La faceta como director de Diego Luna es bastante discreta en comparación a su estratosférica fama como actor. Con excepción del biopic del hoy cuestionado activista César Chávez (2014), los filmes dirigidos por el mexicano abordan temas o personajes ficticios más bien corrientes o marginales. Ceniza en la boca (2026) confirma esta preferencia con una familia mexicana que emigra a España en busca de una vida mejor. Aunque la trama implica adversidades sociales y desavenencias familiares comunes a otros melodramas sobre inmigración, aquí también destaca la inquietud de la joven protagonista por independizarse y disfrutar lo mínimo de la libertad y el placer reservados para el español promedio. Lo más interesante de esta adaptación de la novela homónima de Brenda Navarro, sin embargo, es la brutalidad con la que refleja el drama perenne del inmigrante que nunca realmente se va de su país pero tampoco puede volver del todo.
Al inicio una desconsolada Isabel (Adriana Paz) se despide de su pequeña hija en México y le encarga el cuidado de su hermano menor. Años más tarde, Lucila (Anna Díaz) y Diego (Sergio Bautista) ya se hallan viviendo con su madre en un barrio popular de Madrid. Esta reunificación, sin embargo, no se traduce en unión ni en tranquilidad familiar. Mientras Isabel se divide entre su trabajo en el hospital y su nueva pareja, Lucila trabaja como cuidadora de bebés y a la vez actúa como madre sustituta para un hermano que no termina por encajar en su nueva escuela. Agotada de su rutina y los reproches de su madre, e inspirada por otra adolescente inmigrante, Lucila decide marcharse a Barcelona. Aquí la protagonista empieza a disfrutar un poco más de una vida todavía dependiente de empleos irregulares, pero una tragedia pronto le recordará el vínculo inexorable con su familia.

Como radiografía de la inmigración latina en España, el film ofrece una actualización acertada y necesaria de aquellas realizadas anteriormente por el español Fernando León de Aranoa con Princesas (2005) y Amador (2010). (Resulta paradójico que estas historias hayan desaparecido del cine español en pleno apogeo de Bad Bunny y con una población latina récord). Puede que Lucila y su familia no padezcan el miedo e incertidumbre de haber migrado irregularmente, pero siguen expuestos a la precariedad, los abusos laborales y el racismo que perduran en España. Lucila, por ejemplo, debe aguantar miradas de condescendencia de sus empleadoras y el duro ajetreo de su labor como repartidora. Sus restricciones como residente extranjera racializada se manifiestan en los apartamentos oscuros y estrechos que habita y donde la privacidad es un lujo imposible. Su círculo social, limitado a otras inmigrantes latinas con trabajos informales, también constata la perpetuación de una guetificación que cuestiona la facilidad de integración cultural que pregonan ciertos líderes españoles. Se agradece que la trama no incluya todos los obstáculos posibles para un inmigrante promedio ni que adopte un tratamiento miserabilista, pero resulta extraño que ningún diálogo o elemento de fondo recoja el reciente auge de la xenofobia propiciada por la extrema derecha.
Como melodrama familiar, el filme refleja la desafección abrupta de una madre por sus hijos adolescentes y la consecuente depresión de estos por un hogar roto en medio de un país extranjero. Aunque su presencia es mínima, Adriana Paz sienta las bases del melodrama con el doble descaro de una madre, que justifica su negligencia con un trabajo esclavizante, el cual irónicamente no le impide desarrollar una nueva relación, y que impone en su hija mayor una responsabilidad que no le corresponde. La deslumbrante Anna Díaz es quién se vuelve el centro gravitacional de la cámara a lo largo del filme, siguiéndola de cerca incluso en sus desplazamientos apurados por la ciudad. Es ella quien procesa las frustraciones, miedos y anhelos de una Lucila que se debate entre el amor por su hermano y su necesidad de emancipación. Díaz también hace que el drama respire con breves momentos de picardía como cuando interactúa con un novio inglés o con su propio hermano. Sergio Bautista también destaca con un Diego más bien introvertido y reprimido que encapsula el sufrimiento interno de todo immigrante, sobre todo cuando admite que “aquí o donde sea, todo es puro sobrevivir”. La frágil pero duradera unión entre los hermanos hace que el inesperado giro de guion sea particularmente emotivo.

El tercer acto del filme, que nos lleva de vuelta a México, permite apreciar el choque cultural reverso que un inmigrante sufre, sintiéndose extranjero en su propio hogar. Los espacios interiores grandes y luminosos de este entorno no hacen que Lucila se sienta mejor que en España sino todo lo contrario, en parte por la tragedia que precede su regreso pero también por el miedo latente a la violencia del narcotráfico que eventualmente se retrata en una secuencia aterradora y muy efectiva. De esta forma Diego Luna muestra tanto la espada como la pared que definen la historia del inmigrante promedio que huye de serios problemas socioeconómicos en su país de origen solo para toparse con la insolidaridad, la segregación y la depresión del país de acogida. En retrospectiva, el rol de Isabel como madre negligente puede entenderse como una personificación cruda pero contundente de la negligencia de quienes gobiernan México y las verdaderas “madre patrias” del continente americano.
La experiencia de vida de Ceniza en la boca resultará particularmente resonante para quienes han conocido o atravesado por situaciones similares en carne propia. Personalmente me entusiasma ver como escenario de película al Barrio del Pilar madrileño que ha acogido a mis familiares inmigrantes, además de reconocer en las labores de la protagonista algunas que ellos también han desempeñado. Aprecio los matices e imperfecciones de Lucila y sus familiares, así como la ausencia de un tratamiento moralista por parte del director, y es que los inmigrantes no tenemos que ser ejemplares solo por estar en la mira perpetua de la ultraderecha. En ese sentido, es una representación cultural orgánica compatible con el drama social pero también con momentos de comedia y sensualidad. Es reconfortante saber que la fama global no ha impedido que Diego Luna apueste por una historia con poca salida comercial pero con gran valor emocional para quienes como él no dejamos de considerarnos latinos por trabajar y vivir fuera.



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