega confianza en su audiencia más fervorosa.

Esto es frustrante, y mucho, dado que los últimos minutos de Amarga Navidad, en una absorbente confrontación entre Raúl y Mónica, que parece la misma confrontación que Almodóvar lleva siempre en su cabeza, sugiere la posibilidad de una película mucho más fascinante y atrevida, redonda y persuasiva, en lugar de una película discreta, aunque punzante, en su filmografía. Sigue siendo una secuencia brillante, eso sí, que eleva una película menor de una forma en que solo el español podría hacerlo. La secuencia recurre a un personaje común en el cine de Almodóvar (la devota amiga del creador, ese rol que cumplieron Marisa Paredes o Blanca Portillo y que ahora cumple Aitana Sánchez-Guijón) y, de forma imprevista y necesaria, lo interpela por primera vez. Raúl dice que quiere hacer una película al respecto. La estaré esperando con ansias.



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