La novela traducida al español como El callejón de las almas perdidas, publicada en 1946 por el escritor William Lindsay Gresham, tuvo su primera adaptación al cine tan solo un año después, dirigida por Edmund Goulding. Aunque en su momento no tuvo la mejor recepción por parte de la crítica ni tampoco del público, con el tiempo se ha sabido ganar un lugar como una de las grandes piezas del film noir que se desarrolló en los años 40 y 50. Ya que brindar una definición clara de este género es una intrincada tarea, este se ubica únicamente en ese lapso, denominando a todo lo posterior como neo-noir (con algunas variaciones en la inclusión de elementos actuales).

Me parecía importante empezar con este ligero repaso teórico, no porque considere que ustedes no lo conozcan necesariamente, sino porque me resulta complicado catalogar a este remake de Nightmare Alley dentro del género en cuestión. De hecho a su director, el mexicano ganador del Oscar, Guillermo del Toro, tampoco le agrada en demasía esa idea, como lo ha manifestado en algunas entrevistas. Lo cierto es que tal vez ni debería llamarlo remake pues es, más bien, una nueva adaptación de la obra literaria. Ahora bien, sí me reafirmo en señalar que esta cinta es más oscura y sombría que la versión de Goulding por donde se le aprecie, o por donde se le condene. La inclusión de pasajes de la obra que en la versión de 1947 fueron omitidos (posiblemente para evitar la censura de aquellos tiempos), impactan definitivamente en la construcción de un relato que solo va descomponiéndose hasta que no quede rastro de esperanza para el protagonista, constituyéndose esto como principal diferencia entre ambas. Mientras Goulding cierra con un final agridulce pero esperanzador, Del Toro solo castiga la ambición desmedida, prácticamente anulando cualquier atisbo de redención.

La película nos presenta a Stanton Carlisle (Bradley Cooper) como un hombre que llega a una feria donde se presentan diversos artistas con espectáculos de poca monta. Aquí conoce a Zeena (Toni Collette) y su esposo, un borracho llamado Pete (David Strathairn), quienes tienen un acto basado en el engaño y la videncia. La pareja maneja un código creado por ellos mismos que les permite realizar números sorprendentes en los que pueden adivinar casi cualquier cosa del público. En la feria también están Bruno (Ron Perlman) y su protegida Molly (Rooney Mara), con quien Stanton tiene una conexión sentimental de inmediato. Además vemos a Clem (Willem Dafoe), el cínico dueño que se encarga personalmente de la atracción del “Monstruo”, un hombre desahuciado y alcohólico que tiene enjaulado y que alimenta con gallinas vivas mientras el público se asombra ante tal fenómeno.

Stanton pone especial interés en el código de Pete, pues ve en él una oportunidad para el éxito y la fama. En efecto le va bastante bien, realizando shows dos veces al día en hoteles y auditorios, una vez que logra hacerse con el código y salir de la feria con Molly. En una de estas funciones conoce a Lilith Ritter (Cate Blanchett), una misteriosa psicoanalista con quien acuerda maquinar una serie de argucias para sacar provecho de los hombres más adinerados de la sociedad ofreciéndole sesiones de espiritismo. Este es el inicio de la ruina del protagonista, a pesar de la pequeña fortuna que va amasando.

La filmografía de Guillermo del Toro es bastante conocida por los elementos fantásticos que se conciben en sus monstruos profundamente humanizados. Viéndolo de esta manera, por más que en esta cinta no se incluya ninguna criatura o forma no humana como personaje, la monstruosidad también está incluida en el argumento y nace de los vicios que pueden desfigurar a un ser humano hasta convertirlo en un irreconocible despojo. Si bien el guion de la película es adaptado por él y su esposa Kim Morgan, la elección de esta novela le permite navegar por las más escabrosas deformaciones que la psicología de un hombre puede llegar a soportar.

No es poca la duración del largometraje, y por supuesto que pudo durar mucho menos que los 150 minutos que se trae, pero este nos da las suficientes herramientas para, en primer lugar, realizar una construcción del protagonista mucho más minuciosa que en la versión en blanco y negro, aunque el manejo de los personajes secundarios no llega a alcanzar en la reciente versión el nivel de su predecesora. Esto no significa que el reparto esté por debajo de lo esperado. Por el contrario, el elenco desparrama prestigio y está a la altura, sobresaliendo el propio Bradley Cooper y Cate Blanchett. Sin embargo, el resto de personajes quedan como satélites sin mucha influencia. En segundo lugar, se manifiesta eficientemente cuál es el callejón al que el título hace referencia, algo menos evidente en la adaptación anterior. Clem le explica a Stanton que consigue a un alcohólico tirado en un callejón para darle el trabajo de “monstruo”. Son varias las escenas que proyectan a un hombre en una deplorable situación y no parece haber alguien que pueda apiadarse de él. Tan solo Stanton da algunas pistas de sentir algo de pena por la degradación que el alcoholismo ha provocado en él. Sin embargo, en todo el filme, esta adicción no es expuesta como una causa, sino como mera consecuencia de una desgracia mayor, quizá ocasionada por otro tipo de vicios. Lo vemos no solo con el “Monstruo”, sino también con Pete y, más adelante, con el propio Stanton.

Por otro lado, es también un gran mérito el tratamiento de la naturaleza humana respecto al escape que una esperanza en lo paranormal o en un engaño lo suficientemente atractivo pueda ofrecer. Si bien la cinta se ambienta en medio de la Segunda Guerra Mundial, está bastante actualizada en este elemento narrativo. El aferrarse a una mentira para no caer en cuenta de la terrible realidad que está plagada de desgracias es el motor que obliga a las personas a entregar hasta lo que no tienen, pues cualquier falsedad es mejor que aceptar que hay errores del pasado que no tienen arreglo y vacíos que no pueden rellenarse. Toda esta idea se plasma de manera excepcional en la segunda mitad de la película, pero, por encima de ello, también está muy logrado el asunto de la ambición desproporcionada en la que se sobrepasan todos los límites de la decencia humana, hasta el punto en que se pueden encontrar justificaciones para jugar con las ilusiones de otras personas de la manera más desalmada posible.

No es menos en este largometraje la calidad de los recursos técnicos empleados. Guillermo del Toro aprovecha las escenografías de la feria para ofrecer planos muy sugerentes y especialmente inmersivos, acompañados de un diseño de producción tremendamente bien conseguido en el que se apoya para la creación de un ambiente alegre pero lúgubre al mismo tiempo (aquí, por algunos momentos, me llegó a envolver una sensación similar a la que produce la reciente Last Night in Soho). Por otro lado, aunque la intención ha quedado muy clara respecto a no considerarla dentro del cine negro, las iluminaciones a los rostros también generan la expresividad inherente al género y las escenas en exteriores donde el clima toma un valor agregado muy importante para cooperar a la transmisión de este expresionismo.

Considerando todo lo que he mencionado, Nightmare Alley es una gran película que resalta tanto en una historia bastante intensa y bizarra, como en todos los apartados técnicos que alguien como Guillermo del Toro sabe ofrecer, aunque me resulta un poco extensa en duración. De hecho, dura cuarenta minutos más que la adaptación de Goulding. Es cierto que para crear un producto anguloso era necesario incluir los aspectos más intensos e inhabilitar cualquier señal de humanización, pero termina haciéndose un poco pesada, en especial porque la estructura narrativa anuncia con demasiada anticipación el final, lo que se maximiza si se ha visto la primera versión (como es mi caso). No obstante, son detalles menores que, si bien podrían llegar a estorbar el producto final, no logran empañar la magnífica y cuidada dirección de Guillermo del Toro.