[Netflix] “Frankenstein” (2025): creador y criatura en conflicto


Cuando en la conversación cinéfila se menciona a Guillermo del Toro, suele destacarse su figura pública, sus opiniones sobre el cine o su apoyo a la industria mexicana, pero no tanto su obra como director. Hablar de ella implica asumir cierta subjetividad, porque cada quien puede preferir más o menos sus películas. Sin embargo, si uno se detiene a revisarlas con atención, encontrará títulos notables.

Del Toro no tiene nada que envidiar a sus amigos Alfonso Cuarón y Alejandro González Iñárritu, también exitosos en Hollywood. Mientras ellos se consolidaron con obras asociadas al prestigio, Del Toro lo hizo desde otro ángulo, mediante películas que apelan a todo tipo de público desde su fascinación por lo fantástico, en especial por lo monstruoso. Incluso dentro de esos terrenos ha logrado imponerse, como ocurrió con La forma del agua (The Shape of Water, 2017), la película que finalmente le dio el Oscar. Y aunque, en mi opinión, no está entre sus mejores trabajos, sobre todo si se la compara con El laberinto del fauno (2006), Cronos (1992) o la más reciente El callejón de las almas perdidas (Nightmare Alley, 2021), confirma que el director ha sabido sostener su nombre pese a varios proyectos frustrados. Más recientemente concretó uno de sus deseos más antiguos: una nueva adaptación de Frankenstein.

Este caso recuerda lo ocurrido hace poco con Nosferatu (2024), de Robert Eggers, otro proyecto largamente anhelado que terminó realizado con solidez. Aunque Eggers no supera lo hecho por F. W. Murnau, moderniza el relato y lo adapta a sus obsesiones como director. Ahora es Guillermo del Toro quien relee a otro monstruo fundamental del cine, una figura con incontables adaptaciones. Aunque podría suponerse que busca distanciarse de la célebre versión de James Whale, una de sus favoritas, lo que realmente intenta es profundizar en los temas de la novela de Mary Shelley y llevarlos a su propio terreno.

Al ver tanto Frankenstein (1931) como La novia de Frankenstein (Bride of Frankenstein, 1935), se aprecia cómo Del Toro retoma elementos de ambas. Mientras Whale subvertía instituciones tradicionales y cuestionaba prejuicios sobre la apariencia y la bondad, Del Toro otorga un peso equivalente al doctor y a la criatura, que aquí no es solo un ser aterrador. No los presenta como reflejos del mismo impulso, sino como un vínculo donde la criatura puede interpretarse como la evolución del propio Victor Frankenstein.

La cinta inicia con Victor (Oscar Isaac) encontrado malherido por una embarcación danesa, a punto de ser destruido por el ser que creó. Desde allí narra su historia: la infancia marcada por la muerte de su madre, la transición a la adultez y el proceso que desemboca en su proyecto más ambicioso. En ese recorrido surgen tensiones con Elizabeth (Mia Goth), la prometida de su hermano con quien entabla un vínculo especial, y con Henrich (Christoph Waltz), el tío de ella, quien termina financiando su investigación para crear una nueva vida a partir de cadáveres.

La primera parte se centra en Victor, a quien Del Toro presenta como alguien convencido de que puede superar a Dios. Su resentimiento por la muerte de su madre alimenta la idea de crear vida desde una postura desafiante. En una de sus primeras demostraciones ante doctores conservadores, afirma que Dios es un inepto y que él puede trascender los límites de la naturaleza. Desde ahí Del Toro desarrolla un tema que le interesa especialmente: la vanidad humana, la incapacidad de mirar más allá de la propia visión y la facilidad con que se justifican actos sin medir sus consecuencias. Y estas se vuelven más graves conforme su creación avanza y su obsesión eclipsa cualquier propósito inicial, incluida la fantasía de llevar a la humanidad a un “estado superior”.

La tragedia se expresa mediante escenarios grandilocuentes, una banda sonora poderosa y un trabajo visual que Del Toro domina con naturalidad, algo que ya había explorado en La cumbre escarlata (Crimson Peak, 2015), película que hoy puede leerse como antesala de esta por su estilo gótico. Sin embargo, cuando la narrativa alcanza su punto de quiebre y el monstruo asume el protagonismo, la película pierde parte de su fuerza. En esta segunda mitad aparece su principal debilidad: una grandilocuencia que ya no se limita a lo visual, sino que invade la expresión emocional y el desarrollo de los personajes.

Esto afecta especialmente a la criatura. Jacob Elordi, aunque irreconocible bajo el maquillaje, interpreta al personaje con un tono melodramático que a veces pesa sobre el relato. Aun así, hay momentos muy logrados, como el encuentro con el anciano ciego, un intercambio que incluso podría superar la versión de Whale. Pero en otros pasajes, sobre todo en la voz en off, se repiten ideas que ya estaban claras y que no requieren tanta explicación. Antes del enfrentamiento final entre creador y creación, aparecen diálogos que podrían haberse reducido, en los que Del Toro enfatiza de más uno de sus temas recurrentes: los humanos pueden ser más monstruosos que los monstruos. Es una idea conocida, pero en tiempos tan oscuros no pierde relevancia. Ver a un monstruo capaz de amar y de imaginar otra vida resulta, en ese sentido, refrescante.

La sensibilidad de Del Toro, que en ocasiones puede dominar la narración, aquí funciona como un contrapeso que permite llegar a un desenlace esperanzador. Esa elección me parece interesante, aunque la forma de alcanzarla podría haberse afinado más. Victor, inicialmente complejo por su ateísmo y su aspiración a superar a Dios, pierde fuerza cuando se enfrenta finalmente a su creación. Aun así, la película plantea algo sugerente sobre la relación entre autor y obra. En tiempos en los que se insiste en separarlas, Del Toro muestra que pueden permanecer unidas incluso después de la muerte del creador y que la obra puede trascenderlo sin romper ese vínculo.

Ya para concluir, creo que, pese a los problemas de la segunda parte y a que personajes como Elizabeth o el propio Victor no logran sostener el peso dramático mientras la criatura asume un protagonismo quizá demasiado amplio, este Frankenstein de Guillermo del Toro es una película de interés, tanto por lo que logra de forma notable como por lo que se le puede cuestionar, con ambos aspectos siendo capaces de incentivar largos debates. Lo que tenemos aquí es a un director que conoce su oficio, que sabe cómo ejecutarlo y que, al situarlo en la historia de un hombre dispuesto a llevar su visión al límite sin medir el sacrificio, entrega algo llamativo en tiempos donde ese tipo de decisiones suele diluirse. Incluso con sus fallas, más perceptibles para algunos espectadores que para otros, la película invita a una conversación fascinante.

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